Ni
siquiera un “animal” como Rudolf Höss fue ajeno al perdón de Cristo, afirma una
monja polaca
Los supervivientes de Auschwitz llamaban
al comandante del campo “animal”. Rudolf Höss presidió el exterminio de casi
2,5 millones de prisioneros en los tres años en los que estuvo dirigiendo el
campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Otras 500.000 personas murieron
por enfermedad y hambre. Un año después del final de su mandato, volvió para
supervisar la ejecución de 400.000 judíos húngaros.
Y sin embargo si siquiera un “animal”
como él fue ajeno a la misericordia de Dios.
Mi mujer y yo conocimos el caso de Höss
cuando una joven monja de Polonia vino a hablar en nuestra parroquia esta
semana. Me tomó por sorpresa cuando escuché su relato, en parte porque pensaba
que sor Gaudia estaba hablando de Rudolf Hess, el vice de Adolf Hilter. Los
nombres se parecen. Lo que sucedió a Höss, que tenía una posición menos prominente
en el Tercer Reich, es quizás aún más sorprendente.
La intervención de la monja formaba parte
de las iniciativas de la parroquia para el Año Jubilar de la Misericordia
convocado por el papa Francisco. Sor Gaudia y sor Emmanuela, de la Congregación
de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia – a la que pertenecía sor
Faustina Kowalska –, están de visita en Estados Unidos para hablar de la imagen
y de la devoción a la Divina Misericordia. Sor Gaudia, por otro lado, forma
parte también del comité de programación de la Jornada Mundial de la Juventud
2016, que se celebrará en verano en Cracovia.
Más o menos hace setenta años, Cracovia y
toda Polonia eran lugares muy distintos de los que hoy son. Sor Gaudia habló de
Auschwitz, uno de los campos nazis más letales a causa del uso de las cámaras
de gas y de los experimentos médicos. Un judío de cada seis muerto en el
Holocausto fue asesinado aquí.
El campo no era solo para los judíos. En
él fueron encerrados también católicos como San Maximiliano Kolbe y sor Teresa
Benedicta de la Cruz (Edith Stein).
“Un día llevaron allí a toda la comunidad
jesuita”, recordó sor Gaudia. “Solo el superior no estaba en casa”, y por tanto
escapó a su captura. “Cuando volvió a casa quedó tan lleno de dolor que dijo:
‘Debo estar con mis hermanos”.
Entró furtivamente en el campo y buscó a
sus hermanos jesuitas. Los guardias lo encontraron y lo llevaron a Höss.
“Estaban convencidos de que lo mataría”, dijo sor Gaudia, pero Höss lo dejó ir,
ante el estupor de los guardias.
Al acabar la guerra, Höss fue capturado,
procesado y hallado culpable de crímenes contra la humanidad. Fue condenado a
muerte, y la ejecución tendría lugar en Auschwitz, donde había trabajado
diligentemente para implementar la “solución final” de Hitler. Hasta entonces,
permanecería en una prisión de Wadowice (lugar de nacimiento de Karol Wojtyła,
el futuro papa Juan Pablo II).
Höss tenía mucho miedo – no de la muerte,
sino de la prisión, dijo sor Gaudia. “Estaba seguro de que los guardias polacos
se vengarían y que sería torturado durante su reclusión, lo que le habría
provoicado un dolor inimaginable. Quedó por tanto extremamente sorprendido
cuando los guardias – hombres cuyas mujeres e hijos e hijas habían muerto en
Auschwitz – lo trataron bien. No lograba entenderlo”.
Ese, refirió la religiosa, fue el momento
de su conversión. “Lo trataron con misericordia. La misericordia es el amor que
sabemos que no merecemos. No merecía su perdón, su bondad, su amabilidad. Pero
recibió todo esto”.
Höss había nacido en una familia
católica, pero abandonó la fe cuando era joven. En ese momento, frente a la
muerte a los 47 años de edad, y quizás alentado por el trato de los guardias,
pidió un sacerdote. “Quería confesar sus pecados antes de morir”, dijo sor
Gaudia.
Preocupada por no escandalizar a quienes
escuchaban, la religiosa nos explicó que todo esto sucedió inmediatamente
después de una guerra brutal, cuando “las heridas estaban frescas aún”.
Los guardias consintieron en buscar un
sacerdote, “pero no fue fácil encontrar a un presbítero que quisiera escuchar
la confesión de Rudolf Höss. No lograron encontrarlo”.
Y entonces Höss recordó el nombre del
jesuita que había dejado ir algunos años antes: el padre Władysław Lohn. Dio su
nombre a los guardias, y les rogó que lo encontraran.
Y lo encontraron – en el santuario de la
Divina Misericordia de Cracovia, donde era capellán de las Hermanas de Nuestra
Señora de la Misericordia. El sacerdote consintió en escuchar la confesión de
Höss.
“Fue muy largo”, dijo sor Gaudia, “u al
final le dio la absolución. ‘Tus pecados están perdonados. Rudolf Höss, animal,
tus pecados están perdonados. Vete en paz’”.
“Animal” fue un añadido de sor Gaudia,
pero la idea está clara: nadie es ajeno a la misericordia de Dios.
El día después, el padre Lohn volvió a
prisión para dar a Höss la Eucaristía antes de morir.
“El guardia que estaba presente dijo que
fue uno de los momentos más bellos de su vida, ver a aquel ‘animal’
arrodillado, con lagrimas en los ojos, como un niño, mientras recibía la Santa
Comunión, mientras recibía a Jesús en su corazón”, concluyó la monja.
“Misericordia inimaginable”.
Fuente: Aleteia
