La fe cristiana se fundamenta en el triunfo de Cristo sobre la muerte que permite al hombre tener acceso a él en cada momento histórico
La
resurrección de Cristo es el fundamento de la fe cristiana. Si todo acaba en la
muerte de Cristo, somos los más desgraciados de los hombres, decía san Pablo.
La grandeza de Jesús se reduciría a la de un gran maestro de sabiduría y a su
compasión por el hombre. Pero la muerte habría acabado con todo dejando a Jesús
en la bruma del pasado. Nada más.
Por eso, Nietzsche no entendía que cada
domingo repicaran las campanas por alguien que había muerto hacía tanto tiempo.
Olvidaba que los cristianos confiesan, como Pablo ante el procurador Festo y el
rey Agripa, que Cristo está vivo, porque ha resucitado venciendo la muerte para
siempre.
El
cristianismo sólo se explica desde la resurrección. Es verdad que un historiador
no puede probar este hecho, que supera la historia e introduce a Cristo en un
ámbito supratemporal e metahistórico. Tampoco el historiador y el científico
pueden negarlo. Pero el cristianismo no se sostendría sin él. En un primer
momento, los apóstoles no creyeron, y consideraron el anuncio de las mujeres
—las primeras en descubrir el sepulcro vacío y ser testigos de las apariciones—
como ensoñaciones e ilusiones femeninas. Pablo, fariseo y perseguidor de los
cristianos, no creía en la resurrección. Por ello, caminaba a Damasco cuando el
Resucitado le salió al encuentro. ¡Cuántas explicaciones han dado a este hecho
los racionalistas con tal de no aceptar el testimonio de Pablo de haber visto a
Cristo!
Son
precisamente las apariciones de Cristo, a personas individuales y en grupo, las
que llevaron a la fe a los apóstoles y a la Iglesia naciente. Habría que
tacharles de embusteros, ilusos, exaltados, para afirmar algo que no era verdad
y que para el pensamiento judío sólo se daría al fin de los tiempos. Por ello,
los apóstoles afirman ante la gente y ante los tribunales que Cristo está vivo,
que han comido y bebido con él después de resucitar, que han tocado al Verbo de
la vida, como le sucedió a Tomás. La Iglesia fundamenta su fe en esta experiencia
real de los testigos del Resucitado.
Testigos
que, por defender la fe, fueron llevados al martirio. ¿Daría alguien la vida
por defender una mentira? ¿Es posible imaginar, como pretenden algunas
hipótesis fantasiosas, que los discípulos robaron el cuerpo de Jesús y dieron
así origen a la fe cristiana? ¿Se puede explicar la multitud de cristianos que,
a lo largo de la historia, han entregado su vida en nombre de Cristo al
servicio de los hombres? Una mentira jamás es fecunda y, menos aún, en el orden
del espíritu.
La
fe cristiana, por tanto, se fundamenta en el triunfo de Cristo sobre la muerte
que permite al hombre tener acceso a él en cada momento histórico. El hombre de
ayer, de hoy y de mañana, es contemporáneo de Cristo porque éste le sale al
encuentro, le interpela y le ama. La experiencia más genuina de la fe cristiana
consiste en esta relación personal, directa, única con el Viviente. De ahí que
la resurrección se entendió, desde el inicio de la fe cristiana, como una
realidad que afectaba no sólo a Cristo sino a toda la humanidad.
Por
eso se llamó a Cristo «primogénito de entre los muertos». Los muertos habían
comenzado a resucitar en la persona de Jesús. En el Libro de los Hechos tenemos
una antigua fórmula de fe en la resurrección, según la cual Pedro y Juan
«anunciaban la resurrección de los muertos en Jesús» (4,2). Aquí reside la
verdad más original y fecunda de la fe cristiana, la que nos asegura que la
muerte ha dejado de ser el «último enemigo del hombre», como dice san Pablo,
porque Cristo la ha vencido en su resurrección, no sólo para él, sino para
todos los que, unidos a él, hemos recibido ya las arras de la resurrección
final.
+
César Franco
Obispo
de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia
