Primer discurso de papa Francisco en
Cracovia, Polonia, dirigido a las autoridades y el cuerpo diplomático
Primer discurso de papa
Francisco en Cracovia, Polonia, en el marco de la Jornada Mundial de la
Juventud (27-31 de julio) ante las autoridades y el cuerpo diplomático en el
Castillo Real de Wawel este miércoles 27 de julio.
Discurso completo
Señor Presidente,
Distinguidas autoridades, Miembros del Cuerpo Diplomático, Rectores Magníficos,
Señoras y señores
Saludo con deferencia al Señor Presidente y le agradezco la generosa acogida y sus amables palabras. Me es grato saludar a los distinguidos miembros del Gobierno y del Parlamento, a los Rectores universitarios, a las autoridades regionales y municipales, así como a los miembros del Cuerpo Diplomático y demás autoridades presentes.
Es la
primera vez que visito la Europa centro- oriental y me alegra comenzar por
Polonia, que ha tenido entre sus hijos al inolvidable san Juan Pablo II,
creador y promotor de las Jornadas Mundiales de la Juventud. A él le gustaba
hablar de una Europa que respira con dos pulmones: el sueño de un nuevo
humanismo europeo está animado por el aliento creativo y armonioso de estos dos
pulmones y por la civilización común que tiene sus raíces más sólidas en el
cristianismo.
El pueblo polaco se
caracteriza por la memoria. Siempre me ha impresionado el agudo sentido de la
historia del Papa Juan Pablo II. Cuando hablaba de los pueblos, partía de su
historia para resaltar sus tesoros de humanidad y espiritualidad. La conciencia
de identidad, libre de complejos de superioridad, es esencial para organizar
una comunidad nacional basada en su patrimonio humano, social, político,
económico y religioso, para inspirar a la sociedad y la cultura, manteniéndolas
fiel a la tradición y, al mismo tiempo, abiertas a la renovación y al futuro.
En esta perspectiva, han celebrado recientemente el 1050 aniversario del
Bautismo de Polonia. Ha sido ciertamente un momento intenso de unidad nacional,
confirmando cómo la concordia, aun en la diversidad de opiniones, es el camino
seguro para lograr el bien común de todo el pueblo polaco.
También la cooperación
fructífera en el ámbito internacional y la consideración recíproca maduran
mediante la toma de conciencia y el respeto de la identidad propia y de los
demás. No puede haber diálogo si cada uno no parte de su propia identidad. En
la vida cotidiana de cada persona, como en la de cada sociedad, hay, sin
embargo, dos tipos de memoria: labuena y la mala, la positiva y la negativa.
La
memoria buena es la que nos muestra la Biblia en el Magnificat, el cántico
de María que alaba al Señor y su obra de salvación. En cambio, la memoria
negativa es la que fija obsesivamente la atención de la mente y del corazón en
el mal, sobre todo el cometido por otros. Al mirar vuestra historia reciente,
doy gracias a Dios porque habéis sabido hacer prevalecer la memoria buena: por
ejemplo, celebrando los 50 años del perdón ofrecido y recibido recíprocamente
entre el episcopado polaco y el alemán tras la Segunda Guerra Mundial.
La
iniciativa, que implicó inicialmente a las comunidades eclesiales, desencadenó
también un proceso social, político, cultural y religioso irreversible,
cambiando la historia de las relaciones entre los dos pueblos. En este sentido,
recordemos también la Declaración conjunta entre la Iglesia Católica en Polonia
y la ortodoxa de Moscú: un gesto que dio inicio a un proceso de acercamiento y
hermandad, no sólo entre las dos Iglesias, sino también entre los dos pueblos.
La noble nación polaca
muestra así cómo se puede hacer crecer la memoria buena y dejar de lado la
mala. Para esto se requiere una firme esperanza y confianza en Aquel que guía
los destinos de los pueblos, abre las puertas cerradas, convierte las
dificultades en oportunidades y crea nuevos escenarios allí donde parecía
imposible. Lo atestiguan precisamente las vicisitudes históricas de Polonia:
después de la tormenta y de la oscuridad, vuestro pueblo, recobrada ya su
dignidad, ha podido cantar, como los israelitas al regresar de Babilonia: «Nos
parecía soñar: […] Nuestra boca se llenaba de risas, la lengua de cantares»
(Sal 126,1-2).
El ser conscientes del camino recorrido, y la alegría por
las metas logradas, dan fuerza y serenidad para afrontar los retos del momento,
que requieren el valor de la verdad y un constante compromiso ético, para que
los procesos decisionales y operativos, así como las relaciones humanas, sean
siempre respetuosos de la dignidad de la persona. Todas las actividades están
implicadas: la economía, la relación con el medio ambiente y el modo mismo de
gestionar el complejo fenómeno de la emigración.
Esto último requiere un
suplemento de sabiduría y misericordia para superar los temores y hacer el
mayor bien posible. Se han de identificar las causas de la emigración en
Polonia, dando facilidades a los que desean regresar. Al mismo tiempo, hace
falta disponibilidad para acoger a los que huyen de las guerras y del hambre;
solidaridad con los que están privados de sus derechos fundamentales, incluido
el de profesar libremente y con seguridad la propia fe. También se deben
solicitar colaboraciones y sinergias internacionales para encontrar soluciones
a los conflictos y las guerras, que obligan a muchas personas a abandonar sus
hogares y su patria. Se trata, pues, de hacer todo lo posible por aliviar sus
sufrimientos, sin cansarse de trabajar con inteligencia y continuidad por la
justicia y la paz, dando testimonio con los hechos de los valores humanos y
cristianos.
A la luz de su historia
milenaria, invito a la nación polaca a mirar con esperanza hacia el futuro y a
las cuestiones que ha de afrontar. Esta actitud favorece un clima de respeto
entre todos los componentes de la sociedad, y un diálogo constructivo entre las
diferentes posiciones; además, crea mejores condiciones para un crecimiento
civil, económico e incluso demográfico, fomentando la confianza de ofrecer una
buena vida a sus hijos. En efecto, ellos no sólo deberán afrontar problemas,
sino que disfrutarán de la belleza de la creación, del bien que podamos hacer y
difundir, de la esperanza que sepamos infundirles. De este modo, serán aún más
eficaces las políticas sociales en favor de la familia, el primer y fundamental
núcleo de la sociedad, para apoyar a las más débiles y las más pobres, y
ayudarlas en la acogida responsable de la vida.
La vida siempre ha de ser
acogida y protegida —ambas cosas juntas: acogida y protegida— desde la concepción
hasta la muerte natural, y todos estamos llamados a respetarla y cuidarla. Por
otro lado, es responsabilidad del Estado, de la Iglesia y de la sociedad
acompañar y ayudar concretamente quienquiera que se encuentre en situación de
grave dificultad, para que nunca sienta a un hijo como una carga, sino como un
don, y no se abandone a las personas más vulnerables y más pobres.
Señor Presidente, la nación
polaca puede contar, como ha ocurrido a lo largo de su dilatada historia, con
la colaboración de la Iglesia Católica, para que, a la luz de los principios
cristianos que han inspirado y forjado la historia y la identidad de Polonia,
sepa avanzar en su camino en las nuevas condiciones históricas, fiel a sus
mejores tradiciones y llenos de confianza y esperanza, incluso en los momentos
más difíciles.
Le renuevo mi agradecimiento
y expreso, a usted y a todos los presentes, mis mejores deseos de un sereno y
provechoso servicio al bien común.
Que Nuestra Señora de
Częstochowa bendiga y proteja a Polonia.
Fuente: Vaticano
