De otros sabrosos efectos que obra en el alma esta
oscura noche de contemplación
1. Por este modo de inflamación podemos entender
alguno de los sabrosos efectos que va ya obrando en el alma esta contemplación;
porque algunas veces, según acabamos de decir, en medio de estas oscuridades es
ilustrada el alma, y luce la luz en las tinieblas (Jn. 1, 5), derivándose esta
inteligencia mística al entendimiento, quedándose seca la voluntad, quiero
decir, sin unión actual de amor, con una serenidad y sencillez tan delgada y
deleitable al sentido del alma, que no se le puede poner nombre, unas veces en
una manera de sentir de Dios, otras en otra.
3. Pero parece aquí una duda, y es: ¿por qué, pues
estas potencias se van purgando a la par, se siente a los principios más
comúnmente en la voluntad la inflamación y amor de la contemplación purgativa,
que en el entendimiento la inteligencia de ella?
A esto se responde que aquí no hiere derechamente este
amor pasivo en la voluntad, porque la voluntad es libre, y esta inflamación de
amor más es pasión de amor que acto libre de la voluntad; porque hiere en la
sustancia del alma este calor de amor, y así mueve las afecciones pasivamente.
Y así, ésta antes se llama pasión de amor que acto libre de la voluntad; el
cual, en tanto se llama acto de la voluntad, en cuanto es libre. Pero, porque
estas pasiones y afecciones se reducen a la voluntad, por eso se dice que, si
el alma está apasionada con alguna afección, lo está la voluntad, y así es la
verdad; porque de esta manera se cautiva la voluntad y pierde su libertad, de
manera que la lleva tras sí el ímpetu y fuerza de la pasión. Y por eso podemos
decir que esta inflamación de amor es en la voluntad, esto es, inflama al
apetito de la voluntad; y así, ésta antes se llama, como decimos, pasión de
amor que obra libre de la voluntad.
Y porque la pasión receptiva del
entendimiento sólo puede recibir la inteligencia desnuda y pasivamente (y esto
no puede sin estar purgado), por eso, antes que lo esté, siente el alma menos
veces el toque de inteligencia que el de la pasión de amor. Porque para esto no
es menester que la voluntad esté tan purgada acerca de las pasiones, pues que
aún las pasiones la ayudan a sentir amor apasionado.
4. Esta inflamación y sed de amor, por ser ya aquí del
espíritu, es diferentísima de la otra que dijimos en la noche del sentido.
Porque, aunque aquí el sentido también lleva su parte, porque no deja de
participar del trabajo del espíritu, pero la raíz y el vivo de la sed de amor
siéntese en la parte superior del alma, esto es, en el espíritu, sintiendo y
entendiendo de tal manera lo que siente y la falta que le hace lo que desea,
que todo el penar del sentido, aunque sin comparación es mayor que en la
primera noche sensitiva, no le tiene en nada, porque en el interior conoce una
falta de un gran bien, que con nada ve se puede medir.
5. Pero aquí conviene notar que, aunque a los
principios, cuando comienza esta noche espiritual, no se siente esta
inflamación de amor, por no haber empezado este fuego de amor a emprender, en
lugar de eso da desde luego Dios al alma un amor estimativo tan grande de Dios,
que, como habemos dicho, todo lo más que padece y siente en los trabajos de
esta noche, es ansia de pensar si tiene perdido a Dios y pensar si está dejada
de él. Y así, siempre podremos decir que desde el principio de esta noche va el
alma tocada con ansias de amor, ahora de estimación, ahora también de
inflamación.
Y vese que la mayor pasión que siente en estos
trabajos es este recelo; porque, si entonces se pudiese certificar que no está
todo perdido y acabado, sino que aquello que pasa es por mejor, como lo es, y
que Dios no está enojado, no se le daría nada de todas aquellas penas, antes se
holgaría sabiendo que de ello se sirve Dios. Porque es tan grande el amor de
estimación que tiene a Dios, aunque a oscuras sin sentirlo ella, que no sólo
eso, sino que se holgaría de morir muchas veces por satisfacerle. Pero cuando
ya la llama ha inflamado el alma, juntamente con la estimación que ya tiene de
Dios, tal fuerza y brío suele cobrar y ansia con Dios, comunicándose el calor
de amor, que, con grande osadía, sin mirar en cosa alguna, ni tener respeto a
nada, en la fuerza y embriaguez del amor y deseo, sin mirar lo que hace, haría
cosas extrañas e inusitadas por cualquier modo y manera que se le ofrece (por)
poder encontrar con el que ama su alma.
6. Esta es la causa por que María Magdalena, con ser
tan estimada en sí como antes era, no le hizo al caso la turba de hombres
principales y no principales del convite, ni el mirar que no venía bien ni lo
parecería ir a llorar y derramar lágrimas entre los convidados (Lc. 7, 3738), a
trueque de, sin dilatar una hora esperando otro tiempo y sazón, poder llegar
ante aquel de quien estaba ya su alma herida e inflamada. Y ésta es la
embriaguez y osadía de amor, que, con saber que su Amado estaba encerrado en el
sepulcro con una gran piedra sellada y cercado de soldados que por que no le
hurtasen sus discípulos le guardaban (Mt. 27, 6066) no le dio lugar para que
alguna de estas cosas se le pusiese delante, para que dejara de ir antes del
día con los ungüentos para ungirle (Jn. 20, 1).
7. Y, finalmente, esta embriaguez y ansia de amor la
hizo preguntar al que, creyendo que era el hortelano, le había hurtado del
sepulcro, que le dijese, si le había él tomado, dónde le había puesto, para que
ella le tomase (Jn. 20, 15); no mirando que aquella pregunta, en libre juicio y
razón, era disparate, pues que está claro que si el otro lo había hurtado, no
se lo había de decir, ni menos se lo había de dejar tomar.
