Todo
sentimiento de tristeza, alegría, vacío, plenitud, frustración, angustia,
serenidad, susceptibilidad, seguridad, o de cualquier otro tipo, pide tal
discernimiento para descubrir su origen, su fundamento, su veracidad, y así
orientar mejor nuestras decisiones en el futuro.
Viajaba por carretera de Xalapa a Veracruz. Delante
iba un autobús de pasajeros con esta indicación: «Por favor, no suene el
claxon: gente descifrando sentimientos». Quizá no todos ocupaban así su tiempo.
Pero es cierto que en cualquier viaje no faltan ventanillas para asomarse al
panorama interior; a ese paisaje dibujado en buena medida por los sentimientos,
cuya tinta revela, en gama infinita de matices, la condición de nuestro
espíritu. Descifrar los sentimientos forma parte de la labor de introspección que los autores espirituales llaman «discernimiento». Todo sentimiento de tristeza, alegría, vacío, plenitud, frustración, angustia, serenidad, susceptibilidad, seguridad, o de cualquier otro tipo, pide tal discernimiento para descubrir su origen, su fundamento, su veracidad, y así orientar mejor nuestras decisiones en el futuro.
Hoy se ha abolido la esclavitud. Pero sigue habiendo esclavitudes muy terribles. Cárceles sí hay; casi todas llenas. Pero la mayoría de los presos andamos por la calle, circulando en aparente libertad. Porque las prisiones no son sólo las de rejas metálicas y alambres de púas; las hay, y muchísimas más, hechas de límites y condicionamientos interiores. Así, no pocos se dejan recluir en la cárcel de la presión social, en las celdas estrechas del «qué dirán» y de las expectativas de los demás. Otros permanecen en el calabozo de la concupiscencia, aherrojados con grilletes de lujuria, avaricia y soberbia. Otros yacen en las oscuras mazmorras de la negatividad, del rencor, de la amargura, de los miedos y complejos. Y quizá la mayoría transcurre sus días y noches en el inmenso galerón de la monotonía, de la superficialidad, del desencanto, de la rutina sin sentido.
Descifrar los sentimientos ayuda no sólo a percatarse de la propia cárcel, sino también a desenmascarar esos mismos sentimientos, sobre todo cuando son contrarios. Bien lo saben los psicólogos: la mayoría de nuestros sentimientos negativos son infundados; se basan en una visión distorsionada de la realidad. Y tienen razón. Porque la realidad es que Jesús ya vino a liberarnos de todos esos cautiverios: vino a darnos luz para salir de cualquier oscuridad; vino a romper los grilletes de nuestros vicios; vino a rescatarnos de toda prisión que limita o enferma nuestra vida; vino a anunciarnos la buena noticia de su Presencia, a saldar toda deuda y a reconstruir nuestra alegría.
El año de gracia del Señor hoy se llama en la Iglesia
«Jubileo Extraordinario de la Misericordia». Dios nos conceda en este año la
valentía para descifrar nuestros sentimientos y reconocer, sí, que hemos sido
presos; pero también la inteligencia para reeducar y corregir esos mismos
sentimientos, porque ya son infundados. Y ojalá que cada uno, al cruzar el
umbral de la Puerta Santa, se conmueva escuchando en su interior, igual que un
preso de muchos años, una voz que le dice: «¡Estás en libertad!».
Por:
Alejandro Ortega Trillo
Fuente: Catholic.net