Sé que estás ahí
oculto hablándome, abrazándome y entonces dejo de temer y sueño
Quiero guardar la palabra de
Dios en mi corazón para que Jesús venga a mí. Creo que si las guardo en mi
alma, ellas se irán haciendo vida. Su palabra es la llave para entrar a mi
vida. La Palabra que escucho cada vez que abro la Biblia y me detengo.
La palabra de Dios es esa
semilla que germina en tierra buena y da su fruto. ¡Cuánto bien me hace meditar la
palabra de Dios! Guardarla en
mi alma como algo sagrado. Repetirla una y otra vez.
Hoy quiero guardar las
palabras que Jesús me dice. Me gusta pensar que me ha dicho palabras únicas.
Las guardo desde siempre. Son palabras que tocan mi alma. Me conmuevo al
escucharlas de nuevo.
Tienen que ver con lo que
soy, con mi herida, con la predilección particular de Jesús por mí. Un día me
las dijo. Yo no las olvido. Quiero guardarlas y no olvidarlas nunca. Quiero que me ayuden a recordar
siempre lo que estoy llamado a ser. Quiero
que mi corazón sea su morada.
Le pido a Jesús que pase por
mi vida y me hable. Sé que Él está a la puerta, esperando y llama. Y yo a veces
no le abro. Hoy le pido que pase y me diga mis palabras. Las que me hacen reír,
las que me emocionan hasta las lágrimas.
¿Cuándo me habla a mí Jesús? ¿Qué palabras son las que guardo dentro? Es difícil guardar todas
las palabras de Jesús en mi vida.
Las palabras que me ha dicho
a mí personalmente han sido muchas. Desde
que me enamoré de Él me ha ido diciendo palabras. Me ha ido guiando con su voz. Me ha
desvelado el misterio de mi alma.
Jesús me habla. Lo sé. Me
habla cuando no lo escucho. Me habla cuando no le entiendo. Me habla cuando
recibo tanto amor de sus manos. Son palabras en las que me dice que me quiere.
Para toda la vida. Desde siempre.
Una persona rezaba: “Tengo una hondura que yo mismo
desconozco. Y a veces, cuando me callo, me hundo en ella y me pierdo. Y sé que estás ahí oculto hablándome,
abrazándome y entonces dejo de temer y sueño. Y veo imposibles que se tejen en torno
a mis manos. Y quiero hacerlo todo real de forma inmediata. Me falta la
paciencia. Callo y escucho. Y
me hablas en torrentes. Y de repente te callas. Siento que tu presencia
infinita calma mi deseo de tener todo al instante contenido en mi mirada.
Quiero abrazarte. Quiero tenerte. Retengo aquello que Tú me has dado. Conservo
lo que recibo. No quiero perder ya nada. Y anhelo lo que no tengo. Pero sé que si me abrazas todo lo demás no
importa. Y sé que si me sonríes tu sonrisa me da paz. Caminamos juntos.
Delante o detrás me importa. A tu lado. Me
sostienes. Y siento muy de repente que todo cobra sentido”.
Me gusta esa mirada puesta en
Jesús. En sus palabras. En lo que me dice en el corazón. Al volverlas a
escuchar en el Evangelio el corazón se emociona.
Son esas palabras que
resuenan y el alma vibra. Como las cuerdas de la guitarra al decir con voz
aguda una nota determinada. Esa nota provoca que las cuerdas vibren. Esa
resonancia la vivo yo muy dentro.
Esa palabra que resuena en el
corazón cuando la vuelvo a escuchar o a decir y toco el amor de Dios vibrando
en mi vida. Porque le amo guardo sus palabras… Porque me ama guardo sus
palabras.
¿Cuáles son esas palabras que
han marcado mi camino? ¿Cuáles son esos momentos del
Evangelio que guardo como un tesoro? ¿Cuál es esa imagen de Jesús que me hace
vibrar y me conmueve? Esa imagen de Jesús en la que toco su amor.
Pienso entonces en María que
acogió la palabra de Dios en su alma y la palabra se hizo carne en Ella.
Escuchó de rodillas, como una niña anonadada ante tanto amor. Pienso en su
mirada virginal. En la pureza de su alma.
Pienso en Ella que tenía el
corazón abierto para acoger su palabra. Y Dios hace morada en Ella de repente,
y para siempre. Lo mismo pasa en mi vida si yo me dejo.
Miro a María y le pido que me
haga capaz de abrazar esa palabra de Dios que me transforma. Le pido que limpie
mi corazón de impurezas. Que lo abra en su cerrazón. Que elimine sus durezas.
Le pido que me enseñe a amar
como Ella ama para acoger, para no rechazar. Y ya no estoy solo. Su palabra me
da la vida. Se hace amor tangible, amor que me abraza.
Por Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia
