“La parábola nos enseña que se es justo o pecador no por la propia
pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y los hermanos”
La parábola del
fariseo y el publicano fue el centro de la nueva catequesis del Papa
Francisco en la Audiencia General del miércoles, en la que exhortó a no ser un
corrupto que juzga y desprecia al resto.
Para el
Pontífice, el fariseo es un “corrupto” porque “es imagen de aquel que hace como
que reza pero en realidad no lo hace”. “Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los
otros o los desprecia es un corrupto y un hipócrita”.
“La soberbia
compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja de Dios y de los otros”,
aseguró.
Francisco
explicó la parábola y contó que “ambos protagonistas van al templo a orar, pero
actúan de manera diversa, obteniendo resultados opuestos”. El fariseo “reza
estando de pie y usa muchas palabras. Es una oración de agradecimiento dirigida
a Dios, pero en realidad expone sus propios méritos, con sentido de
superioridad hacia los otros hombres”.
El Papa destacó
que precisamente el problema es que “ora a Dios, pero en verdad se mira a sí
mismo. Se reza a sí mismo”.
“Ni siquiera en
el templo siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios, permanece
en pie, se siente seguro, como si fuese el dueño del templo”, dijo el Papa.
En definitiva,
“más que rezar, el fariseo se complace de cómo cumple con los preceptos”, por
lo que “su actitud y sus palabras están alejadas del modo de actuar y de hablar
de Dios, el cual ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores”,
observó.
Dirigiéndose a
los miles de fieles que le escuchaban en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre
indicó que “no es suficiente preguntarnos cuánto oramos, sino que debemos
preguntarnos cómo lo hacemos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante
examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos y extirpar la
arrogancia y la hipocresía”.
El Papa
advirtió entonces que “todos somos presa del ritmo frenético de cada día” por
lo que es "necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón,
recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es ahí donde Dios nos
encuentra y nos habla”.
Por otro lado,
el publicano “se presenta en el templo con humildad y arrepentimiento. Su
oración es muy breve, no larga como la del fariseo: ‘Oh Dios, ten piedad de mí
que soy un pecador”, dijo el Papa invitando a repetir estas palabras tres veces
a todos los fieles.
El Papa recordó
que los publicanos, aquellos que cobraban los impuestos, eran considerados en
aquella época impuros, pecadores.
“La parábola nos enseña que se es justo o
pecador no por la propia pertenencia social, sino por el modo de relacionarse
con Dios y los hermanos”.
Así, “los
gestos de penitencia y las pocas y simples palabras del publicano testimonian
su conciencia acerca de su pobre condición. Su oración es esencial, hecha por
alguien humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad”.
Francisco dijo
que “el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios” presentándose
“con las manos vacías, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador”. “El
publicano nos muestra a todos la condición necesaria para recibir el perdón del
Señor”, añadió.
Fuente: ACI Prensa
