El
Santo Padre, en su primer discurso en Polonia, ante las autoridades, sociedad
civil y cuerpo diplomático, invita a “mirar con esperanza hacia el futuro y a
las cuestiones que ha de afrontar”
El papa Francisco dio ayer inicio al 15º viaje apostólico de su Pontificado. El destino es Cracovia, Polonia, con
motivo de la XXXI Jornada Mundial de la Juventud. Tras un vuelo de dos horas
desde Roma, el Santo Padre ha llegado a la tierra natal del papa Juan Pablo II.
En el aeropuerto de Cracovia ha sido
recibido, a las 16.00 hora local, por el presidente de Polonia, Andrzej
Duda, y por el arzobispo de la ciudad, cardenal Stanisław Dziwisz. Estaban
también presentes otras autoridades civiles y eclesiásticas y una
representación de fieles.
Directamente desde el aeropuerto, el
Santo Padre se ha dirigido a Wawel (complejo
arquitectónico donde se encuentra el Castillo Real, la catedral y el vicariato)
para el encuentro con las autoridades, sociedad civil y el cuerpo diplomático.
En su discurso, el Santo Padre ha
reflexionado sobre la historia de la nación polaca, sobre migración, familia y
vida. Así, ha comenzado indicando que es la primera
vez que visita la Europa centro-oriental y que se “alegra comenzar por Polonia,
que ha tenido entre sus hijos al inolvidable san Juan Pablo II, creador y
promotor de las Jornadas Mundiales de la Juventud”. De este modo, ha recordado
que a su predecesor le gustaba hablar de una Europa que respira con dos
pulmones. Por eso ha precisado que “el sueño de un nuevo humanismo europeo está
animado por el aliento creativo y armonioso de estos dos pulmones y por la
civilización común que tiene sus raíces más sólidas en el cristianismo”.
El pueblo polaco –ha observado– se
caracteriza por la memoria. Asimismo ha asegurado que la conciencia de
identidad, libre de complejos de superioridad, “es esencial para organizar una
comunidad nacional basada en su patrimonio humano, social, político, económico
y religioso, para inspirar a la sociedad y la cultura, manteniéndolas fiel a la
tradición y, al mismo tiempo, abiertas a la renovación y al futuro”.
Por otro lado, el Pontífice ha explicado
que “en la vida cotidiana de cada persona, como en la de cada sociedad, hay,
sin embargo, dos tipos de memoria”: la buena y la mala, la positiva y la
negativa. La memoria buena –ha indicado– es la que nos muestra la Biblia en el Magnificat,
el cántico de María que alaba al Señor y su obra de salvación. En cambio, la
memoria negativa “es la que fija obsesivamente la atención de la mente y del
corazón en el mal, sobre todo el cometido por otros”, ha aseverado el Santo
Padre.
Así, ha asegurado que Polonia es un país
que ha sabido hacer prevalecer la memoria buena. Para
hacer esto “se requiere una firme
esperanza y confianza en Aquel que guía los destinos de los pueblos, abre las
puertas cerradas, convierte las dificultades en oportunidades y crea nuevos
escenarios allí donde parecía imposible”, ha afirmado el papa Francisco.
En esta misma línea ha indicado que “el
ser conscientes del camino recorrido”, y la “alegría por las metas logradas”,
“dan fuerza y serenidad para afrontar los retos del momento, que requieren el
valor de la verdad y un constante compromiso ético, para que los procesos
decisionales y operativos, así como las relaciones humanas, sean siempre
respetuosos de la dignidad de la persona”.
Reflexionando sobre el fenómeno de la
migración ha precisado que esto requiere “un suplemento de sabiduría y misericordia
para superar los temores y hacer el mayor bien posible”. Por un lado el Papa ha
observado que se deben identificar las causas de la emigración en Polonia,
dando facilidades a los que desean regresar. Y al mismo tiempo, hace falta
disponibilidad para acoger a los que huyen de las guerras y del hambre;
solidaridad con los que están privados de sus derechos fundamentales, incluido
el de profesar libremente y con seguridad la propia fe.
El Santo Padre ha subrayado que se deben
solicitar colaboraciones y sinergias internacionales “para encontrar soluciones
a los conflictos y las guerras, que obligan a muchas personas a abandonar sus
hogares y su patria”. Se trata, ha reconocido el Papa, de hacer todo lo posible
por “aliviar sus sufrimientos”, “sin cansarse de trabajar con inteligencia y
continuidad por la justicia y la paz, dando testimonio con los hechos de los
valores humanos y cristianos”.
Finalmente, el Pontífice ha invitado a la
nación polaca “a mirar con esperanza hacia el futuro y a las cuestiones que ha
de afrontar”. Esta actitud –ha asegurado– favorece un clima de respeto y un
diálogo constructivo. Si se infunde esperanza a las nuevas generaciones, ha
indicado el Papa, serán más eficaces de las políticas sociales en favor de la
familia, el primer y fundamental núcleo de la sociedad, para apoyar a las más
débiles y las más pobres, y ayudarlas en la acogida responsable de la vida.
La vida “siempre ha de ser acogida y
protegida desde la concepción hasta la muerte natural, y todos estamos llamados
a respetarla y cuidarla”, ha recordado. En esta misma línea ha precisado que es
responsabilidad del Estado, de la Iglesia y de la sociedad “acompañar y ayudar
concretamente” a las personas en dificultad, “para que nunca sienta a un hijo
como una carga, sino como un don”.
Fuente:
Zenit
