Según los datos facilitados por la ONG
«Under the same sun», al menos 166 personas han sido asesinadas y 273 asaltadas
en 25 países africanos distintos
Sara apenas conocía el
albinismo. Sara, que ha preferido conservar el anonimato, ignoraba que se trata
de una alteración genética y no de una enfermedad.
Las enfermedades se contraen
y se contagian. El albinismo, no. El albinismo, un
desorden metabólico hereditario, se produce por la ausencia de la
enzima que transforma la tirosina en melanina, el compuesto encargado de la
pigmentación. Por eso, la piel y el cabello de las personas con albinismo posee
un color blanquecino compartido por sus ojos. Desprovistos de esa defensa, su
riesgo de contraer cáncer de piel aumenta tanto como se reduce su capacidad de
visión.
Sara lo descubrió hace ocho
años, cuando recogió a su «niña» en el aeropuerto. La «niña», mozambiqueña
albina de 15 años, aterrizó en Madrid para morir aquí
con dignidad. En su tierra natal, una herida precancerosa desembocó
en un tumor que le carcomió parte de la cabeza, sobre la nuca. La pericia de
los médicos del Hospital Gregorio Marañón logró salvarle la vida tras los
maratones de radio y quimioterapia y una operación que le causó parálisis
facial a cambio de seguir respirando.
«No podré mover la cara, pero voy a
vivir», resolvió la muchacha cuando descubrió el precio de la intervención. La
noche de antes, solo pidió una cosa a Sara: «Enséñame a insultar en
español». Si alguien tenía la ocurrencia de meterse con ella,
respondería con exabruptos en ronga y portugués, idiomas de su país, y también
en castellano. «Cara de culo», sugirió su acompañante. «Enséñame a insultar en español»
Sara colabora con Amnistía Internacional (AI) para
concienciar sobre el sufrimiento de las personas con albinismo en África, donde
no solo combaten el cáncer, sino también la discriminación y la persecución.
Recientemente, esta asociación en defensa de los derechos humanos ha denunciado
los «secuestros, homicidios o mutilaciones» que sufren en Malawi, donde sus
cuerpos son empleados «en prácticas de brujería».
Once asesinatos y cinco
secuestros desde diciembre de 2014, miedo a ir a la escuela por las agresiones o abandonar las zonas rurales para ir a
la ciudad, donde obtienen más protección, son algunas de las consecuencias de
una situación que las autoridades evitan resolver. Mediante un comunicado, AI
ha exigido «que brinden protección efectiva urgente» a quienes padecen ese
acoso, aunque las cifras revelan la gravedad de un problema que sobrepasa las
fronteras de ese país.
Según datos facilitados por «Under The Same Sun», al menos 166 personas han sido asesinadas y 273 asaltadas en
25 naciones africanas diferentes durante los últimos años. Esta organización,
que conciencia sobre su sufrimiento, también recuerda que la violencia se
localiza en una región concreta: África subsahariana, donde «el analfabetismo
de los adultos es generalmente superior a cualquier otra parte del mundo”,
según el historiador británico Richard J. Reid.
Superstición, negocio y política
«Un niño albino tanzano me
dijo que en época de lluvia no iba al colegio, porque los maizales crecen
mucho», cuenta José María Márquez, director de «África Directo». «Si
alguien le amputaba un brazo con los maizales altos, iba a morir desangrado sin
que nadie le viera», explica el responsable de esta ONG, presente en varios
países del continente. Lo cierto es que las mutilaciones, que a veces se
practican con machetes, persiguen arrancar dedos, genitales o extremidades
que los brujos emplean para preparar pócimas, brebajes
que en teoría atraen la buena suerte o el éxito. Como muestran otros episodios
históricos, deshumanizar a las víctimas facilita su asesinato. Las creencias
afirman que las personas albinas son en realidad espíritus, fantasmas que no
mueren, sino que se desvanecen. Otras destacan su presunta naturaleza
«diabólica».
Y de mano del disparate,
aparece el dinero. «Hay un negocio, porque las personas con estas creencias
pagan al brujo para que haga la pócima. Se puede llegar a los 1.800
euros por una pierna. Incluso un hermano vendió a otro por 200», lamenta
José Manuel Colón. El director del documental «Black Man, White Skin», nominado
a los premios Goya y actualmente comprado por Netflix, ha denunciado a través
de su trabajo la persecución que padecen. «En muchos lugares de África no son
considerados ni siquiera personas. Cuando los asaltan en Camerún les llaman
‘zeru, zeru’, que significa fantasma», añade. Aunque los actos de crueldad no
terminan ahí: las mujeres son violadas por hombres con sida, que creen que así
pueden curarse, y los políticos, con sed de poder, también abrazan la barbarie:
«En las últimas elecciones locales de Suazilandia se detuvo a varios porque
mandaron matar a personas albinas», denuncia Colón.
La complicidad de las
élites políticas agrava el problema por su colaboración, pero también por las
represalias que pueden emprender en caso de denuncia. Charles Fotso, camerunés
albino de 28 años, padre de familia y residente en Madrid, tuvo la suerte de nacer
en una familia de la tribu bamileké,
originaria de la zona occidental de su país, aunque residente en la capital,
Yuandé. «En mi región, las personas con albinismo no están vistas como personas
normales, sino como algo superior. Como una especie de espíritu positivo»,
explica a ABC. Creencia opuesta a la del área septentrional, lugar de
procedencia de ciertos mandatarios y donde su condición se considera «una
maldición». Allí ningún adulto la padece, porque no les permiten hacerlo. «Se
sabe que al nacer se les mata, porque no todo el mundo da a luz en el hospital.