Pero esto tiene la fuerza y vehemencia de amor, que
todo le parece posible y todos le parece que andan en lo mismo que anda él;
porque no cree que hay otra cosa en que nadie se deba emplear, ni buscar sino a
quien ella busca y a quien ella ama, pareciéndole que no hay otra cosa que
querer ni en qué se emplear sino aquello, y que también todos andan en aquello.
Que, por eso, cuando la Esposa salió a buscar a su amado por las plazas y
arrabales, creyendo que los demás andaban en lo mismo, les dijo que, si lo
hallasen ellos, le hablasen, diciendo de ella que penaba de su amor (Ct. 5, 8).
Tal era la fuerza del amor de esta María, que le pareció que, si el hortelano
le dijera dónde le había escondido, fuera ella y lo tomara, aunque más le fuera
defendido.
8. A este talle, pues, son las ansias de amor que va
sintiendo esta alma, cuando ya va aprovechada en esta espiritual purgación.
Porque de noche se levanta, esto es, en estas tinieblas purgativas según las
afecciones de la voluntad; y con las ansias y fuerzas que la leona u osa va a
buscar sus cachorros cuando se los han quitado y no los halla (2 Re. 17, 8; Os.
13, 8), anda herida esta alma a buscar a su Dios, porque, como está en
tinieblas, siéntese sin él, estando muriendo de amor por él. Y éste es el amor
impaciente, que no puede durar mucho el sujeto sin recibir o morir, según el
que tenía Raquel a los hijos cuando dijo a Jacob: Dame hijos; si no, moriré
(Gn. 30, 1).
9. Pero es aquí de ver cómo el alma, sintiéndose tan
miserable y tan indigna de Dios, como hace aquí en estas tinieblas purgativas,
tenga tan osada y atrevida fuerza para ir a juntarse con Dios. La causa es que,
como ya el amor le va dando fuerza con que le ame de veras, y la propiedad del
amor sea quererse unir y juntar e igualar y asimilar a la cosa amada, para
perfeccionarse en el bien de amor, de aquí es que, no estando esta alma
perfeccionada en amor, por no haber llegado a la unión, la hambre y sed que
tiene de lo que le falta, que es la unión, y las fuerzas que ya el amor ha
puesto en la voluntad con que le ha hecho apasionada, la haga ser osada y
atrevida según la voluntad inflamada, aunque según el entendimiento, por estar
a oscuras y no ilustrado, se siente indigno y se conoce miserable.
10. No quiero dejar aquí de decir la causa por que,
pues esta luz divina es siempre luz para el alma, no la da, luego que embiste
en ella, luz, como lo hace después, antes le causa las tinieblas y trabajos que
habemos dicho. Algo estaba ya dicho antes de esto, pero a este particular se
responde: que las tinieblas y los demás males que el alma siente cuando esta
divina luz embiste, no son tinieblas ni males de la luz, sino de la misma alma,
y la luz le alumbra para que las vea.
De donde, desde luego le da luz esta
divina luz; pero con ella no puede ver el alma primero sino lo que tiene más
cerca de sí o, por mejor decir, en sí, que son sus tinieblas o miserias, las
cuales ve ya por la misericordia de Dios, y antes no las veía, porque no daba
en ella esta luz sobrenatural. Y ésta es la causa por que al principio no siente
sino tinieblas y males; mas, después de purgada con el conocimiento y
sentimiento de ellos, tendrá ojos para que esta luz la muestre los bienes de la
luz divina; expelidas ya todas estas tinieblas e impresiones del alma, ya
parece que van pareciendo los provechos y bienes grandes que va consiguiendo el
alma en esta dichosa noche de contemplación.
11. Pues por lo dicho queda entendido cómo Dios hace
merced aquí al alma de limpiarla y curarla con esta fuerte lejía y amarga
purga, según la parte sensitiva y la espiritual, de todas las afecciones y
hábitos imperfectos que en sí tenía acerca de lo temporal y de lo natural,
sensitivo y especulativo y espiritual, oscureciéndole las potencias interiores
y vaciándoselas acerca de todo esto, y apretándole y enjugándole las afecciones
sensitivas y espirituales, y debilitándole y adelgazándole las fuerzas
naturales del alma acerca de todo ello (lo cual nunca el alma por sí misma
pudiera conseguir, como luego diremos) haciéndola Dios desfallecer en esta
manera a todo lo que no es Dios naturalmente, para irla vistiendo de nuevo,
desnuda y desollada ya ella de su antiguo pellejo. Y así, se le renueva, como
al águila, su juventud (Sal. 102, 5), quedando vestida del nuevo hombre, que es
criado, como dice el Apóstol (Ef. 4, 24), según Dios.
Lo cual no es otra cosa
sino alumbrarle el entendimiento con la lumbre sobrenatural, de manera que de
entendimiento humano se haga divino unido con el divino; y, ni más ni menos,
informarle la voluntad de amor divino, de manera que ya no sea voluntad menos
que divina, no amando menos que divinamente, hecha y unida en uno con la divina
voluntad y amor; y la memoria, ni más ni menos: y también las afecciones y
apetitos todos mudados y vueltos según Dios divinamente. Y así, esta alma será
ya alma del cielo, celestial, y más divina que humana.
Todo lo cual, según se ha ido viendo por lo que
habemos dicho, va Dios haciendo y obrando en ella por medio de esta noche,
ilustrándola e inflamándola divinamente con ansias de solo Dios, y no de otra
cosa alguna. Por lo cual, muy justa y razonablemente añade luego el alma el
tercer verso de la canción, que dice:
¡oh
dichosa ventura!
Fuente: Mercaba
