La Imitación y Arminjon
Desde hacía mucho tiempo yo
me venía alimentando con «la flor de harina» contenida en la Imitación. Este
era el único libro que me ayudaba, pues no había descubierto todavía los
tesoros escondidos en el Evangelio. Me sabía de memoria casi todos los
capítulos de mi querida Imitación, y ese librito no me abandonaba nunca; en
verano lo llevaba en el bolsillo, y en invierno en el manguito, era ya una
costumbre.
En casa de mi tía se divertían mucho a costa de eso, y abriéndolo al
azar, me hacían recitar el capítulo que tenían ante los ojos. A mis 14 años,
con mis deseos de saber, Dios pensó que era necesario añadir a «la flor de
harina miel y aceite en abundancia».
Esa lectura fue también una de las
mayores gracias de mi vida. La hice asomada a la ventana de mi cuarto de
estudio, y la impresión que me produjo es demasiado íntima y demasiado dulce
para poder contarla... Todas las grandes verdades de la religión y los
misterios de la eternidad sumergían mi alma en una felicidad que no era de esta
tierra... Vislumbraba ya lo que Dios tiene reservado para los que le aman (pero
no con los ojos del cuerpo, sino con los del corazón).
Y viendo que las
recompensas eternas no guardaban la menor proporción con los insignificantes
sacrificios de la vida, quería amar, amar apasionadamente a Jesús y darle mil
muestras de amor mientras pudiese... Copié varios pasajes sobre el amor perfecto
y sobre la acogida que Dios dispensará a sus elegidos cuando él mismo sea su
grande y eterna recompensa.
Y repetía sin cesar las palabras de amor que habían
abrasado mi corazón... Celina se había convertido en la confidente íntima de
mis pensamientos. Desde la noche de Navidad ya podíamos comprendernos: la
diferencia ya no existía, pues yo había crecido en estatura, y sobre todo en
gracia. Anteriormente a esta época, yo me quejaba con frecuencia de no conocer
los secretos de Celina; ella me contestaba que yo era demasiado pequeña, y que
tendría que crecer la altura de un taburete para que pudiese tener confianza en
mí...
A mí me gustaba subirme a aquel precioso taburete cuando estaba junto a
ella, y le decía que me hablase íntimamente; pero la treta no me daba
resultado, la distancia nos seguía separando... Jesús, que quería hacernos
progresar juntas, formó en nuestros corazones unos lazos más fuertes que los de
la sangre. Nos hizo hermanas del alma. Se hicieron realidad en nosotras las
palabras del Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz (cuando la esposa
exclama, hablando al Esposo): «A zaga de tu huella, las jóvenes discurren al
camino, al toque de [48rº] centella, al adobado vino, emisiones de bálsamo
divino». Sí, seguíamos muy ligeras las huellas de Jesús.
Las centellas de amor
que él sembraba a manos llenas en nuestras almas y el vino fuerte y delicioso
que nos daba a beber hacían desaparecer de nuestra vista las cosas pasajeras, y
de nuestros labios brotaban emisiones de amor inspiradas por él. ¡Qué dulces
eran las conversaciones que todas las noches teníamos en el mirador! Con la
mirada hundida en la lejanía, contemplábamos la blanca luna que se elevaba
lentamente por detrás de los altos árboles... y los reflejos plateados que
derramaba sobre la naturaleza dormida, las brillantes estrellas que titilaban
en el azul profundo..., el soplo ligero de la brisa nocturna que hacía flotar
las nubes de nieve.
Y todo elevaba nuestras almas hacia el cielo, del que no
contemplábamos todavía más que «el límpido reverso»... No sé si me equivoco,
pero creo que la expansión de nuestras almas se parecía a la de santa Mónica y
su hijo, cuando en el puerto de Ostia caían los dos sumidos en éxtasis a la
vista de las maravillas del creador... Me parece que recibíamos gracias de un
orden tan elevado como las concedidas a los grandes santos. Como dice la
Imitación, a veces Dios se comunica en medio de un fuerte resplandor, a veces
«tenuemente velado, bajo sombras y figuras».
De esta manera se dignaba
manifestarse a nuestras alma, ¡pero qué fino y transparente era el velo que
ocultaba a Jesús de nuestras miradas...! No había lugar para la duda, ya no
eran necesarias la fe ni la esperanza: el amor nos hacía encontrar en la tierra
al que buscábamos. «Al encontrarlo solo en la calle, nos besó, para que en
adelante nadie pudiera despreciarnos». Gracias tan grandes no podían quedar sin
frutos, y éstos fueron abundantes.
La práctica de la virtud se nos hizo dulce y
natural. Al principio, mi rostro delataba muchas veces el combate, pero poco a
poco esa impresión fue desapareciendo y la renuncia se me hizo fácil, incluso
desde el primer momento. Ya lo dijo Jesús: «Al que tiene se le dará, y
tendrá de sobra». Por una gracia acogida con fidelidad, me otorgaba cantidad de
gracias nuevas... Se entregaba a mí en la sagrada comunión con mucha más
frecuencia de la que yo me hubiera atrevido a esperar.
Yo tenía como norma de
conducta comulgar todas las veces que el confesor me lo permitiera, sin fallar
una sola vez, pero dejando que fuese él quien decidiese cuántas, sin pedírselo
nunca yo. En esa época no tenía la audacia que ahora tengo; de haberla tenido,
hubiera actuado de distinta manera, pues estoy convencida de que un alma debe
decir a su confesor el deseo que siente de recibir a su Dios.
El no baja del
cielo un día y otro día para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar
otro cielo que le es infinitamente más querido que el primero: el cielo de
nuestra alma, creada a su imagen y templo vivo de la adorable Trinidad...
Jesús, que veía mis deseos y la rectitud de mi corazón, permitió que mi
confesor me dijese que durante el mes de mayo comulgase cuatro veces por
semana; y cuando pasó ese hermoso mes, todavía añadió una quinta más cada vez
que cayese alguna fiesta.
Al salir del confesonario, brotaron de mi ojos
lágrimas muy dulces. Me parecía como si Jesús mismo quisiera entregarse a mí,
pues echaba muy poco tiempo para confesarme y nunca dije ni una palabra acerca
de mis sentimientos interiores. El camino por el que iba eran tan recto y
luminoso, que no necesitaba más guía que a Jesús... Comparaba a los directores
a espejos fieles que reflejaban a Jesús en las almas, y decía que en mi caso
Dios no se servía de intermediarios, sino que actuaba directamente él...
Fuente: Catholic.net