El tema era tabú y te podía
llevar a la cárcel», recuerda Charles. Su historia supone un ejemplo de lucha,
de combate por afianzar la amistad de sus compañeros del colegio devolviendo
insultos con bofetadas, ayudándoles con los exámenes a cambio de los apuntes,
cubriéndose la piel, ajeno a las burlas, para evitar un sol que «quema,
literalmente». Con sus estudios universitarios de Economía y Finanzas casi
terminados, Charles colabora ahora con ALBA, la asociación española de ayuda a
personas con albinismo, aunque sigue con la mirada fija en África. «Faltan recursos, pero lo que más es el conocimiento»,
explica. Y también la autoestima: «Si nosotros mismos nos consideramos
personas, seremos capaces de buscar las maneras de que esa situación no siga
así.»
Tanzania, drama y solución
Los tanzanos con albinismo
viven la situación más dramática del continente africano. «Under The Same Sun» ha
registrado un total de 160 actos de violencia contra ellos, incluidos 76
asesinatos. El país pertenece al circuito «comercial» donde se trafica con
partes de su cuerpo, compuesto por Burundi, Kenia, la República Democrática del
Congo, Mozambique, Sudáfrica y Suazilandia. Además, Tanzania registra una
altísima proporción de personas con esa condición: 1 de cada 4.000 ciudadanos
la padecen, frente a 1 de cada 20.000 en Europa. «Se debe a la endogamia. Al
haber vivido aislados a causa de las persecuciones, se casan entre ellos y
tienen descendencia.
Es un problema de
consanguinidad», indica el doctor Pedro Jaén, responsable del Grupo de
Dermatología que lleva su mismo nombre. Desde 2008, este equipo de médicos
españoles viaja dos veces al año a la localidad de Moshi, una ciudad situada en
la frontera con Kenia. «Allí se encuentra el único Hospital Universitario que
forma a los especialistas en dermatología de Tanzania y todo el este de África:
Etiopía, Uganda, Malawi…», indica el también responsable de la iniciativa. «Es uno de los países con menos médicos por habitantedel
mundo y hay un número muy bajo de dermatólogos, unos 20.
Los dermatólogos no operan
el cáncer de piel, que es muy frecuente en los albinos, provoca la muerte y
hace que la esperanza de vida sea de 30 años», señala el especialista. El
tratamiento «está en manos de los cirujanos». Por eso, formar en ese sentido
supone un requisito indispensable.
A diferencia de la situación
que Amnistía Internacional denuncia en Malawi, la labor de concienciación ha
permitido que las autoridades tanzanas hayan implementado soluciones para este
problema. «El Gobierno persigue y juzga a todo aquel que atente contra un
albino. Existen diputados albinos en el parlamento, y hay
organizaciones que mediante colegios especiales protegidos acogen a los niños
con albinismo, evitando que sean raptados», explica el dermatólogo.
Un éxito que también se
vincula a la labor desarrollado por las ONG. La española «África Directo», que
trabaja en el continente desde hace 20 años, colabora con el equipo médico del
doctor Jaén, aunque también con iniciativas propias. «Distribuimos un protector
solar por el norte de Tanzania a 1.500 personas con albinismo, que están libres de cáncer de piel, con la ayuda del
laboratorio Fridda Dorsch. También trabajamos en su educación para que puedan
llevar una tienda o ser profesores, cualquier cosa que evite que trabajen en el
campo», señala José María Márquez, director de la organización. El trabajo al
aire libre resulta fatal para quien padece esta alteración genética, dado que
la exposición a la luz solar acelera el desarrollo del cáncer de piel.
Esperanza y denuncia
En cualquier vida, el humor y la tristeza van de la mano.
La historia que cuenta Sara no desmiente esa afirmación. Mientras conversa en
una terraza de Madrid, recuerda los maratones en hospitales, pero también los
momentos divertidos. Como cuando a la 'niña' le ofrecieron cordero y ella, que
solo había escuchado esa palabra en misa, replicó:
—¿El cordero de Dios que quita el pecado del mundo?
—¡No! Una chuleta.
La «niña» ha cumplido 23
años, vive en Maputo y espera, junto a su pareja, su primer hijo. Sara habla de
ella con alegría, aunque también recuerda a Sergio, un chico con albinismo que
llegó en parecidas circunstancias y no consiguió vivir.
Muestra afecto hacia ambas experiencias, recordando «la fortuna de haber
disfrutado de ellos, y de haber penetrado a través de ellos en una realidad tan
dura y tan desconocida antes».
Aunque su testimonio no se
reduce a lo personal. Sara exige que los delitos se persigan, que las
autoridades tomen cartas en el asunto y que los tribunales hagan su labor.
Lamenta que «los pocos culpables juzgados» reciban «penas desproporcionadamente
leves». Y subraya el doble reto al que se enfrentan las personas con albinismo
en el continente: su condición y haber nacido en África.
Fuente: ABC
