La exhortación del papa
Francisco "Amoris Laetitia" no supone un cambio dogmático, pero sí de
actitud pastoral
Los firman ilustres filósofos como el
italiano Rocco Buttiglione (Cátedra Juan Pablo II de la Universidad Pontificia
Lateranense) y Rodrigo Guerra (consultor experto en el pasado Sínodo de la
Familia), ambos especialistas en el pensamiento de Juan Pablo II.
Los dos textos inciden en la exhortación apostólica Amoris Laetitia y en la polvareda en contra de Francisco que algunos han querido levantar aplicando interpretaciones erróneas de este documento, especialmente de su capítulo VIII y en relación a la comunión de los divorciados.
El primer dato a tener en cuenta es que,
como ya recordó el Papa, los
divorciados no están excomulgados. Esto no es un pequeño matiz, porque
significa que pueden formar parte de la vida de la Iglesia y no están
automáticamente imposibilitados para comulgar.
Juan Pablo II ya habló de algunos casos
en los que podían ser admitidos a la plenitud de los sacramentos en condiciones
de completa normalidad y señaló que “los pastores, por amor a la verdad, están
obligados a discernir bien las situaciones” (Familiaris Consortio, n. 84).
Durante los años 90, cuando el divorcio
estaba pasando de ser un hecho excepcional a una situación cada vez más
extendida, Juan Pablo II quiso señalar, por razones pastorales, unas
condiciones muy estrictas para la admisión a la comunión de los divorciados,
pero siempre con la premisa básica de que no estaban excomulgados.
Esto significa que si no se encontraban en pecado mortal
podían comulgar, exactamente igual que el resto de los fieles.
Los sacerdotes tenían entonces, como
ahora, la seria responsabilidad de acompañar a quien estuviese en situación
irregular, no desentenderse de ellos y discernir
según el caso si podían o no ser admitidos a la comunión,
siempre teniendo en cuenta que se debe evitar, con caridad, comprensión y
verdad, que comulguen las personas que estén en pecado mortal.
El Profesor Buttiglione nos llama la
atención sobre este aspecto fundamental, puesto que el pecado mortal requiere
tres condiciones: materia grave (como por ejemplo el uso del otro como un mero
objeto para mi satisfacción sexual, lo que se puede dar fuera y dentro del
matrimonio), plena conciencia de la maldad del acto y deliberado
consentimiento.
Esto no quiere
decir que el pecado sea una cuestión meramente subjetiva, sino que en la
consideración sobre si es o no pecado mortal se debe tener presente si la
persona es consciente de la maldad del acto que comete.
La subjetividad no determina qué es real
y qué no, pero es un elemento muy importante que a veces dejan de lado algunos teólogos
y filósofos morales a los que con razón el Papa tilda de “rigoristas”.
Francisco no ha dicho en Amoris
Laetitia,
como algunos han querido tergiversar, que los divorciados que se hayan vuelto a
casar civilmente, por ejemplo, deban ser aceptados automáticamente a la
comunión, ni que esta aceptación dependa exclusivamente del criterio de cada
cual.
La Iglesia no actúa así, ni en este caso
ni en ningún otro, porque es una verdadera comunidad.
Lo que ha propuesto el Papa es que estas
personas hagan un camino,
que sean aceptadas en las parroquias, que se confiesen y que inicien un
recorrido en compañía de un sacerdote o incluso del obispo.
¿Podrían finalmente, si se dan las
circunstancias apropiadas, acceder a la comunión? Claro. Esto es precisamente
lo que significa que no están excomulgadas: que si se dan condiciones que su confesor
considera adecuadas para la absolución y se encuentran en gracia de Dios,
pueden comulgar.
Sin embargo, sería equivocado decir que Amoris Laetitia no ha supuesto ningún cambio.
Francisco ha considerado que la realidad
social de nuestro siglo no se corresponde con la que había en los años 90 del
pasado y que, en consecuencia, no hay
que tender hacia el rigorismo sino hacia la misericordia, sin olvidar la
indisolubilidad del matrimonio.
No se trata, por lo tanto, de un cambio
dogmático, sino de un cambio de actitud pastoral: priorizar el encuentro, la acogida, la
escucha y la misericordia frente al rigorismo, como nos testimonió Cristo. El
rigorismo seca la fe, no sólo del que lo sufre, sino también del que lo
practica.
Los pintores de todos los tiempos han
plasmado la escena en la que Jesús se presenta ante los doctores de la ley (Jn
2, 41-50) observando un elemento simbólico fundamental: pintan a un joven Jesús
de doce años predicando con un dedo levantado en señal de autoridad y de
verdad, mientras tiende la otra mano con mansedumbre como signo de
misericordia.
¿Es legítima la evolución pastoral que ha impulsado Francisco? Legítima y
necesaria.
Dios se ha mezclado en la historia de los
hombres y no tenemos derecho a esconder Su mensaje debajo del colchón como si
alguno de nosotros tuviese el poder de administrarlo.
Por eso Rodrigo Guerra nos habla del
“dinamismo de un Dios vivo que se entromete y compromete con nuestra historia
para redimirla”.
La compañía de Dios, de Cristo vivo y
resucitado en medio de nosotros y del Espíritu Santo, significa que cada
generación tiene que encontrarse con el Señor en su situación concreta.
De esta manera surgirán nuevos matices y
comprensiones de la Sagrada Escritura, como tantas veces insistía Benedicto XVI
recordando a su querido san Buenaventura: “la fe evoluciona. Desde sus
contextos vitales, cada generación puede descubrir nuevas dimensiones que la
Iglesia no ha conocido con anterioridad (…). Esto significa que hay un
superávit, un “exceso” de Revelación, no sólo respecto a lo que el individuo ha
comprendido, sino también a lo que la Iglesia sabe (…). Nunca podemos afirmar
que ya lo sabemos todo, que el conocimiento del cristianismo ya está cerrado” (Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época).
¿Hasta dónde llegará la misericordia de
Dios? No nos corresponde medirla. Si el penitente, esté en la situación que
esté, pide con fe una mano que le ayude a levantarse, ¿le dará el Señor un
escorpión? Más bien “quien pide, recibe; quien busca, halla y al que llama se
le abre” (Lc 11, 10).
¿Seremos nosotros los que pongamos
barreras a la gracia de Dios? Mejor haremos como Abraham en el célebre
pasaje en el que regatea para conseguir que se salven sus hermanos (Gn 18,
20-32), ya que Él todo lo puede.
En una reciente entrevista con el
vaticanista Andrea Tornielli que se publicó en formato libro (El nombre de Dios es misericordia),
Francisco expresaba su criterio sobre la disposición que debe mostrar el
confesor.
Entonces recordaba un pasaje de la
maravillosa novela de Bruce Marshall A cada uno un denario en el que un sacerdote, viendo que
la persona a la que confesaba no se arrepentía de sus pecados aun estando al
borde de la muerte, le preguntó: “¿pero te pesa no arrepentirte?”… y como a
aquel hombre eso sí que le pesaba encontró el resquicio para darle la
absolución.
De la misma manera Dios busca con ahínco
los resquicios que le deja la libertad de los pecadores. No escondamos a nadie el rostro de Cristo:
dejemos que se acerquen a Él todos, especialmente los más necesitados de Su
misericordia.
Fuente:
Aleteia
