Don de invisibilidad
Ayer por la tarde se me acercó por detrás sor Inés...
-Oye, ¿recuerdas lo que te he comentado esta mañana?
Volviéndome, le reconocí:
-Pues me vas a perdonar, pero... ¡no recuerdo ni siquiera que hayamos hablado!
-¡Uy va! -me responde- Nada, nada, ¡viéndote de
espaldas pensé que eras la Priora!
Justo antes de empezar la oración, se me acerca por
detrás Aroa...
-Oye, ¿qué te parece si...? -un segundo de silencio en lo que me giro a mirarla- ¡Ups! ¡Perdona! ¡Pensaba que eras sor Matilde!
¡¡Dos en un solo día!!
Reconozco que me dio por reírme. Son cosas que pasan
muy a menudo en el convento: como todas vestimos igual, nos conocemos las estaturas
y los andares de cada una, ¡pero, si te despistas un poco, es muy fácil
confundirse!
Y así he recordado una charla de un hermano dominico,
que decía que la persona a la que más confundimos es... ¡a Jesucristo!
Desde que resucitó, al pobre no dejaron de tomarle por
otro: la Magdalena le confunde con el jardinero, los de Emaús piensan que es un
simple caminante, Pedro no ve más que un hombre en la orilla... y así hasta
nuestros días, en que el conductor de autobús, el compañero de trabajo, o esa
persona de tu familia no son más que eso: personas sin más trascendencia. Pero,
¿y si el Señor se esconde detrás de ellos?
Hoy el reto del amor es mirar con atención. Te invito
a que te dejes sorprender por todo lo que te ocurra en este día, por todos los
encuentros que tengas. Pídele
a Cristo poder descubrirle en una palabra, un gesto,
un acontecimiento... Que, como san Juan, hoy todos podamos reconocer: «¡Es el
Señor!» ¡Feliz día!
VIVE DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma