SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS: "HISTORIA DE UN ALMA" (CAPÍTULO IV PRIMERA COMUNION – EN EL COLEGIO 1883-1886)

Nuevas separaciones (II)


En esta habitación me gustaba pasarme horas enteras, estudiando y meditando ante el hermoso panorama que se abría ante mis ojos... Al conocer la partida de María, mi cuarto perdió para mí todo su encanto. No quería separarme ni un solo instante de la hermana querida que pronto iba a levantar el vuelo... ¡Cuántos actos de paciencia le hice practicar! 

Cada vez que pasaba ante la puerta de su habitación, llamaba hasta que me abría y la besaba con toda el alma; quería hacer provisión de besos para todo el tiempo que iba a verme privada de ellos. Un mes antes de su entrada en el Carmelo, papá nos llevó a Alençon, pero este viaje estuvo muy lejos de parecerse al primero: todo fue para mí tristeza y amargura. Imposible decir cuántas lágrimas lloré sobre la tumba de mamá porque me había olvidado de llevar un ramillete de acianos que había cogido para ella. 

Verdaderamente, en todo encontraba motivos para sufrir. Todo lo contrario que ahora, pues Dios me concede la gracia de no abatirme por nada pasajero. Cuando me acuerdo del pasado, mi alma desborda de gratitud al ver los favores que he recibido del cielo. Se ha operado en mí tal cambio, que estoy desconocida... Verdad es que deseaba alcanzar la gracia «de tener un dominio absoluto sobre mis acciones, de ser su dueña y no su esclava». Estas palabras de la Imitación me llegaban muy a lo hondo, pero, por así decirlo, tenía que comprar con mis deseos esta gracia inestimable.

No era todavía más que una niña que no parecía tener otra voluntad que la de los demás, lo cual hacía decir a la gente de Alençon que era débil de carácter... Fue durante este viaje cuando Leonia entró a prueba en las clarisas. A mí me dolió su extraña entrada, pues la quería mucho y no pude darle un abrazo antes de que se fuera. Nunca olvidaré la bondad y la confusión de nuestro pobre papaíto cuando vino a comunicarnos que Leonia vestía ya el hábito de clarisa... A él, igual que a nosotras, le parecía una cosa muy rara, pero no quería decir nada al ver lo disgustada que estaba María. Nos llevó al convento y allí sentí una congoja como nunca la había sentido a la vista de un monasterio. Me produjo el efecto contrario al del Carmelo, donde todo me dilataba el alma... 

Tampoco me entusiasmó más la vista de las religiosas, y no sentí la menor tentación de quedarme con ellas. No obstante, nuestra pobre Leonia estaba muy guapa con su nuevo traje. Nos dijo que la miráramos bien a los ojos, pues ya no volveríamos a verlos (las clarisas no se dejan ver más que con los ojos bajos). Pero Dios se conformó con dos meses de sacrificio, y Leonia volvió a enseñarnos sus ojos azules, muy a menudo bañados en lágrimas... Al dejar Alençon, yo pensé que Leonia se quedaría con las clarisas, por lo que me alejé de la triste calle de la Media Luna con el corazón muy apenado. 

Ya no quedábamos más que tres, y pronto nuestra querida María nos iba también a dejar... ¡El 15 de octubre fue el día de la separación! De la alegre y numerosa familia de los Buissonnets ya sólo quedaban las dos últimas hijas... Las palomas habían huido del nido paterno, y las que aún quedaban hubiesen querido volar tras ellas, pero sus alas eran aún demasiado débiles para que pudieran levantar el vuelo... Dios, que quería llamar hacia sí a la más pequeña y más débil de todas, se apresuró a hacerle crecer las alas. El, que se complace en mostrar su bondad y su poder sirviéndose de los instrumentos menos dignos, quiso llamarme a mí antes que a Celina, que sin duda merecía más que yo este favor. 

Pero Jesús conocía muy bien mi debilidad, y por eso me escondió a mí primero en las cavernas de la roca. Cuando María entró en el Carmelo, yo era todavía muy escrupulosa. Como ya no podía confiarme a ella, me volví hacia el cielo. Me dirigí a los cuatro angelitos que me habían precedido allá arriba, pues pensé que aquellas almas inocentes, que nunca habían conocido ni las turbaciones ni los miedos, deberían tener compasión de su pobre hermanita que estaba sufriendo en la tierra. 

Les hablé con la sencillez de un niño, haciéndoles notar que, al ser la última de la familia, siempre había sido la más querida y la más colmada de ternuras por mis hermanas, y que si ellos hubieran permanecido en la tierra me habrían dado también sin duda alguna pruebas de cariño... Su partida para el cielo no me parecía una razón suficiente para que me olvidasen; al contrario, ya que se hallaban en situación de disponer de los tesoros divinos, debían tomar de ellos la paz para mí y mostrarme así que también en el cielo se sabe amar... 

La respuesta no se hizo esperar. Pronto la paz vino a inundar mi alma con sus olas deliciosas, y comprendí que si era amada en la tierra, también lo era en el cielo... A partir de aquel momento, fue creciendo mi devoción hacia mis hermanitos y hermanitas, y me gusta conversar a menudo con ellos y hablarles de las tristezas del destierro... y de mi deseo de ir pronto a reunirme con ellos en la patria...

Fuente: Catholic.net