Vivir la
eucaristía es prepararme para ser yo mismo el cuerpo de Cristo que se entrega
Jesús me pide que viva con
intensidad la eucaristía para así vivir mi vida con la misma intensidad.
Decía el Padre José Kentenich: “Si vivo así mi vida de ofrecimiento, en forma sobrenatural,
en y con Cristo, es evidente entonces que muchas veces seré transformado en
Cristo. Todas
las acciones durante el día deben llegar a ser una reiteración constante del
ofertorio, de la consagración y de la comunión”.
Si vivo cada parte de la misa
intensamente podré llevar esa actitud a mi vida.
La actitud del perdón. Cuando
necesito perdonar a otros. Cuando me hace falta ser perdonado.
La escucha de la Palabra de
Dios. Cuando quiero aprender a descubrir su voz en medio de mi día.
La actitud del ofrecimiento
de lo poco que tengo: “No
tenemos más que cinco panes y dos peces”. Porque sólo si me ofrezco Jesús puede
tomarme en sus manos.
La consagración en la que
Jesús se hace carne en mis manos. Y yo me hago más de Dios en las suyas.
El gesto de postrarme y
partirme en las manos de Dios. Cuando siento que Jesús se parte en las mías.
Para que otros tengan vida: “Dadles
vosotros de comer”.
Hay partes de la misa que
vivo de forma más intensa que otras. ¿Qué
parte de la misa es la parte que más me toca? ¿Qué parte de la misa vivo más
intensamente?
Vivir la eucaristía es
prepararme para ser eucaristía, para ser yo mismo el cuerpo de Cristo que se
parte por amor y se entrega sin reservas. A todos.
Cada vez que parto el cuerpo de Cristo es como si se partiera algo
dentro de mi alma. Ese ruido del pan al
partirse. Jesús se parte en mis manos. Yo me parto en las suyas.
¿Tomo conciencia de cada momento de la misa? ¿O la vivo pensando en otras cosas? En el pasado que me preocupa.
En el futuro que me angustia.
Quiero acercarme a Jesús con las manos vacías. Sólo tengo unos panes y
unos peces. Tengo muy poco y son muchos a mi alrededor los que tienen hambre de
amor.
No puedo calmar el hambre de
todo el mundo. No puedo. No bastan mis talentos, mi capacidad de amar, mi
tiempo. Eso lo sé. No puedo. Pero a veces me confundo y grito como un niño: “Mamá, ¿yo puedo?”.
Tal vez pienso que no es
posible. Que sólo mis panes y mis peces no son suficientes. Y los puedo guardar
por miedo a perderlos.
Jesús cree en mí. Cree en ese poder escondido debajo de mi
impotencia. Cree en mi capacidad para amar oculta bajo gestos hoscos. Cree en mi potencialidad
para crecer cuando parece que soy frágil y débil y la derrota es segura.
Sí, Jesús cree en mí. Sí, yo
puedo calmar la sed y el hambre de tantos. Parece pretencioso. Pero Jesús cree
en mí mucho más de lo que yo creo. Y me pide que yo les dé de comer con tan
solo unos panes y unos peces. Y me dice: “No
dejes nunca de creer”.
Parece imposible. Me parece
imposible. Pero yo quiero creer que puedo partirme hasta el extremo. Y me da
miedo.
Rezo con las palabras con las
que rezaba una persona: “Sé Tú
mi seguro y mi ancla. Enséñame a caminar sobre las aguas. Aunque parezca
imposible. Dime ‘ven’ e iré. Y si no, ven a cogerme”.
Quiero confiar así en el
poder de Jesús en mi vida. En el poder de mi cuerpo sobre las aguas. En ese
milagro de mis manos al convertir el pan en su cuerpo y el vino en su sangre.
Por su palabra, creo. Porque
Él vive en mí, puedo.
Él puede hacer posible lo
imposible. Puede hacer que mi palabra calme los corazones que viven
angustiados. Y mis manos entreguen su bendición allí donde reina la ira y la
violencia. Puede hacer que mis pies recorran caminos difíciles, valles oscuros.
Puede darme un corazón más
grande que el que tengo. Un corazón capaz de aceptar a más personas, querer a
más hombres, cuidar a más necesitados. Él puede hacer posible la multiplicación
de mis panes y mis peces cuando es tan poco lo que yo poseo.
Puede si yo le dejo entrar en
mi vida, si me entrego por completo sin esperar nada a cambio, si me ofrezco
sabiendo que es poco lo que poseo. No importa nada. Él lo puede todo. Le basta
mi sí para empezar a hacerlo.
Fuente: Carlos Padilla/Aleteia
