Las
Obras de Misericordia espirituales
4. Perdonar al
que nos ofende
Liberar el corazón del odio y del rencor es un acto de
misericordia hacia el prójimo, pero también hacia nosotros mismos.
Yo perdono… pero no olvido. Esta frase quizá la hemos escuchado más de una vez en labios de una persona que ha sufrido a causa de otro. Con frases como ésta los cristianos buscamos esquivar el compromiso evangélico de perdonar a nuestros enemigos. No nos engañemos: el Evangelio, si no duele, no es Evangelio. Perdonar al que nos ofende no es nada fácil. Sin embargo, esta obra de misericordia se halla al centro del mensaje de Jesús de Nazaret.
Es comprensible que si queremos tomar en serio esta
invitación de la Iglesia sintamos internamente algo de incomodidad y rebeldía.
¿Acaso la Iglesia nos invita a permitir que otros nos hagan el mal sin oponer
resistencia? ¿Se trata verdaderamente de dejar que nos golpeen en una mejilla
sin quejarnos y que nos limitemos a responder con una sonrisa mientras giramos
el rostro para que nos golpeen del otro lado? ¿Sería ir contra el Evangelio si
en lugar de perdonar a nuestros agresores nos defendemos y los acusamos ante
las autoridades para que se haga justicia?
Para entender las palabras de Jesús es necesario
comprender a Jesús mismo. Al Señor le tocó vivir en una época en que sus
paisanos estaban sometidos al dominio del imponente Imperio romano. Jesús vivió
en un pueblo subyugado; para los hebreos criticar y ofender a los dominadores
era lo más normal. Al Maestro le tocó ver cómo el corazón de tantas personas
estaba contaminado, lleno de odio y resentimiento hacia los altaneros
invasores.
Jesús constató, con gran tristeza, que su pueblo, su gente, vivía esclavizado, no ya por un enemigo que se había infiltrado injustificadamente y los había sometido con violencia. Vivían una esclavitud aún más terrible y penosa, la esclavitud del espíritu.
En este contexto se puede comprender por qué Jesús insistió tanto en el perdón a los que nos hacen el mal. Para los oyentes de su mensaje esos "que nos hacen el mal" tenían un nombre y un rostro muy concreto. La intención de Jesús nunca fue la de provocar una revolución política. Su revolución era más ambiciosa, más profunda, más bella. La revolución del amor.
Cuando Cristo invita a perdonar a los que nos hacen el
mal su intención no es la de promover la injusticia, invitándonos a soportar
pasivamente el mal que nos hagan. A lo que invita es a liberar el corazón del
odio y del rencor. Ante la injusticia que padecemos tenemos dos opciones: o
guardamos rencores o perdonamos de verdad. Quien odia vive triste, traumado,
insatisfecho; quien perdona vive en paz, es libre, y puede alcanzar más
fácilmente la felicidad.
Hace tiempo asistí al curso de psicología en que se
hablaba sobre la "terapia del perdón". No me sorprendió para nada que
la conferencista afirmara que a veces las terapias consistían simplemente en ayudar
al paciente a desahogar los rencores que guarda y en ayudarle a perdonar. De
manera que la obra de misericordia "perdonar a los que nos ofenden"
es un acto de misericordia hacia el prójimo, pero también hacia nosotros
mismos.
Quien dice Yo perdono… pero no olvido, da a entender
que perdona sólo de palabra, pero en su interior guarda rencores. Esa persona,
en lugar de ser libre, encadena voluntariamente su corazón en el pilar del
odio.
La obra de misericordia "Perdonar al que nos ofende" no es una invitación a dejarnos hacer el mal sin defendernos cuando sea necesario. Hay que poner los medios para evitar el mal y para que se haga justicia. Aquí se trata de no dejar contaminar nuestro corazón con rencores dañinos y de volar libres con las alas del amor.
Por: Víctor Orozco, L.C.
