Un santo
de lo cotidiano
Las historias de los santos están llenas de
vidas extraordinarias. Vidas llenas de dificultades y de martirios. Son
testimonios de vidas heroicas en medio de persecuciones, de vidas salpicadas de
milagros. Pero, ¿se puede
ser santo en medio de lo cotidiano? ¿Es necesario ser mártir, sufrir
persecución o tener experiencias sobrenaturales para alcanzar la santidad?
La vida de José Bau Burguet muestra que se
puede ser santo desde lo cotidiano. Papa Francisco aprobó hace unos días sus
virtudes heroínas y lo declaró “venerable”. Lo que más impresiona de su vida es
la sencillez con la que vivió, fue “simplemente” un sacerdote, párroco de
Masarrojos, una pequeña localidad de Valencia.
Su vida, según explica Antonio Ballester,
gran conocedor de José Bau es una vida
“carente de cosas extraordinarias o de situaciones que reclamasen “grandes
decisiones”. Tampoco hay grandes obras de esas que provocan
admiración a simple vista. Es solo un sacerdote que cada día se aplica con
enamorado empeño a cumplir lo que considera ser la Voluntad de Dios sobre él”.
Su figura muestra la importancia de la
santidad en lo cotidiano y supone un acicate para el sacerdocio y el ministerio
parroquial. Es posible ser santo siendo un párroco, es más, destaca Antonio
Ballester: “en
nuestra vida ministerial tenemos lo necesario y suficiente para la santidad”.
“Para ser santo un sacerdote diocesano tiene lo suficiente con la gracia del
ministerio”.
De su vida sólo aparecen testimonios de
admiración. Son muchos los que muestran en su causa de beatificación su
admiración y respeto. En él
vieron a “un hombre sin fisuras” en quien la virtud parece connatural y fácil”. Logró el perfecto equilibrio para que
no existiera división entre el hombre y el sacerdote. De él destacaron: “no
“ejerce de sacerdote”, “es sacerdote”, y todas sus obras y las diversas
actividades que realiza, fluirán del “ser sacerdote”.
Oración y Eucaristía, su “secreto”
Su oración diaria y las largas horas
delante del santísimo es la gran obra que destacan quienes le conocieron. De
esa intensa vida de oración irradiaba paz y serenidad, conseguía verlo todo
desde la luz de la fe. No tuvo fenómenos extraños o llamativos, no tuvo
visiones. Por ejemplo, le preguntaron antes de morir si había visto a la Virgen
y con su gran clarividencia contestó: “Verla
no, pero sí siento su maternal presencia”.
No le hicieron falta grandes
manifestaciones porque vivía su fe en lo cotidiano y ahí radica la fortaleza de
su vida y lo que, si todo sigue su curso, le llevará pronto a la santidad:
“Celebraba con tal fe y reverencia que causaba admiración en los fieles. No era
afectado, pero su manera sencilla y viva de celebrar comunicaba fe. Su fervor
contagiaba a los presentes, hasta el punto de que algunos testigos dicen
que “asistir a su Misa era un fiesta”, destacan en el relato de su causa.
¿Tuvo
dudas o problemas? Seguro que sí. Pero tenía una clave para solucionarlos.
Siempre que alguien se le acercaba para consultarle algo, él contestaba lo
mismo: “Diremos misa por ello”. “Al día siguiente daba cumplida respuesta o la
solución adecuada”, destacan quienes le conocieron.
Sencillez de vida
Su vida fue sencilla. Y es esta “aparente”
sencillez lo que se destaca en su causa. Dormía sólo cuatro horas y el resto
del día lo dedicaba a la oración, el estudio de las ciencias sagradas, la
escritura de artículos de catequesis, la predicación y las actividades
cotidianas de su parroquia de Massarrojos, la cual fue a escoger el último día
(tenía la máxima calificación de párroco) cuando el resto de parroquias más
atractivas ya habían sido otorgadas.
Maestro de sacerdotes
Fundó junto con otros sacerdotes la sección
diocesana “Unión Apostólica”. A esta asociación pertenecerán más de 350
sacerdotes. Todos ellos le tendrán en gran estima y muchos mantendrán una
discreta dirección espiritual con él. Muchos de los sacerdotes que sufrieron el
martirio en la Guerra civil (1936-39) se contaban entre los que había dirigido
espiritualmente el Siervo de Dios. Desde la Congregación para la causa de los
santos se reconoce que esto “no es una casualidad”.
Pobre y desprendido de lo material
Los bienes materiales nunca le interesaron.
Sólo aceptaba limosnas si era para darlo posteriormente a los pobres o comprar
algún objeto de culto. No aceptaba regalos personales excepto algún libro de
catequesis. Fue tanta su pobreza que no tenía ni para atender los gastos de su
enfermedad, ni para su féretro. Aunque finalmente se lo obsequió un conocido
funerario: “Le regalo el mejor que tengo porque como D. José hay muy pocos”.
Su desprendimiento llegaría incluso a lo
personal. En una ocasión tuvo una disputa, a raíz de la elección de una
parroquia con el arzobispo. En ese caso decidió ausentarse un tiempo: “Para que
se calmen las habladurías y al no verme no tengan ocasión de criticar al
Prelado, porque de todo este asunto lo que más me duele es que se hable mal del
Arzobispo”, escribió.
Falleció el 22 de noviembre de 1932, en una
noche en la que tuvo grandes tentaciones: “Satanás me quiere arrancar la fe” le
expresaría a un amigo sacerdote, que celebró la Eucaristía con él en su
habitación poco antes de fallecer.
Artículo escrito con la información del Postulador de
su Causa
ALVARO REAL
Fuente:
Zenit
