La caridad (I)
Este año, Madre querida,
Dios me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad. Es cierto
que también antes la comprendía, pero de manera imperfecta. No había
profundizado en estas palabras de Jesús: «El segundo mandamiento es semejante
al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Yo me dedicaba sobre todo a
amar a Dios.
Y amándolo, comprendí que mi amor no podía expresarse tan sólo en
palabras, porque: «No todo el que me dice Señor, Señor entrará en el reino de
los cielos, sino el que cumple la voluntad de Dios».
Y les dijo, con inefable ternura: os doy un mandamiento nuevo: que os
améis unos a otros, que os améis unos a otros igual que yo os he amado. La
señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis
unos a otros. ¿Y cómo amó Jesús a sus discípulos, y por qué los amó? No,
no eran sus cualidades naturales las que podían atraerle. Entre ellos y él la
distancia era infinita. El era la Ciencia, la Sabiduría eterna; ellos eran unos
pobres pescadores, ignorantes y llenos de pensamientos terrenos. Sin embargo,
Jesús los llama sus amigos, sus hermanos. Quiere verles reinar con él en el
reino de su Padre, y, para abrirles las puertas de ese reino, quiere morir en
una cruz, pues dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus
amigos.
Madre querida, meditando estas palabras de Jesús, comprendí lo
imperfecto que era mi amor a mis hermanas y vi que no las amaba como las ama
Dios. Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los
defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de
los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar. Pero, sobre todo,
comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón:
Nadie, dijo Jesús, enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino
para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Yo pienso
que esa lámpara representa a la caridad, que debe alumbrar y alegrar, no sólo a
los que me son más queridos, sino a todos los que están en la casa, sin
exceptuar a nadie. Cuando el Señor mandó a su pueblo amar al prójimo como a sí mismo, todavía no había venido a la tierra.
Por eso, sabiendo bien
hasta qué grado se ama uno a sí mismo, no podía pedir a sus criaturas un amor
mayor al prójimo. Pero cuando Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento nuevo
-su mandamiento, como lo llama más adelante-, ya no habla de amar al prójimo
como a uno mismo, sino de amarle como él, Jesús, le amó y como le amará hasta
la consumación de los siglos... Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible.
Tú conoces mejor que yo mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo
nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no
las amaras también en mí. Y porque querías concederme esta gracia, por eso
diste un mandamiento nuevo... ¡Y cómo amo este mandamiento, pues me da la
certeza de que tu voluntad es amar tú en mí a todos los que me mandas amar...!
Sí, lo se: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto
más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas.
Cuando quiero hacer que
crezca en mí ese amor, y sobre todo cuando el demonio intenta poner ante los
ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana que me cae menos simpática,
me apresuro a buscar sus virtudes y sus buenos deseos, pienso que si la he
visto caer una vez, puede haber conseguido un gran número de victorias
que oculta por humildad, y que incluso lo que a mí me parece una falta puede
muy bien ser, debido a la recta intención, un acto de virtud. Y no me cuesta
convencerme de ello, pues yo misma viví un día una experiencia que me demostró
que no debemos juzgar a los demás.. Fue durante la recreación. La portera tocó
dos campanadas, había que abrir la puerta de clausura a unos obreros para que
metieran unos árboles destinados al belén. La recreación no estaba animada,
pues faltaba usted, Madre querida.
Fuente: Catholic.net
