Nuevas separaciones (II)
En esta habitación me
gustaba pasarme horas enteras, estudiando y meditando ante el hermoso panorama
que se abría ante mis ojos... Al conocer la partida de María, mi cuarto perdió
para mí todo su encanto. No quería separarme ni un solo instante de la hermana
querida que pronto iba a levantar el vuelo... ¡Cuántos actos de paciencia le
hice practicar!
Cada vez que pasaba ante la puerta de su habitación, llamaba
hasta que me abría y la besaba con toda el alma; quería hacer provisión de
besos para todo el tiempo que iba a verme privada de ellos. Un mes antes de su
entrada en el Carmelo, papá nos llevó a Alençon, pero este viaje estuvo muy
lejos de parecerse al primero: todo fue para mí tristeza y amargura. Imposible
decir cuántas lágrimas lloré sobre la tumba de mamá porque me había olvidado de
llevar un ramillete de acianos que había cogido para ella.
No era todavía más que una niña que no parecía tener otra
voluntad que la de los demás, lo cual hacía decir a la gente de Alençon que era
débil de carácter... Fue durante este viaje cuando Leonia entró a prueba en las
clarisas. A mí me dolió su extraña entrada, pues la quería mucho y no pude
darle un abrazo antes de que se fuera. Nunca olvidaré la bondad y la confusión
de nuestro pobre papaíto cuando vino a comunicarnos que Leonia vestía ya el
hábito de clarisa... A él, igual que a nosotras, le parecía una cosa muy rara,
pero no quería decir nada al ver lo disgustada que estaba María. Nos llevó al
convento y allí sentí una congoja como nunca la había sentido a la vista de un
monasterio. Me produjo el efecto contrario al del Carmelo, donde todo me
dilataba el alma...
Tampoco me entusiasmó más la vista de las religiosas, y no
sentí la menor tentación de quedarme con ellas. No obstante, nuestra pobre
Leonia estaba muy guapa con su nuevo traje. Nos dijo que la miráramos bien a
los ojos, pues ya no volveríamos a verlos (las clarisas no se dejan ver más que
con los ojos bajos). Pero Dios se conformó con dos meses de sacrificio, y
Leonia volvió a enseñarnos sus ojos azules, muy a menudo bañados en lágrimas...
Al dejar Alençon, yo pensé que Leonia se quedaría con las clarisas, por lo que
me alejé de la triste calle de la Media Luna con el corazón muy apenado.
Ya no
quedábamos más que tres, y pronto nuestra querida María nos iba también a
dejar... ¡El 15 de octubre fue el día de la separación! De la alegre y numerosa
familia de los Buissonnets ya sólo quedaban las dos últimas hijas... Las
palomas habían huido del nido paterno, y las que aún quedaban hubiesen querido
volar tras ellas, pero sus alas eran aún demasiado débiles para que
pudieran levantar el vuelo... Dios, que quería llamar hacia sí a la más pequeña
y más débil de todas, se apresuró a hacerle crecer las alas. El, que se
complace en mostrar su bondad y su poder sirviéndose de los instrumentos menos
dignos, quiso llamarme a mí antes que a Celina, que sin duda merecía más que yo
este favor.
Pero Jesús conocía muy bien mi debilidad, y por eso me escondió a
mí primero en las cavernas de la roca. Cuando María entró en el Carmelo, yo era
todavía muy escrupulosa. Como ya no podía confiarme a ella, me volví hacia el
cielo. Me dirigí a los cuatro angelitos que me habían precedido allá arriba,
pues pensé que aquellas almas inocentes, que nunca habían conocido ni las turbaciones
ni los miedos, deberían tener compasión de su pobre hermanita que estaba
sufriendo en la tierra.
Les hablé con la sencillez de un niño, haciéndoles
notar que, al ser la última de la familia, siempre había sido la más querida y
la más colmada de ternuras por mis hermanas, y que si ellos hubieran
permanecido en la tierra me habrían dado también sin duda alguna pruebas de
cariño... Su partida para el cielo no me parecía una razón suficiente para que
me olvidasen; al contrario, ya que se hallaban en situación de disponer de los
tesoros divinos, debían tomar de ellos la paz para mí y mostrarme así que
también en el cielo se sabe amar...
La respuesta no se hizo esperar. Pronto la
paz vino a inundar mi alma con sus olas deliciosas, y comprendí que si era amada
en la tierra, también lo era en el cielo... A partir de aquel momento, fue
creciendo mi devoción hacia mis hermanitos y hermanitas, y me gusta conversar a
menudo con ellos y hablarles de las tristezas del destierro... y de mi deseo de
ir pronto a reunirme con ellos en la patria...
Fuente: Catholic.net
