Tentaciones: ¿Seré capaz
de mantenerme firme en medio de mis tormentas interiores?
Me
conmueve pensar en el camino de Jesús en el desierto al comenzar la Cuaresma.
Jesús es conducido al desierto y allí se le acerca el tentador: “En aquel
tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el
diablo”.
Jesús
fue llevado al desierto. Una voz en su corazón le invitó a irse. Se
dejó llevar. Cedió al Espíritu y fue a buscar el querer de su Padre en la
soledad del desierto. Para estar más solo. Para hablar con su Padre de tantas
preguntas que han ido creciendo en su corazón.
Jesús
oró a su Padre. Ese tiempo de intimidad con Él sería la roca de su vida. Miró
su alma, donde estaba grabado el rostro de su Padre. Es el Hijo de Dios, y su
vida sería llevar a los hombres al Padre y mostrarles su rostro.
Tal
vez por eso necesita un tiempo para mirar en lo más hondo de su corazón. Necesita
el desierto. Para estar a solas con su Padre. Un tiempo para caminar bajo el
cielo ancho y la arena, sin nada que lo distraiga. Sola su alma. El cielo del
desierto, miles de estrellas.
Me
impresionan las tentaciones de Jesús. Fue tentado. En su soledad se acerca
el tentador y se encuentra con el corazón más sagrado: “Y después de
ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. El tentador se le
acercó y le dijo”.
Vivió
el límite de lo humano. Él vivió mis preguntas, mi grito del alma, mis
miedos, mis dudas. Él también fue tentado. Eso me conmueve y me hace amarlo
más. Y sé que en cualquier momento de mi desierto me puede comprender.
Jesús
sufrió el hambre y en su debilidad sufrió la tentación. Pienso en mis propias
tentaciones en mi camino de vida. El desierto se puede convertir en lugar de
tentación. El alma se debilita.
Hoy
se acerca el tentador a Jesús, a aquel que no tiene pecado. A aquel que no está
roto por dentro. Eso me impresiona. Hasta Él fue tentado. Él, que sólo era
capaz de hacer el bien y de dar amor. Él que sólo podía dar la vida por sus
amigos. Él, que no ambicionaba el poder de los hombres, ni deseaba esos bienes
que el hombre anhela. Él, que estaba unido a su Padre en lo más profundo de su
alma de hombre.
Viene
a Él cuando tiene hambre en el desierto. Cuando experimenta la necesidad.
Cuando sufre en medio de la vida. A Él se acerca el tentador para ofrecerle lo
que no ambiciona.
Viene
a mí también el tentador, a mi desierto. Llega a mi propia soledad. Allí donde
callo me habla la voz que quiere seducirme. Y sabe que yo soy frágil. Conoce mi
debilidad y mis heridas. Sabe de mis divisiones internas, de mis codicias y
deseos, de mi orgullo y de mi vanidad.
“El
hombre, aun en las peores circunstancias, nunca escapa por completo a la
vanidad”[1]. El tentador ha visto mis sombras y
mi pobreza, y me seduce. Con esa voz que chirría en mi alma. Esa voz
inquietante, sigilosa y seductora. Busca engañarme, busca mi flaqueza.
Lo
hace en medio de mi desierto, cuando tengo hambre, cuando tengo sed. Allí soy
tentado, cuando estoy solo, sin ayuda. Allí me asusta ser tentado porque no me
veo con fuerzas para resistir la tentación. Me siento frágil. Me faltan las
fuerzas.
Me
siento débil para decir que no, para resistirme a su voz seductora. Me inquieta
que se acerque hasta mí el tentador. ¿Seré capaz de alejarme yo de él y salir
indemne de esa lucha? No lo sé. ¿Seré capaz de mantenerme firme en medio
de mis tormentas interiores?
Me
cuesta verlo. Toco mi fragilidad tantas veces probada. Acaricio mi herida honda
en lo más profundo de mi alma. Esa herida de amor que tan bien conozco. La
tentación me atrae en mi carne, me seduce en mi orgullo herido.
Soy
tentado en el poder que me perturba. En el placer que me inquieta. En el poseer
que me despierta. Las tres realidades que me llaman cada día, cada noche de mi
andar por el desierto. Las tres tentaciones encuentran eco en mi sed, en mi
hambre, en mi soledad, en mi desierto.
Sé
muy bien dónde voy a ser tentado cada día. Me conozco, conozco mi herida. Y tal
vez por eso me asusta tanto ese desierto de las tentaciones. Cuando el tentador
se aproxima a mí sin que yo lo vea. Oculto en la luz del día. Presente en la
oscuridad de la noche.
Siempre
soy tentado por él que me conoce tan bien. Y sé que con frecuencia caigo al ser
tentado. ¿Dónde están mis debilidades reconocidas y aceptadas? ¿Cómo me
tienta a mí el tentador? Creo que soy muy fácil en sus manos. Me faltan
defensas.
Al
comenzar este tiempo de conversión entrego a Jesús mi debilidad. Sé que no
puedo resistir muchas veces la tentación. No venzo. Caigo. No me siento fuerte.
Me falta estar anclado en lo hondo del corazón de Dios. Tener más fe. Más
confianza. Le pido que no me deje en mi desierto.
CARLOS PADILLA ESTEBAN
Fuente:
Aleteia
