¿Por qué la religión
debería adaptarse a la mentalidad que domina en un cierto momento de la
historia?
Preguntar
si todas las religiones valen lo mismo parece algo sin mucho sentido, porque es
obvio, ante tantas propuestas religiosas (o pseudoreligiosas) que hay enormes
diferencias entre unas y otras: no todas pueden tener el mismo valor.
El problema surge a la hora de establecer los criterios que permitirían distinguir entre una religión y otra, para luego responder a la pregunta: ¿cuál vale más y por qué?
Ciertos pensadores del mundo moderno consideran que una religión sería mejor si consigue adaptarse a la marcha de la historia. Si esa religión comprende los deseos y gustos de la mayoría, si sabe dejar de lado ideas y dogmas que resultan “anticuados”, sería mejor. En cambio, si una religión queda anclada, monolíticamente, en convicciones y ritos vistos como inmodificables y trasnochados, sería inferior, si es que no terminaría por sucumbir ante los “hechos”.
El problema surge a la hora de establecer los criterios que permitirían distinguir entre una religión y otra, para luego responder a la pregunta: ¿cuál vale más y por qué?
Ciertos pensadores del mundo moderno consideran que una religión sería mejor si consigue adaptarse a la marcha de la historia. Si esa religión comprende los deseos y gustos de la mayoría, si sabe dejar de lado ideas y dogmas que resultan “anticuados”, sería mejor. En cambio, si una religión queda anclada, monolíticamente, en convicciones y ritos vistos como inmodificables y trasnochados, sería inferior, si es que no terminaría por sucumbir ante los “hechos”.
Decir lo anterior, sin embargo, crea un sinfín de problemas. ¿Por qué la
religión debería adaptarse a la mentalidad que domina en un cierto momento de
la historia? ¿Y quién establece claramente cuál sería esa mentalidad? ¿Es que
las verdades sobre Dios y sobre el hombre dependen de las mayorías y de los
tiempos?
En realidad, aceptar una u otra religión no depende de modo absoluto de la
mentalidad que domina en un periodo histórico. Los primeros cristianos
acogieron el mensaje de Cristo precisamente en contra de las ideas de su
tiempo.
En épocas recientes, muchos cristianos sometidos a dictaduras “triunfantes”,
como las que surgieron en Europa y Asia durante el siglo XX, se alzaron contra
las ideologías de los tiranos del momento para defender verdades que
consideraban válidas y preciosas, aunque ello significase arriesgar la propia
vida o sufrir persecuciones arbitrarias e injustas.
Veamos otro criterio que para algunos resultaría clave para evaluar a las
religiones: el éxito, la capacidad de atraer a miles de seguidores.
Ese criterio, sin embargo, no resulta suficiente. La adhesión a una fe
religiosa no depende del número de creyentes, sino de convicciones profundas.
Desde luego, hay quienes se apuntan a una religión porque tiene muchos
seguidores y porque espera obtener una serie de beneficios sociales. Pero nos
damos cuenta de lo insuficiente de este tipo de creencias.
La enumeración de criterios podría ser larga. Por ejemplo, ¿vale más una
religión si es más sencillo o más complicada, si tiene un credo comprensible o
difícil, si defiende reglas morales exigentes o “fáciles”, si tiene ritos más o
menos fijos, si posee una jerarquía o adopta un sistema democrático a la hora
de establecer su doctrina y su organización?
Existe un criterio que tiene un valor clave a la hora de valorar qué religión
pueda ser mejor: el de su cercanía a la verdad. Muchos objetarán que es un
criterio difícil de aplicar, pues la mayoría de los creyentes piensa que su
religión sería la verdadera, pues de lo contrario la abandonarían para seguir
otra religión o para terminar en el escepticismo o el ateísmo. Pero la
dificultad no quita la fuerza de ese criterio.
¿Por qué? Porque la experiencia religiosa no puede prescindir un anhelo
profundo que radica en el corazón de cada ser humano: el amor hacia la verdad,
la belleza, el bien, la justicia.
Por eso, ante tantas religiones, la pregunta decisiva sigue siempre en pie.
¿Cuál es la religión verdadera? Sólo cuando nos pongamos ante esa pregunta
podremos superar la ideología de quien dice que “todas las religiones valen lo
mismo”, y emprenderemos una seria reflexión que lleve a avanzar hacia una
respuesta suficientemente clara, la única que permite orientarnos correctamente
en las propias decisiones en materia religiosa.
Por: Fernando Pascual, L.C.
Fuente:
Actualidad y Análisis
