El coliseo y las catacumbas
Ahora sólo me falta ya
hablar de Roma. ¡De Roma, meta de nuestro viaje, donde yo esperaba encontrar el
consuelo, pero donde encontré la cruz...! Llegamos a Roma de noche y dormidos.
Nos despertaron los empleados de la estación, que gritaban: «Roma, Roma». No
era un sueño, ¡estaba en Roma...!
El primer día lo pasamos extramuros, y fue
quizás el más delicioso de todos, pues todos los monumentos han conservado su
sello de antigüedad, mientras que en el centro de Roma, ante el fausto de los
hoteles y de las tiendas, uno tiene la impresión de estar en París.
Aquel paseo
por la campiña romana me ha dejado un gratísimo recuerdo. No hablaré de los
lugares que visitamos, pues hay bastantes libros que los describen por extenso,
sino solamente de las principales emociones que viví. Una de las más dulces fue
la que me hizo estremecerme a la vista del Coliseo.
Por fin, podía ver aquella
arena en la que tantos mártires habían derramado su sangre por Jesús, y ya me
disponía a besar la tierra que ellos habían santificado. ¡Pero qué decepción la
mía! El centro no era más que un montón de escombros que los peregrinos tenían
que conformarse con mirar, pues una valla les impedía entrar. Por otra parte,
nadie sintió la tentación de intentar meterse por en medio de aquellas
ruinas... ¿Pero valía la pena haber venido a Roma y quedarse sin bajar al
Coliseo...? Aquello me parecía imposible. Ya no escuchaba las explicaciones del
guía, sólo un pensamiento me rondaba por la cabeza: bajar a la arena...
Al ver
pasar a un obrero con una escalera, estuve a punto de pedírsela.
Afortunadamente no puse en práctica mi idea, pues me habría tomado por loca...
Se dice en el Evangelio que la Magdalena, perseverando junto al sepulcro y agachándose
insistentemente para mirar dentro, acabó por ver dos ángeles. Yo, igual que
ella, aun reconociendo la imposibilidad de ver cumplidos mis deseos, [61rº]
seguía agachándome hacia las ruinas, adonde quería bajar. Por fin, no vi
ángeles, pero sí lo que buscaba.
Lancé un grito de alegría y le dije a Celina:
«¡Ven corriendo, vamos a poder pasar...!» Inmediatamente sorteamos la valla,
hasta la que en aquel sitio llegaban los escombros, y comenzamos a escalar las
ruinas, que se hundían bajo nuestros pies. Papá nos miraba, completamente
asombrado de nuestra audacia, y no tardó en indicarnos que volviéramos. Pero
las dos fugitivas ya no oían nada. Lo mismo que los guerreros sienten aumentar
su valor en medio del peligro, así nuestra alegría iba en aumento en proporción
al trabajo que nos costaba alcanzar el objeto de nuestros deseos.
Celina, más
previsora que yo, había escuchado al guía, y acordándose de que éste acababa de
señalar un pequeño adoquín marcado con una cruz como el lugar en el que
combatían los mártires, se puso a buscarlo. No tardó en encontrarlo, y,
arrodillándonos sobre aquella tierra sagrada, nuestras almas se fundieron en
una misma oración... Al posar mis labios sobre el polvo purpurado por la sangre
de los primeros cristianos, me latía fuertemente el corazón. Pedí la gracia de
morir también mártir por Jesús, y sentí en el fondo del corazón que mi oración
había sido escuchada...
Todo esto sucedió en muy poco tiempo, y después de
coger algunas piedras, volvimos hacia los muros en ruinas para volver a
comenzar nuestra arriesgada empresa. Papá, al vernos tan contentas, no tuvo
valor para reñirnos, y me di cuenta de que estaba orgulloso de nuestra
valentía... Dios nos protegió visiblemente, pues los peregrinos no se dieron
cuenta de nuestra empresa por estar algo más lejos que nosotros, ocupados sin
duda en contemplar las magníficas arcadas, de las que el guía estaba resaltando
«las pequeñas cornisas y los cupidos colocados sobre ellas». Y así, ni él ni
los «señores abates» se enteraron de la alegría que embargaba nuestros
corazones...
También las catacumbas me dejaron una gratísima impresión. Son tal como me las había imaginado leyendo su descripción en la vida de los
mártires. La atmósfera que allí se respira está tan llena de fragancia, que,
después de pasar en ellas buena parte de la tarde, me daba la impresión de
haber estado tan sólo unos instantes... Teníamos que llevarnos algún recuerdo
de las catacumbas. Así que, dejando que se alejase un poco la procesión, Celina
y Teresa se deslizaron las dos juntas hasta el fondo del antiguo sepulcro de
santa Cecilia y cogieron un poco de la tierra santificada por su presencia.
Antes del viaje a Roma, yo no tenía especial devoción a esta santa.
Pero al
visitar su casa, convertida en iglesia, y el lugar de su martirio, al saber que
había sido proclamada reina de la armonía, no por su hermosa voz ni por su
talento musical, sino en memoria del canto virginal que hizo oír a su Esposo
celestial escondido en el fondo de su corazón, sentí por ella algo más que
devoción: una auténtica ternura de amiga... Se convirtió en mi santa
predilecta, en mi confidente íntima... Todo en ella me fascina, sobre todo su
abandono y su confianza sin límites, que la hicieron capaz de virginizar a unas
almas que nunca habían deseado más alegrías que las de la vida presente...
Santa Cecilia se parece a la esposa del Cantar de los Cantares. Veo en ella «un
coro en medio de un campo de batalla...»
Su vida no fue más que un canto
melodioso, aun en medio de las mayores pruebas, y no me extraña, pues «el santo
Evangelio reposaba sobre su corazón» y en su corazón reposaba el Esposo de las
vírgenes... También la visita a la iglesia de Santa Inés fue para mí muy dulce.
Allí iba a visitar en su casa a una amiga de la infancia. Le hablé largamente
de la que tan dignamente lleva su nombre, e hice todo lo posible por conseguir
una reliquia de la angelical patrona de mi Madre querida para traérsela. Pero no pudimos conseguir más que una piedrecita roja que se desprendió de un
rico mosaico cuyo origen se remonta a los tiempos de santa Inés y que ella
debió de mirar muchas veces. ¿No resulta encantadora la amabilidad de la santa,
al regalarnos ella misma lo que buscábamos y que nos estaba prohibido tomar...?
Siempre me ha parecido aquello una delicadeza y una prueba del amor con que la
dulce santa Inés mira y protege a mi Madre querida...
Fuente: Catholic.net
