No olvidemos nunca, ha pedido Francisco, que en las angustias y en las
persecuciones, como en los dolores diarios, somos siempre liberados por la mano
misericordiosa de Dios que nos lleva hacia Él y nos conduce a una vida nueva
En la audiencia jubilar de este sábado,
el Santo Padre ha reflexionado sobre la redención. Así, ha señalado que Jesús
es el Cordero que ha sido sacrificado por nosotros, para que podamos recibir un
nueva vida hecha de perdón, de amor y de alegría.
Además, ha asegurado que la palabra “redención” es poco usada y aún así es fundamental porque indica la liberación más radical que Dios podía realizar por nosotros, por toda la humanidad y por toda la creación.
Además, ha asegurado que la palabra “redención” es poco usada y aún así es fundamental porque indica la liberación más radical que Dios podía realizar por nosotros, por toda la humanidad y por toda la creación.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos
días!
El pasaje que hemos escuchado nos habla
de la misericordia de Dios que se realiza en la redención, es decir, en la
salvación que se ha donado con la sangre de su Hijo Jesús (cfr 1 Pt 1,18-21).
La palabra “redención” es poco usada y
aún así es fundamental porque indica la liberación más radical que Dios podía
realizar por nosotros, por toda la humanidad y por toda la creación.
Parece que el hombre de hoy ya no ame
pensar ser liberado y salvado por una intervención de Dios; el hombre de hoy se
elude, de hecho, de la propia libertad como fuerza para obtener todo. Presume
de esto también. Pero en realidad no es así. ¡Cuántas ilusiones vienen vendidas
bajo el pretexto de la libertad y cuántas nuevas esclavitudes se crean en nuestros
días en nombre de una falsa libertad!
Muchos, muchos esclavos. Hago esto porque
quiero hacerlo, me drogo porque me gusta. Soy libre. Y hago esto… Son esclavos.
Se convierten en esclavos en nombre de la libertad. Todos hemos visto personas
así que al final terminan por el suelo. Necesitamos que Dios nos libere
de toda forma de indiferencia, de egoísmo y de autosuficiencia.
Las palabras del apóstol Pedro expresan
muy bien el sentido del nuevo estado de vida al que estamos llamados.
Haciéndose uno de nosotros, el Señor Jesús no solo asume nuestra condición
humana, sino que nos eleva a la posibilidad de ser Hijos de Dios. Con su muerte
y resurrección, Jesucristo, Cordero sin mancha, ha vencido a la muerte y al
pecado para liberarnos de su dominio. Él es el Cordero que ha sido sacrificado
por nosotros, para que podamos recibir una nueva vida hecha de perdón, de amor
y de alegría. Bonitas estas tres palabras. Perdón, amor y alegría.
Todo lo que Él ha asumido ha sido también
redimido, liberado y salvado. Cierto, es verdad que la vida nos pone a prueba y
a veces sufrimos por esto. Aún así, en estos momentos estamos invitados a fijar
la mirada en Jesús crucificado que sufre por nosotros y con nosotros, como
prueba cierta de que Dios no nos abandona. No olvidemos nunca, por tanto, que
en las angustias y en las persecuciones, como en los dolores diarios, somos
siempre liberados por la mano misericordiosa de Dios que nos lleva hacia
Él y nos conduce a una vida nueva.
El amor de Dios no tiene límites: podemos
descubrir signos siempre nuevos que indican su atención hacia nosotros y sobre
todo su voluntad de alcanzarnos y de precedernos. Toda nuestra vida, incluso
marcada por la fragilidad del pecado, está puesta bajo la mirada de Dios que
nos ama. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura nos hablan de la presencia,
de la cercanía y de la ternura de Dios por cada hombre, especialmente por los
pequeños, los pobres y los afligidos! Dios tiene una gran ternura, un gran amor
por los más pequeños, por los más débiles, los descartados de la sociedad.
Cuanto más estamos en la necesidad, más
se llena de misericordia su mirada sobre nosotros. Él siente una gran compasión
hacia nosotros porque conoce nuestras debilidades. Conoce nuestros
pecados y nos perdona, perdona siempre. Es muy bueno, es muy bueno nuestro
Padre.
Por eso, queridos hermanas y hermanos,
abrámonos a Él, ¡acojamos su gracia! Porque, como dice el Salmo, “porque en Él
se encuentra la misericordia y la redención en abundancia” (130, 7). ¿Habéis
escuchado bien? “Porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en
abundancia”. Repitamos todos juntos, todos. Porque en Él se encuentra la
misericordia y la redención en abundancia ¡Gracias!
Fuente:
Zenit
