Primera confesión
Me sentí muy orgullosa de recibir a mi confesor, pues había hecho
poco antes mi primera confesión. ¡Qué dulce recuerdo aquel...! ¡Con cuánto
esmero me preparaste, Madre querida, diciéndome que no era a un hombre a quien
iba a decir mis pecados, sino a Dios!
Estaba profundamente convencida de ello,
por lo que me confesé con gran espíritu de fe, y hasta te pregunté si no
tendría que decirle al Sr. Ducellier que lo amaba con todo el corazón, ya que
era a Dios a quien le iba a hablar en su persona...
Bien instruida acerca de
todo lo que tenía que decir y hacer, entré al confesonario y me puse de
rodillas; pero al abrir la ventanilla, el Sr. Ducellier no vio a nadie: yo era
tan pequeña, que mi cabeza quedaba por debajo de la tabla de apoyar las manos.
Entonces me mandó ponerme de pie. Obedecí en seguida, me levanté y, poniéndome
exactamente frente a él para verle bien, me confesé como una persona mayor, y
recibí su bendición con gran fervor, pues tú me habías dicho que en esos
momentos las lágrimas del Niño Jesús purificarían mi alma.
Recuerdo que en la
primera exhortación que me hizo me invitó, sobre todo, a que tener devoción a
la Santísima Virgen, y yo prometí redoblar mi ternura hacia ella. Al salir del
confesonario, me sentía tan contenta y ligera, que nunca había sentido tanta
alegría en mi [17rº] alma. Después volví a confesarme en todas las fiestas
importantes, y cada vez que lo hacía era para mí una verdadera fiesta.
Fuente: Catholic.net