“Con el demonio no se puede dialogar, salimos
siempre perdiendo”, dijo en su homilía en Ecatepec, México
“Hermanas y hermanos, metámonoslo en la
cabeza, con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a
ganar siempre. Solamente la fuerza de la palabra de Dios lo puede derrotar”,
dijo el Papa Francisco al presidir la misa en Ecatepec, este domingo 14 de
febrero,
En el marco del segundo día de su visita
pastoral a México sostuvo: “Jesús no le contesta al demonio con ninguna palabra
propia, sino que le contesta con las palabras de Dios, con las palabras de la
Escritura”.
La misa del primer domingo de Cuaresma fue
celebrada por el Pontífice en el Centro de Estudios Superiores de Ecatepec de
Morelos, la ciudad representa una periferia moderna respecto a la vecina Ciudad
de México.
El Pontífice explicó que existen tres
tentaciones del “padre de la mentira” que divide familias y divide a los hijos
de Dios. Un mensaje dirigido también para las familias y laicos vinculados en
la labor de la Iglesia presentes en la ceremonia.
“Tres tentaciones que buscan degradar y
degradarnos”, agregó.
La riqueza
Una misa en pleno periodo de cuaresma, es
decir, el periodo que va desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Ramos
(40 días).
En este sentido, el Papa denunció la
tentación de la riqueza: “Adueñándonos de bienes que han sido dados para todos
y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos».
Es tener el «pan» a base del sudor del
otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor,
amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta es el pan
que se le da de comer a los propios hijos”.
La vanidad
“La vanidad, esa búsqueda de prestigio en
base a la descalificación continua y constante de los que «no son como uno». La
búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la «fama» de
los demás, «haciendo leña del árbol caído», deja paso a la tercera tentación”.
El orgullo
“El orgullo, o sea, ponerse en un plano de
superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de
los mortales», y que reza todos los días: «Gracias Señor porque no me has hecho
como ellos»”, sostuvo.
En sus palabras el énfasis de la preparación
de los cristianos para celebrar la Pascua de Resurrección. “Tres
tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente”, dijo.
Opción por Jesús y no por el diablo
Para vencer las tentaciones – expresó –
hemos optado por Jesús y no por el demonio. “Jesús no responde al demonio con
ninguna palabra propia, sino que le responde con las palabras de Dios”.
“Hemos optado por Jesús, y no por el
demonio, queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo
que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder”.
Por tanto, instó a los fieles a la
conversión con una sola certeza: “Él nos está esperando y quiere sanar
nuestros corazones”.
Fiesta del pueblo
Antes de la ceremonia, el Papa recorrió 9
Kilómetros en papamóvil, la multitud repartida en las calles le saludó
calurosamente en cada etapa.
Al final, el Papa les animó: “Tú eres
mi Dios y en ti confío”. ¿Se animan a repetirlo juntos, tres veces?: “Tú
eres mi Dios y en ti confío”.
Peregrinos pernotaron en calles aledañas
desde anoche para seguir al Papa.
Francisco es el primer papa en visitar
Ecatepec. Se trata de una de las municipalidades más pobladas del país
(1658.806 de habitantes) después del Distrito Federal y de Iztapalapa.
El área campestre del Centro acoge hasta
400 mil personas.
Próxima cita con los niños del hospital
infantil
El Pontífice esta mañana se trasladó en
Helicóptero desde la Ciudad de México a Ecatepec (28 Km). El obispo, Oscar
Roberto Domínguez Couttolenc, le recibió en el helipuerto. El Presidente de la
Municipalidad de Ecatepec entregó al Papa las llaves de la Ciudad.
Después de la Misa, el Papa volvió en
helicóptero a la Ciudad de México. En la Nunciatura almorzará y luego se
dirigirá en la tarde al hospital pediátrico “Federico Gómez”, que atiende a 800
niños.
—-
Texto completo de la homilía del Papa
El miércoles pasado hemos comenzado el
tiempo litúrgico de la cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a prepararnos
para celebrar la gran fiesta de la Pascua. Tiempo especial para recordar el
regalo de nuestro bautismo, cuando fuimos hechos hijos de Dios. La Iglesia nos
invita a reavivar el don que se nos ha obsequiado para no dejarlo dormido como
algo del pasado o en algún «cajón de los recuerdos».
