El viaje a Roma
Tres días después del viaje
a Bayeux, tenía que emprender otro mucho más largo: el viaje a la ciudad
eterna... ¡Qué viaje aquél...! Sólo en él aprendí más que en largos años de
estudios, y me hizo ver la vanidad de todo lo pasajero y que todo es aflicción
de espíritu bajo el sol...
Sin embargo, vi cosas muy hermosas; contemplé todas
las maravillas del arte y de la religión; y, sobre todo, pisé la misma tierra
que los santos apóstoles y la tierra regada con la sangre de los mártires, y mi
alma se ensanchó al contacto con las cosas santas...
Me alegro mucho de haber
estado en Roma; pero comprendo a quienes, en el mundo, pensaron que papá me
había hecho hacer este largo viaje para hacerme cambiar de idea sobre la vida
religiosa. Y la verdad es que hubo cosas en él capaces de hacer vacilar una
vocación poco firme. Celina y yo, que nunca habíamos vivido entre gentes del
gran mundo, nos encontramos metidas en medio de la nobleza, de la cual se
componía casi exclusivamente la peregrinación. Pero todos aquellos títulos y
aquellos «de», lejos de deslumbrarnos, no nos parecían más que humo...
Vistos de
lejos, me habían ofuscado un poco alguna vez, pero de cerca, vi que «no todo lo
que brilla es oro» y comprendí estas palabras de la Imitación: «No vayas
tras esa sombra que se llama el gran nombre, ni desees tener muchas e
importantes relaciones, ni la amistad especial de ningún hombre». Comprendí que
la verdadera grandeza está en el alma, y no en el nombre, pues como dice
Isaías: «El Señor dará otro nombre a sus elegidos», y san Juan dice también:
«Al vencedor le daré una piedra blanca, en la que hay escrito un nombre nuevo
que sólo conoce quien lo recibe».
Sólo en el cielo conoceremos, pues, nuestros
títulos de nobleza. Entonces cada cual recibirá de Dios la alabanza que merece.
Y el que en la tierra haya querido ser el más pobre y el más olvidado, por amor
a Jesús, ¡ése será el primero y el más noble y el más rico...! La segunda
experiencia que viví se refiere a los sacerdotes. Como nunca había vivido en su
intimidad, no podía comprender el fin principal de la reforma del Carmelo. Orar
por los pecadores me encantaba; ¡pero orar por las almas de los sacerdotes, que
yo creía más puras que el cristal, me parecía muy extraño...! En Italia
comprendí mi vocación. Y no era ir a buscar demasiado lejos un conocimiento tan
importante...
Durante un mes conviví con muchos sacerdotes santos, y pude ver
que si su sublime dignidad los eleva por encima de los ángeles, no por eso
dejan de ser hombres débiles y frágiles... Si los sacerdotes santos, a los que
Jesús llama en el Evangelio «sal de la tierra», muestran en su conducta que
tienen una enorme necesidad de que se rece por ellos, ¿qué habrá que decir de
los que son tibios? ¿No ha dicho también Jesús: «Si la sal se vuelve sosa, ¿con
qué la salarán?» ¡Qué hermosa es, Madre querida, la vocación que tiene como
objeto conservar la sal destinada a las almas!
Y ésta es la vocación del
Carmelo, pues el único fin de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios es
ser apóstoles de apóstoles, rezando por ellos mientras ellos evangelizan a las
almas con su palabra, y sobre todo con su ejemplo... He de detenerme,
pues si continuase hablando de este tema, ¡no acabaría nunca...! Voy a contarte
mi viaje, Madre querida, con algún detalle; perdóname si te doy demasiados,
pues no pienso lo que voy a escribir, y lo hago en tantos ratos perdidos,
debido al poco tiempo libre que tengo, que mi narración quizás te resulte aburrida...
Me consuela pensar que en el cielo volveré a hablarte de las gracias que he
recibido y que entonces podré hacerlo con palabras amenas y arrobadoras... Allí
nada vendrá ya a interrumpir nuestros desahogos íntimos y con una sola mirada
lo comprenderás todo... Mas como ahora necesito todavía emplear el lenguaje de
esta triste tierra, trataré de hacerlo con la sencillez de un niño que conoce
el amor de su madre...
Fuente: Catholic.net
