Declárase esta palabra "disfrazada", y
dícense los colores del disfraz del alma en esta noche
1. Resta, pues, ahora saber, después que habemos
declarado las causas por que el alma llamaba a esta contemplación secreta
escala, acerca de la tercera palabra del verso, conviene a saber disfrazada,
por qué causa también dice el alma que ella salió por esta secreta escala
disfrazada.
2. Para inteligencia de esto conviene saber que
disfrazarse no es otra cosa que disimularse y encubrirse debajo de otro traje y
figura que de suyo tenía: ahora por debajo de aquella forma y traje, mostrar de
fuera la voluntad y pretensión que en el corazón tiene para ganar la gracia y
voluntad de quien bien quiere; ahora también para encubrirse de sus émulos, y
así poder hacer mejor su hecho.
Y entonces aquellos trajes y librea toma que
más represente y signifique la afección de su corazón, y con que mejor se pueda
acerca de los contrarios disimular.
3. El alma, pues, aquí tocada del amor del Esposo
Cristo, pretendiendo caerle en gracia y ganarle la voluntad, aquí sale
disfrazada con aquel disfraz que más al vivo represente las afecciones de su
espíritu y con que más segura vaya de los adversarios suyos y enemigos, que
son: demonio, mundo y carne. Y así, la librea que lleva es de tres colores
principales, que son blanco, verde y colorado, por los cuales son denotadas las
tres virtudes teologales, que son: fe, esperanza y caridad, con las cuales no
solamente ganará la gracia y voluntad de su Amado, pero irá muy amparada y
segura de sus tres enemigos.
Porque la fe es una túnica interior de una
blancura tan levantada, que disgrega la vista de todo entendimiento. Y así,
yendo el alma vestida de fe, no ve ni atina el demonio a empecerla, porque con
la fe va muy amparada, más que con todas las demás virtudes, contra el demonio,
que es el más fuerte y astuto enemigo.
4. Que, por eso, san Pedro (1 Pe. 5, 9) no halló otro
mayor amparo que ella para librarse de él, cuando dijo: Cui resistite fortes in
fide. Y para conseguir la gracia y unión del Amado no puede el alma haber mejor
túnica y camisa interior, para fundamento y principio de las demás vestiduras
de virtudes, que esta blancura de fe, porque sin ella, como dice el Apóstol
(Heb. 11, 6), imposible es agradar a Dios, y con ella es imposible dejarle de
agradar, pues él mismo dice por el profeta Oseas (2, 20): Desponsabo te mihi in
fide. Que es como decir: Si te quieres, alma, unir y desposar conmigo, has de
venir interiormente vestida de fe.
5. Esta blancura de fe llevaba el alma en la salida de
esta noche oscura, cuando caminando, como habemos dicho arriba, en tinieblas y
aprietos interiores, no dándole su entendimiento algún alivio de luz, ni de
arriba, pues le parecía el cielo cerrado y Dios escondido, ni de abajo, pues
los que la enseñaban no le satisfacían, sufrió con constancia y perseveró,
pasando por aquellos trabajos sin desfallecer y faltar al Amado; el cual en los
trabajos y tribulaciones prueba la fe de su Esposa, de manera que pueda ella
después con verdad decir aquel dicho de David (Sal. 16, 4), es a saber: Por las
palabras de tus labios yo guardé caminos duros.
6. Luego, sobre esta túnica blanca de fe se sobrepone
aquí el alma el segundo color, que es una almilla de verde, por el cual, como
dijimos, es significada la virtud de la esperanza; con la cual, cuanto a lo
primero, el alma se libra y ampara del segundo enemigo, que es el mundo. Porque
esta verdura de esperanza viva en Dios da al alma una tal viveza y animosidad y
levantamiento a las cosas de la vida eterna, que, en comparación de lo que allí
espera, todo lo del mundo le parece, como es la verdad, seco y lacio y muerto,
de ningún valor.
Y aquí se despoja y desnuda de todas estas vestiduras y traje
del mundo, no poniendo su corazón en nada, ni esperando nada de lo que hay o ha
de haber en él, viviendo solamente vestida de esperanza de vida eterna. Por lo
cual, teniendo el corazón tan levantado del mundo, no sólo no le puede tocar y
asir el corazón, pero ni alcanzarle de vista.
7. Y así, con esta verde librea y disfraz va el alma
muy segura de este segundo enemigo del mundo. Porque a la esperanza llama san
Pablo (1 Tes. 5, 8) yelmo de salud, que es una arma que ampara toda la cabeza y
la cubre de manera que no la queda descubierto sino una visera por donde ver. Y
eso tiene la esperanza, que todos los sentidos de la cabeza del alma cubre, de
manera que no se engolfan en cosa ninguna del mundo, ni les quede por donde les
pueda herir alguna saeta del siglo.