Este tiempo de cuaresma es
un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos
hijos amados del Padre. Este Padre que nos espera para sacarnos las ropas del
cansancio, de la apatía, de la desconfianza y así vestirnos con la dignidad que
solo un verdadero padre o madre sabe darle a sus hijos, las vestimentas que nacen
de la ternura y del amor.
Nuestro Padre es el Padre de una gran
familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único pero no sabe generar y
criar “hijos únicos” entre nosotros. Es un Dios que sabe de hogar, de
hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro, no del
“padre mío” y “padrastro vuestro”.
En cada uno de nosotros anida, vive ese
sueño de Dios que en cada Pascua, en cada eucaristía lo volvemos a celebrar,
somos hijos de Dios. Sueño con el que han vivido tantos hermanos nuestros a lo
largo y ancho de la historia. Sueño testimoniado por la sangre de tantos
mártires de ayer y de hoy.
Cuaresma, tiempo de conversión porque a
diario hacemos experiencia en nuestra vida de cómo ese sueño se vuelve
continuamente amenazado por el padre de la mentira, escuchamos en el Evangelio
lo que hacía con Jesús, por aquel que busca separarnos, generando una sociedad
dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos. Cuántas veces
experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de
nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa
dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y
arrepentirnos por darnos cuenta que no hemos reconocido esa dignidad en otros.
Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del
reconocimiento de la dignidad propia y ajena.
Cuaresma, tiempo para ajustar los
sentidos, abrir los ojos frente a tantas injusticias que atentan directamente
contra el sueño y proyecto de Dios. Tiempo para desenmascarar esas tres grandes
formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios ha querido
plasmar.
Tres tentaciones de Cristo…
Tres tentaciones del cristiano que
intentan arruinar la verdad a la que hemos sido llamados.
Tres tentaciones que buscan degradar y
degradarnos.
- La riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o “para los míos”. Es tener el “pan” a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos.
- La vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a
la descalificación continua y constante de los que “no son como uno”. La
búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la “fama”
de los demás, “haciendo leña del árbol caído”, deja paso a la tercera
tentación, la peor.
- El orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad
del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la “común vida de los
mortales”, y que reza todos los días: “Gracias Señor porque no me has
hecho como ellos”.
Tres tentaciones de Cristo…
Tres tentaciones a las que el cristiano se
enfrenta diariamente.
Tres tentaciones que buscan degradar,
destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en
un círculo de destrucción y de pecado.
Vale la pena que nos preguntemos:
¿Hasta dónde somos conscientes de estas
tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos?
¿Hasta dónde nos hemos habituado a un
estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está
la fuente y la fuerza de la vida?
¿Hasta dónde creemos que el cuidado del
otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de
los demás son fuentes de alegría y esperanza para vencer esas tentaciones?
Hemos optado por Jesús y no por el
demonio. Si nos recordamos lo que dice el Evangelio, Jesús no le contesta al
demonio con ninguna palabra propia, sino que le contesta con las palabras de
Dios, con las palabras de la Escritura. Porque hermanas y hermanos, metamonoslo
en la cabeza, con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va
a ganar siempre. Solamente la fuerza de la palabra de Dios lo puede derrotar.
Hemos optado por Jesús, y no por el
demonio, queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo
que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la
Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola
certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que
lo degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre:
misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su
nombre es nuestro poder y en su nombre una vez más volvemos a decir con el
salmo: “Tú eres mi Dios y en ti confío”. ¿Se animan a repetirlo juntos,
tres veces?: “Tú eres mi Dios y en ti confío”.
Que en esta eucaristía el Espíritu Santo
renueve en nosotros la certeza de que su nombre es misericordia, y nos haga
experimentar cada día que “el Evangelio llena el corazón y la vida de los que
se encuentran con Jesús… sabiendo que con Él y en Él renace siempre la alegría”
(Evangelii gaudium, 1)
Fuente: /VaticanVa/Aleteia
