Qué pena cuando damos
respuestas fáciles y equivocadas a las personas que sufren
Jesús pasó por el mundo haciendo el bien.
Hizo milagros, curaba enfermedades. Pero casi parece un requisito indispensable
la fe para poder curar. En Nazaret no pudo hacer milagros por su falta de
fe.
Pero me gusta pensar que Dios, de
repente, se salta sus propias costumbres. Dios tiene una manera de acercarse a mí. Una forma
particular y única. Pero de vez en cuando se la salta, y me sorprende.
El otro día leía: “Creo que una de las dificultades a las
que nos enfrentamos hoy no es la falta de caridad, sino la falta de vista. Una
falta que como un habitus
negativo llega a ser una inconsciencia moral. Porque si veo y paso de largo, podré tener una
pizca de remordimiento, pero si ni siquiera veo, ¿cómo voy a sentirme culpable?“.
En el camino Jesús está abierto a lo que
pueda suceder. Es capaz de cambiar sus planes. Mira, ve, oye. Y reacciona.
¿Hago yo lo mismo?
Jesús está abierto a lo que el Padre le
regala. Se detiene ante el corazón de cualquier hombre. No sigue al pie de la
letra su agenda. Mira, se acerca, y siente compasión.
Jesús no se ha endurecido a pesar de
haber visto tanto sufrimiento. Le toca el corazón mi dolor. Se conmueve. ¡Qué
humano es Jesús! A veces
Dios es más humano que nosotros mismos.
A veces damos respuestas fáciles a las
personas que sufren y les decimos cuál es la voluntad de Dios sin saberla.
Dios toma la iniciativa en mi vida tantas
veces. Yo le pido que me resuelva esto, o esto otro. Quiero encasillarlo para
que me solucione alguna cosa que yo he decidido que tiene que ser de una
determinada forma. Pero a veces no veo a Dios llegando por el camino.
Siempre me ha dado paz pensar que Él
llega a mí. A pesar de todos mis intentos por ir hacia Él, por salir a su
encuentro.
Muchas veces, casi todas, es Él quien
llega a mí, a mi dolor, a mi muerte, a mi llanto. Se acerca, me mira, siente
compasión. Me devuelve la vida y la alegría. Me acerca a los que amo. ¿En qué momentos de mi vida he sentido yo
esa iniciativa de Dios?
Por
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
