Viaje a Bayeux
El 31 de octubre fue el día
fijado para mi viaje a Bayeux. Partí sola con papá, con el corazón henchido de
esperanza, pero también muy emocionada al pensar que iba a presentarme al obispo.
Por primera vez en mi vida iba a hacer un visita sin que me acompañaran mis
hermanas, ¡y esta visita era nada menos que a un obispo! Yo, que nunca hablaba,
a no ser para contestar a las preguntas que me hacían, tenía que explicar por
mí misma el motivo de mi visita y exponer las razones que me movían a solicitar
la entrada en el Carmelo.
Y realmente sólo el amor de Jesús podía hacerme vencer aquellas
dificultades y las que vendrían más tarde, pues quiso hacerme comprar mi
vocación a costa de pruebas muy grandes... Hoy, que gozo de la soledad del
Carmelo (descansando a la sombra de Aquel a quien tan ardientemente deseé),
creo que he comprado mi dicha a muy bajo precio y estaría dispuesta a soportar
sufrimientos mucho mayores para alcanzarla si aún no la tuviese.
Cuando
llegamos a Bayeux, llovía a cántaros. Papá, que no quería ver a su reinecita
entrar en el obispado con su hermoso vestido hecho una sopa, la hizo subir a un
ómnibus que nos llevó a la catedral. Allí comenzaron mis desgracias. Monseñor,
con todo su presbiterio, estaba asistiendo a un solemne funeral. La iglesia
estaba llena de señoras vestidas de luto, y todo el mundo me miraba a mí con mi
[54rº] vestido claro y mi sombrero blanco. Hubiera querido salir de la iglesia,
pero no había ni que pensarlo a causa de la lluvia.
Y para humillarme más
todavía, Dios permitió que papá, con su sencillez patriarcal, me hiciese pasar
hasta el fondo de la catedral; yo, por no disgustarlo, obedecí de buen grado y ofrecí
aquella distracción a los habitantes de Bayeux, a los que deseaba no haber
conocido en mi vida... Por fin pude respirar tranquila en una capilla que había
detrás del altar mayor, y allí me quedé un largo rato rezando con fervor, en
espera de que la lluvia cesase y nos dejase salir. Al salir, papá me hizo
admirar la belleza del edificio, que al estar vacío parecía mucho mayor. Pero a
mí sólo una idea me ocupaba el pensamiento, y no podía encontrarle gusto a
nada.
Fuimos directamente a ver al Sr. Révérony, que estaba informado de
nuestra llegada y que había fijado él mismo la fecha del viaje; pero estaba
ausente. Así que tuvimos que andar errando por las calles, que me parecieron
muy tristes. Por fin, volvimos cerca del obispado, y papá me llevó a un hotel
en el que no hice honor al buen cocinero. Mi pobre papaíto me demostraba una
ternura casi increíble. Me decía que no me preocupase, que seguro que Monseñor
me concedería lo que iba a pedirle. Después de descansar un poco, volvimos en
busca del Sr. Révérony.
Llegó al mismo tiempo que nosotros un señor, pero el
Vicario general le pidió cortésmente que esperara y nos hizo entrar a nosotros
primero en su despacho (el pobre señor tuvo tiempo de aburrirse, pues nuestra
visita fue larga). El Sr. Révérony se mostró muy amable, pero creo que le
sorprendió mucho el motivo de nuestro viaje. Después de mirarme sonriente y de
hacerme algunas preguntas, nos dijo: «Voy a presentarles a Monseñor, tengan la
bondad de acompañarme». Y al ver brillar lágrimas en mis ojos, añadió: «¡Pero
bueno!, estoy viendo diamantes... ¡No podemos enseñárselos a Monseñor...!» Nos
hizo atravesar varios aposentos muy amplios, adornados con retratos de obispos.
Viéndome en aquellos enormes salones, me sentía como una pobre hormiguita y me
preguntaba qué me atrevería a decirle a Monseñor. El estaba paseando por una
galería con dos sacerdotes.
Vi que el Sr. Révérony le decía unas palabras y
volvía con él. Nosotros lo esperábamos en su despacho, donde había tres enormes
sillones colocados delante de la chimenea en la que chisporroteaba un buen
fuego. Al ver entrar a Su Excelencia, papá se arrodilló a mi lado para recibir
su bendición. Luego Monseñor hizo tomar asiento a papá en uno de los sillones,
se sentó frente a él, y el Sr. Révérony quiso que yo ocupara el del medio.
Rehusé cortésmente, pero él insistió, diciéndome que tenía que demostrar si era
capaz de obedecer. Me senté enseguida, sin pensarlo dos veces, y tuve que pasar
por la vergüenza de verle a él tomar una silla mientras yo me veía arrellanada
en un sillón donde habrían cabido cómodamente cuatro como yo (y más cómodas que
yo, ¡pues me hallaba muy lejos de estarlo...!) Yo esperaba que hablaría papá,
pero me dijo que explicara yo misma a Monseñor el motivo de nuestra visita. Lo
hice lo más elocuentemente que pude. Pero Su Excelencia, acostumbrado a la
elocuencia, no pareció conmoverse mayormente por mis razones.
