La maternidad nunca
deja de ser un milagro, que nos hace instrumentos de Dios y ayudantes
esenciales en la conservación de la raza humana
Por repetido no es menos cierto: el embarazo y la maternidad son unas
experiencias inigualablemente bellas, y para muchas mujeres incluso llegan a
ser los momentos más hermosos de sus vidas.
Portar un hijo en las entrañas y ayudar a traerlo al mundo son verdaderos y gratuitos regalos que nos ha dado la naturaleza: por nada se nos da todo, y todo es el misterioso don de la vida, de la existencia, única, portentosa y maravillosa.
Portar un hijo en las entrañas y ayudar a traerlo al mundo son verdaderos y gratuitos regalos que nos ha dado la naturaleza: por nada se nos da todo, y todo es el misterioso don de la vida, de la existencia, única, portentosa y maravillosa.
Para muchos el
desarrollo de una vida dentro del vientre sigue siendo un misterio. ¿Cómo
explicar que de la unión de un óvulo y un espermatozoide surja la vida?, y que
esta pequeña célula en multiplicación explosiva empiece a tener un corazón,
unas manos, unos ojos…, sólo ocho semanas después del encuentro entre las dos
células. Así, como si recibiera soplos maravillosos de vida, se inicia la
existencia.
Se forma un ser único e irrepetible
Y mientras la barriguita
de la madre se va abultando, al tiempo que se abultan sus sueños, su felicidad
y su agradecimiento por la nueva vida, se va formando el nuevo ser: un nuevo
ser único, irrepetible, con toda su carga genética, con todo su misterio
interior, pero que podría no haber existido de no haber sido por ese encuentro
amoroso de este hombre y esta mujer concretos, en aquel momento concreto.
La espera casi
siempre suele terminar con ese ¡momento maravilloso!, que es el alumbramiento.
Por primera vez, el padre y la madre pueden ver a ese “desconocido” que ha
convivido con ellos durante nueve meses. Han sido hasta ahora como dos cuerpos
en uno, que, al final, se dirán adiós por siempre, porque aquella pequeña
semilla que creció de manera tan natural ya está preparada para seguir
creciendo en su propia parcela.
Es difícil
describir con palabras lo que se siente al saber que se lleva a alguien dentro;
y que ese alguien crece día a día, gracias a que la madre le está dando la
vida, parte de su vida. Es algo así como una mezcla de orgullo y de alegría
incontenible, por saber que dentro de sí está él, ¿ella?, respirando,
moviéndose, mientras se siente cómo se funden los sonidos uniformes de los dos
corazones.
Unos padres que acogen al nuevo ser
Y mientras pasan
los días, los padres planean, preparan y sueñan con la llegada de aquel pequeño
ser, a quien este “cubículo”, que tiene por morada, cada día le resulta más
incómodo. Los padres saben que, a pesar de los tiempos que corren, lo único que
sigue siendo indispensable para el recibimiento del nuevo miembro es su amor
incondicional, su sí de aceptación definitivo, radical y sin restricciones. Un
sí de amor con el que los padres acogen al nuevo ser y le dicen: “te quiero, te
quiero tal como eres y no te cambiaría por nadie”. Al contemplarlo nacido nos
damos cuenta de que, aunque pequeño, él tiene ya una semilla de libertad, de
inteligencia y de capacidad de amar. Tomará sus opciones y será él mismo, con
su personalidad e independientemente de nuestras expectativas respecto a él.
Es cierto: seis
mil millones de mujeres del mundo contemporáneo han recibido este don que es
dar la vida, pero nunca deja de ser una novedad, un milagro, un misterio, algo
inexplicable, que nos hace instrumentos de Dios y ayudantes vitales y
esenciales en la conservación de la raza humana.
Artículo originalmente publicado por fraynelson.com
