La Caridad (II)
Así que pensé que me
gustaría mucho que me mandasen como tercera; y justo la madre subpriora me dijo
que fuese yo a prestar ese servicio, o bien la hermana que estaba a mi lado.
Inmediatamente comencé a desatarme el delantal, pero muy despacio para que mi
compañera pudiese quitarse el suyo antes que yo, pues pensaba darle un gusto
dejándola hacer de tercera.
La hermana que suplía a la procuradora nos miraba
riendo, y, al ver que yo me había levantado la última, me dijo: Ya sabía yo que
no eras tú quien iba a ganarse una perla para tu corona, ibas demasiado
despacio... Toda la comunidad, a no dudarlo, pensó que yo había actuado siguiendo
mi impulso natural.
Mi juez es el
Señor. Por eso, para que el juicio del Señor me sea favorable, o, mejor,
simplemente para no ser juzgada, quiero tener siempre pensamientos caritativos,
pues Jesús nos dijo: No juzguéis, y no os juzgarán. Madre, al leer lo que acabo
de escribir, usted podría pensar que la práctica de la caridad no me resulta
difícil. Es cierto que, desde hace algunos meses, ya no tengo que luchar para
practicar esta hermosa virtud. No quiero decir con esto que no cometa algunas
faltas.
No, soy demasiado imperfecta para eso. Pero cuando caigo, no me cuesta
mucho levantarme, porque en un cierto combate conseguí la victoria, y desde
entonces la milicia celestial viene en mi ayuda, pues no puede sufrir verme
vencida después de haber salido victoriosa en la gloriosa batalla que voy a
tratar de describir. Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de
desagradarme en todo. Sus modales, sus palabras, su carácter me resultan
sumamente desagradables. Sin embargo, es una santa religiosa, que debe de ser
sumamente agradable a Dios.
Entonces, para no ceder a la antipatía natural que
experimentaba, me dije a mí misma que la caridad no debía consistir en simples
sentimientos, sino en obras, y me dediqué a portarme con esa hermana como lo
hubiera hecho con la persona a quien más quiero. Cada vez que la encontraba,
pedía a Dios por ella, ofreciéndole todas sus virtudes y sus méritos. Sabía muy
bien que esto le gustaba a Jesús, pues no hay artista a quien no le guste
recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista de las almas, tiene que
gustarle enormemente que no nos detengamos en lo exterior, sino que penetremos
en el santuario íntimo que él se ha escogido por morada y admiremos su belleza.
No me conformaba con rezar mucho por esa hermana que era para mí motivo de
tanta lucha. Trataba de prestarle todos los servicios que podía; y cuando
sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me limitaba a
dirigirle la más encantadora de mis sonrisas y procuraba cambiar de
conversación, pues, como dice la Imitación: Mejor es dejar a cada uno con su
idea que pararse a contestar. Con frecuencia también, fuera de la recreación
(quiero decir durante las horas de trabajo), como tenía que mantener relaciones
con esta hermana a causa del oficio, cuando mis combates interiores eran
demasiado fuertes, huía como un desertor.
Como ella ignoraba por completo lo
que yo sentía hacia su persona, nunca sospechó los motivos de mi conducta, y
vive convencida de que su carácter me resultaba agradable. Un día, en la
recreación, me dijo con aire muy satisfecho más o menos estas palabras:
«¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, qué es lo que la atrae tanto
en mí? Siempre que me mira, la veo sonreír». ¡Ay!, lo que me atraía era Jesús,
escondido en el fondo de su alma... Jesús, que hace dulce hasta lo más
amargo... Le respondí que sonreía porque me alegraba verla (por supuesto que no
añadí que era bajo un punto de vista espiritual).
Fuente: Catholic.net
