Teresa y su priora (I)
J.M.J.T.
Madre mía querida, me ha manifestado el deseo de que termine de cantar con
usted las misericordias del Señor. Este dulce canto había empezado a cantarlo
con su hija querida, Inés de Jesús, que fue la madre a quien Dios encomendó la
misión de guiarme en los años de mi niñez.
Sí, Madre querida, con
usted. Y para responder a su deseo, intentaré expresar los sentimientos de mi
alma, mi gratitud a Dios y también a usted que lo representa visiblemente a mis
ojos. ¿No me entregué toda a El precisamente entre sus manos maternales? ¿Se
acuerda, Madre, de aquel día...?
Sí, yo sé que su corazón no lo olvida... En
cuanto a mí, tendré que esperar a estar en el cielo, pues aquí abajo en la
tierra no encuentro palabras para traducir lo que aquel día bendito pasó en mi
corazón. Madre querida, hay otro día en que mi alma se unió aún más, si es
posible, a la suya.
Fue el día en que Jesús volvió a poner sobre sus hombros la
carga del priorato1. Aquel día, Madre querida, usted sembró entre lágrimas,
pero en el cielo rebosará de alegría al ver sus manos cargadas de preciosas
gavillas.
Fuente: Catholic.net