Sólo le deja una visera para que el ojo
pueda mirar hacia arriba, y no más, que es el oficio que de ordinario hace la
esperanza en el alma, que es levantar los ojos a mirar a Dios, como dice David
(Sal. 24, 15) que hacía en él cuando dijo: Oculi mei semper ad Dominum, no
esperando bien ninguno de otra parte, sino, como él mismo en otro salmo (122,
2) dice: Que así como los ojos de la sierva están en las manos de su señora
puestos, así los nuestros en Nuestro Señor Dios, hasta que se apiade de
nosotros, esperando en él.
8. Por esta causa, (es) esta librea verde, porque
siempre está mirando a Dios y no pone los ojos en otra cosa ni se paga sino
sólo de él; se agrada tanto el Amado del alma, que es verdad decir que tanto
alcanza de él cuanto ella de él espera. Que por eso el Esposo en los Cantares
(4, 9) le dice a ella, que en solo el mirar de un ojo le llagó el corazón. Sin
esta librea verde de sólo esperanza de Dios no le convenía al alma salir a esta
pretensión de amor, porque no alcanzara nada, por cuanto la que mueve y vence
es la esperanza porfiada.
9. De esta librea de esperanza va disfrazada el alma
por esta oscura y secreta noche que habemos dicho, pues que va tan vacía de
toda posesión y arrimo, que no lleva los ojos en otra cosa ni el cuidado si no
es en Dios, poniendo en el polvo su boca si por ventura hubiere esperanza, como
entonces alegamos de Jeremías (Lm. 3, 29).
10. Sobre el blanco y verde, para el remate y
perfección de este disfraz y librea, lleva el alma aquí el tercer color, que es
una excelente toga colorada, por la cual es denotada la tercera virtud, que es
caridad, con la cual no solamente da gracia a las otras dos colores, pero hace
levantar tanto al alma de punto, que la pone cerca de Dios tan hermosa y agradable,
que se atreve ella a decir: Aunque soy morena, ¡oh hijas de Jerusalén!, soy
hermosa; y por eso me ha amado el rey, y metídome en su lecho (Ct. 1, 4).
Con esta librea de caridad, que es ya la del amor, que
en el Amado hace más amor, no sólo se ampara y encubre el alma del tercer
enemigo, que es la carne (porque donde hay verdadero amor de Dios, no entrará
amor de sí ni de sus cosas), pero aun hace válidas a las demás virtudes,
dándoles vigor y fuerza para amparar al alma, y gracia y donaire para agradar
al Amado con ellas, porque sin caridad ninguna virtud es graciosa delante de
Dios; porque ésta es la púrpura que se dice en los Cantares (3, 10), sobre que
se recuesta Dios, viéndose en el alma. De esta librea colorada va el alma
vestida, cuando, como arriba queda declarado en la primera canción, en la noche
oscura sale de sí y de todas las cosas criadas, con ansias en amores inflamada,
por esta secreta escala de contemplación, a la perfecta unión de amor de Dios,
su amada salud.
11. Este, pues, es el disfraz que el alma dice que
lleva en la noche de fe por esta secreta escala, y éstas son las tres colores
de él; las cuales son una acomodadísima disposición para unirse el alma con
Dios según sus tres potencias, que son: entendimiento, memoria y voluntad.
Porque la fe oscurece y vacía al entendimiento de toda
su inteligencia y en esto le dispone para unirle con la Sabiduría divina.
Y la esperanza vacía y aparta la memoria de toda la
posesión de criatura, porque, como dice san Pablo (Rm. 8, 24), la esperanza es
de lo que no se posee, y así aparta la memoria de lo que se puede poseer, y
pónela en lo que espera. Y por esto la esperanza de Dios sola dispone la
memoria puramente para unirla con Dios.
La caridad, ni más ni menos, vacía y aniquila las
afecciones y apetitos de la voluntad de cualquiera cosa que no es Dios, y sólo
se los pone en él; y así esta virtud dispone esta potencia y la une con Dios
por amor. Y así, porque estas virtudes tienen por oficio apartar al alma de
todo lo que es menos que Dios, le tienen consiguientemente de juntarla con
Dios.
12. Y así, sin caminar a las veras con el traje de
estas tres virtudes, es imposible llegar a la perfección de unión con Dios por
amor. De donde, para alcanzar el alma lo que pretendía, que era esta amorosa y
deleitosa unión con su Amado, muy necesario y conveniente traje y disfraz fue
este que tomó aquí el alma. Y también atinársele a vestir y perseverar con él
hasta conseguir pretensión y fin tan deseado como era la unión de amor, fue
gran ventura, y por eso nos lo dice este verso:
¡Oh
dichosa ventura!
Fuente: Mercaba
