La
Iglesia reconoce como venerable a Montse Grases por cómo llevó su enfermedad
¿Cómo le dirías a tu hija de 17 años que
tiene cáncer y le quedan meses de vida? Esa fue la situación a la que se
enfrentó Manolita García, madre de Montse Grases, el 20 de julio de 1958.
Así la recuerda, según lo recoge la biografía Sin miedo a la vida, sin miedo a la
muerte (1941-1959) de
José Miguel Cejas:
-Bueno,
mamá, ¿me vais a decir lo que tengo?
-Pero
Montse -le dije-, ¿a esta hora, tan tarde…?
-Sí, sí,
de hoy no pasa: me decís ahora mismo lo que tengo.
-Montse,
tienes un cáncer. Un sarcoma de Ewing.
Se
quedó un momento parada, y preguntó:
-¿Y si
me cortaran la pierna?
Manuel
le dijo que ya había habido una consulta concreta sobre ese particular: se
habían considerado todos los aspectos, y no era conveniente; no existía esa
posibilidad; no podía ser…
Entonces
ella hizo un gesto, un mohín, como diciendo: ‘qué lástima’…
Fue un
mohín nada más, un mohín muy gracioso me pareció a mí, después de decirle
aquello, pobrina, que era tremendo… Y se salió del cuarto y se fue para la
habitación.
Allí la
vi cómo se arrodillaba a los pies de la Virgen de Montserrat y se ponía a
rezar.
Luego
se sentó y estuvo haciendo brevemente el examen de conciencia. Rezó de rodillas
las tres avemarías y se metió en la cama. Entonces le dije a Manuel: ‘me voy
con ella’. Me parecía imposible que después de decirle una cosa así pudiese
dormir…
Llegue
a su cuarto y la empujé un poquito para que me hiciera sitio, y me dijo:
-¿Qué
haces, mamá?
-Pues
mira, dormir contigo.
-¡Ay,
que suerte!, me contestó, en un tono jovial…
Ella
apoyó la cabeza sobre mi hombro y al cabo de unos instantes, sólo unos
instantes, vi que respiraba profundamente… Me di cuenta de que se había
dormido.
Me
cercioré bien y me marché. Y eso fue todo.
…Todo
no, porque luego supe que al arrodillarse delante de
la Virgen de Montserrat le había dicho: ‘lo que Tú quieras'”.
Precisamente la fiesta de la Virgen de
Montserrat, este miércoles 27 de abril de 2016, fue el día en que el papa
Francisco autorizó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes de esta
joven, a quien a partir de ahora la Iglesia considerará “venerable” por la
manera como llevó su enfermedad.
La madre de Montse recuerda así aquel
momento en que le dio la noticia a su hija:
“…Ya sé que son muy pocas palabras para describir un acto tan grande como fue el de explicarle a Montse la enfermedad que tenía. Pero no hay nada que añadir: todo fue así de sencillo. Ella no conocía siquiera la existencia de esa enfermedad, entre otras cosas porque entonces no se conocía tanto como de unos años a esta parte. No creo ni que se le hubiera pasado ni por la imaginación. Recuerdo perfectamente la expresión de su cara… solamente aquel frunce de labios; no se le humedecieron los ojos, ni… ¡Nada! ¡Nada! ¡Qué cosa más sobrenatural!
Sobrenatural. Me lo he pensado antes de emplear esta palabra. Pero es la que corresponde. Porque, ¿cuál puedo emplear, si no? ¿Qué cosa ‘más poco natural’?, o ¿qué cosa ‘más poco normal’? No. Ella siempre obraba con normalidad y naturalidad. Y era evidente que Dios la confortaba… Porque, si le quitaba de golpe todas sus ilusiones, todo…, ¿iba acaso a dejarla sola?”.
Manolita está convencida de que en esos
momentos, la fuerza a su hija le vino de Dios:
“Yo
siempre vi a Dios en todo lo que iba sucediendo aquellos días y muchas veces lo
sentí muy cerca. A partir de aquel momento ya no podría hacer realidad ninguna
de sus ilusiones, cuando estaba llena de gozo pensando que le faltaban pocos
días para marcharse a vivir a un Centro del Opus Dei; y eso era lo único que a
veces la hacía impacientarse. En los días pasados veía que se iba alargando lo
de su enfermedad y me lo decía con preocupación… Y aquella noche se confirmaron
sus sospechas: ya no se realizarían nunca aquellos sueños que la habían hecho
vibrar durante los últimos meses”.
Este fue el principio de un luminoso
camino hacia la muerte, lleno de esperanza e incluso de alegría contagiosa en
muchos momentos. Ser consciente de su enfermedad supuso para Montse el gran
salto de su vida, según su hermano mayor, Enrique.
“Hasta aquel momento su vida había sido,
en gran parte, fruto de la educación cristiana que nos habían dado en casa.
Pero fue entonces, cuando se encontró cara a cara con esa experiencia fuerte
del dolor, cuando se identificó con la agonía de Jesús en la Cruz. Descubrió
que estaba condenada -por decirlo así- a morirse en muy poco tiempo, y comenzó
a ser heroica en lo pequeño y a poner en práctica esas enseñanzas sobre el amor
a Dios en medio del sufrimiento, que todos hemos oído tantas veces, pero que
sólo pueden vivirse de verdad cuando se experimenta ese dolor en carne propia“,
recuerda.
Fuente: Aleteia
