En la segunda ciudad de Armenia, la que sufrió el devastador terremoto de
1988, Francisco invita a los jóvenes a dar un sí generoso para difundir la
evangelización
El papa
Francisco celebró este sábado la santa misa en la segunda ciudad que visita en
Armenia, Gyumri, nada más llegar del memorial de Tzitzernakaberd, en
las afueras de la capital Ereván, donde abrió el segundo día de su visita
apostólica recordando al millón y medio de armenios exterminados durante el
Imperio Otomano.
En Gyumri,
ciudad que durante el dominio soviético tuvo el nombre de Lininakan para
recordar a Lenin, y que en 1988 sufrió un devastador terremoto, el Santo Padre
celebró la ‘Misa votiva de la Misericordia de Dios’, según el rito latino, en
italiano y armenio. Estuvo presente en la misa el Catholicós Karekin II.
“Después de la
terrible devastación del terremoto, estamos hoy aquí para dar gracias a Dios
por todo lo que ha sido reconstruido” señaló el Papa en su homilía, invitando a
construir la propia vida cristiana en tres bases estables.
La primera, la
gracia de la memoria por lo que el Señor ha hecho en nosotros y por nosotros:
“nos ha elegido, amado, llamado y perdonado”, pero también “otra memoria que se
ha de custodiar: la memoria del pueblo”, la vuestra “muy antigua y valiosa”.
“En vuestras
voces resuenan –dijo el Papa refiriéndose a la memoria– la de los santos sabios
del pasado; en vuestras palabras se oye el eco del que ha creado vuestro
alfabeto con el fin de anunciar la Palabra de Dios; en vuestros cantos se
mezclan los llantos y las alegrías de vuestra historia. Pensando en todo esto,
podéis reconocer sin duda la presencia de Dios: él no os ha dejado solos.
Incluso en medio de tremendas dificultades” y de “las primicias de vuestra fe,
de todos los que han dado testimonio, aun a costa de la sangre, de que el amor
de Dios vale más que la vida”.
La segunda base
es la fe, que “es también la esperanza para vuestro futuro”, y rechazar “la
tentación de considerarla como algo del pasado”, de manera que “el encuentro
con la ternura del Señor ilumine el corazón de alegría” más fuerte que el
dolor, transformándose en paz.
El Pontífice
invitó especialmente a los jóvenes a no tener miedo de dar el propio ‘sí’,
“para dar continuación a la gran historia de evangelización, que la Iglesia y
el mundo necesitan en esta época difícil, pero que es también tiempo de
misericordia”.
La tercera base
es el amor misericordioso: la vida del discípulo de Jesús se basa en esta roca,
porque “estamos llamados ante todo a construir y reconstruir, sin desfallecer,
caminos de comunión, a construir puentes de unión y superar las barreras que
separan”.
“Se necesitan
cristianos –añadió el Santo Padre– que no se dejen abatir por el cansancio y no
se desanimen ante la adversidad, sino que estén disponibles y abiertos,
dispuestos a servir” además de “sociedades más justas, en las que cada uno
tenga una vida digna y ante todo un trabajo justamente retribuido”.
“Nadie como
Gregorio de Narek, palabra y voz de Armenia ha sabido penetrar en el abismo de
miseria que puede anidar en el corazón humano” recordó Francisco, y señaló que
él “nos enseña que lo más importante es reconocerse necesitados de misericordia
y después, frente a la miseria y las heridas que vemos, no encerrarnos en
nosotros mismos, sino abrirnos con sinceridad y confianza al Señor”.
El Papa
concluyó invocando con las palabras del santo armenio, el don de no cansarse
nunca de amar: Espíritu Santo «Concédenos la gracia de animarnos a la caridad y
a las buenas obras […] Espíritu de mansedumbre, de compasión, de amor al hombre
y de misericordia, […] tú que eres todo misericordia, […] ten piedad de
nosotros, Señor Dios nuestro, según tu gran misericordia» (Himno de
Pentecostés).
Fuente: Zenit