Una sola palabra
del Superior me hubiera valido mucho más que todas ellas, pero lamentablemente
no la tenía y su oposición no abogaba precisamente en mi favor... Monseñor me
preguntó si hacía mucho tiempo que deseaba entrar en el Carmelo. -«Sí,
Monseñor, muchísimo tiempo...» -«¡Vamos!, replicó riendo el Sr. Révérony, ¿no
dirás que hace quince años que lo estás deseando?» -«Desde luego, respondí yo
riendo también. Pero no hay que quitar muchos años, porque deseo ser religiosa
desde que tengo uso de razón, y deseé el Carmelo desde que lo conocí, porque me
parecía que en esta Orden se verían satisfechas todas las aspiraciones de mi
alma». No sé, Madre querida, si fueron éstas exactamente mis palabras, creo que
lo dije todavía peor; pero, bueno, ese fue el sentido. Monseñor, creyendo
agradar a papá, intentó hacer que me quedara con él algunos años más.
Por eso,
no fue poca su sorpresa y su edificación al verlo ponerse de mi parte e
interceder para que me concediera permiso para volar a los quince años. Sin
embargo, todo fue inútil. Dijo que antes de tomar una decisión, era
indispensable tener una entrevista con el Superior del Carmelo. Nada podía yo
escuchar que me causase una pena mayor, pues conocía la abierta oposición de
nuestro Padre. Así que, sin tener en cuenta ya la recomendación del Sr.
Révérony, hice algo más que enseñar diamantes a Monseñor: ¡se los regalé...! Vi
muy bien que estaba emocionado. Poniendo su mano en mi cuello, apoyó mi cabeza
sobre su hombro y me acarició como creo que nunca había acariciado a nadie.
Me
dijo que no todo estaba perdido, que estaba muy contento de que hiciese el
viaje a Roma para afianzar mi vocación, y que, en vez de llorar, debería
alegrarme. Añadió que, a la semana siguiente, tenía que ir a Lisieux y que le
hablaría de mí al párroco de Santiago, y que no dudase que en Italia recibiría
su respuesta. Comprendí que era inútil seguir insistiendo. Además, ya no tenía
nada más que decir, pues había agotado todos los recursos de mi elocuencia.
Monseñor nos acompañó hasta el jardín. Papá le hizo reír mucho contándole que,
para aparentar más edad, me había hecho recoger el pelo. (Este detalle no lo
echó Monseñor en saco roto, pues cuando habla de su «hijita» nunca deja de
contar las historia de su pelo...)
El Sr. Révérony quiso acompañarnos hasta la
puerta del jardín del obispado, y dijo a papá que nunca se había visto una cosa
así: «¡Un padre tan deseoso de entregar a Dios su hija como ésta de ofrecerse a
él!» Papá le pidió algunas explicaciones sobre la peregrinación, entre otras
cómo había que ir vestidos para presentarse ante el Santo Padre. Aún lo estoy
viendo darse vuelta ante el Sr. Révérony, diciéndole: «¿Estaré bien así...?» El
le había dicho también a Monseñor que si él no me daba permiso para entrar en
el Carmelo, yo pediría esta gracia al Sumo Pontífice. Era muy sencillo en sus
palabras y en sus modales mi querido rey, pero era tan guapo...
Tenía una distinción
tan natural, que debió de agradarle mucho a Monseñor, acostumbrado a verse
rodeado de personajes que conocían todas las reglas de la etiqueta, pero no al
Rey de Francia y de Navarra en persona con su reinecita ... Cuando llegué a la
calle, volvieron a correr las lágrimas, pero no tanto a causa de mi disgusto
cuanto por ver que mi papaíto querido acababa de hacer un viaje inútil... El,
que saboreaba ya por adelantado la alegría de enviar un telegrama al Carmelo
anunciando la feliz respuesta de Monseñor, se veía obligado a [55vº] volver sin
respuesta de ninguna clase... ¡Qué disgusto tan grande tenía yo...! Me parecía
que mi futuro estaba roto para siempre.
Cuanto más me acercaba a la meta, más
veía embrollarse mis asuntos. Mi alma estaba hundida en la amargura, pero
también en la paz, pues lo único que buscaba era la voluntad de Dios. En cuanto
llegamos a Lisieux, fui a buscar consuelo en el Carmelo, y lo encontré a tu
lado, Madre querida. ¡No!, nunca olvidaré todo lo que tú sufriste por mi causa.
Si no temiera profanarlas sirviéndome de ellas, podría repetir las palabras que
Jesús dirigió a los apóstoles la noche de su Pasión: «Tú has permanecido
siempre conmigo en mis pruebas...» También mis queridísimas hermanas me
ofrecieron muy dulces consuelos...
Fuente: Catholic.net
