Recuerdo
ofensas, y no perdono, y la herida se abre de nuevo...
Ha comenzado la Cuaresma
cuando casi no hemos quitado los belenes en nuestras casas. Con el aroma de la
Navidad comenzamos a caminar hacia la Pascua. Sabemos lo que es realmente
importante, como nos lo recuerda el Papa Francisco en el lema de la cuaresma de
este año:“Misericordia
quiero y no sacrificio”. Mt 9,13.
Es más importante la misericordia, que los sacrificios que hago. Es más importante amar y ser misericordioso con los
hombres que renunciar a muchas cosas. Es más importante recibir el amor de Dios
que vivir realizando sacrificios. El
mayor sacrificio es amar en
esta vida. Dar la vida por amor.
Dios sabe que cuanto más nos
ame más seremos capaces de amar. Cuando
más conscientes seamos del amor de Dios en nuestra vida más amaremos. Cuanto más seamos perdonados más
podremos perdonar a otros.
Lo sabemos, es más importante
amar y perdonar que sacrificarnos haciendo sacrificios de todo tipo. A veces renunciamos, ayunamos, nos
esforzamos, y mientras tanto guardamos en el alma rencor, odio y desprecio.
La misericordia y el perdón son el camino de esta cuaresma.
El papa Francisco les dice a
los sacerdotes: “Sean
grandes perdonadores. Porque el que no sabe perdonar es un gran condenador. Y
¿quién es el gran acusador en la Biblia? El Diablo. Hagan lo que hace Jesús; no
hagan lo del Diablo, acusar”.
Me gusta esa comparación.
Dios perdona siempre. El demonio acusa y tienta. El demonio denuncia y odia.
Dios siempre nos mira con amor. Siempre es misericordia. Nos pide el Papa a los
sacerdotes que perdonemos siempre, que no nos cansemos de perdonar.
Misericordia antes que sacrificios.
Pero esta invitación es
extensiva a todos. Porque todos
estamos llamados a perdonar en
nuestra vida. ¡Y
cuánto nos cuesta perdonar en lugar de acusar!
Perdonar con entrañas de
misericordia al que nos hace daño, al que nos hiere con sus palabras y sus
obras, al que nos rechaza y no nos trata con amor. Devolver misericordia cuando recibimos
odio y desprecio. Es un paso decisivo en nuestra vida.
Miro mi corazón y veo rencores adheridos al alma. Miro y recuerdo ofensas, y no perdono, y la herida se
abre de nuevo.
El Papa nos recuerda que en
el día de nuestra muerte Jesús nos preguntará “si
perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio
que conduce a la violencia”. Nos preguntará si hemos amado, no
tanto si nos hemos sacrificado.
El amor siempre lleva consigo
renuncias y sacrificios. Pero todo por amor. Y el perdón está unido siempre al
amor. Un perdón que nos pacifica el alma. Un perdón que restablece los vínculos
de amor rotos entre los hombres.
El perdón comienza en mi
propio corazón. Cuando
yo me perdono a mí mismo es más fácil perdonar. Pero, ¡qué difícil a veces perdonar
las propias caídas, los propios errores, las propias faltas!
Dios quiere misericordia. Y
yo necesito perdonarme por tantas veces en que no soy el que sueño, el que
anhelo, el que deseo. Por esas veces en las que mis metas se quedan demasiado
lejanas e inalcanzables o yo demasiado lejos en mi debilidad. Perdonarme por no
estar a la altura de lo que otros esperan, por no tener esas virtudes y
talentos que envidio.
Es difícil perdonarnos siempre. Y si no somos capaces de ello, mucho más difícil será que
perdonemos a otros, que miremos a los demás con amor.
Misericordia es lo que quiere
Dios y lo que yo mismo necesito. Porque el
perdón sana el corazón. El perdón que recibimos y el perdón que
damos. Cuando perdonamos al que nos ha hecho daño algo se sana en el alma, una
herida se cierra, un hilo roto se restablece.
El otro día una persona me
comentaba cuánto bien le había hecho perdonar a sus padres. Esa herida la
llevaba guardada en el alma toda su vida. Fue
capaz de perdonar porque Dios le concedió ese milagro, y el perdón sanador la
había liberado
.
Ahora podía estar con ellos
sin rencor. Podía amarlos y cuidarlos en su desvalimiento sin rencor. Podía
quererlos en su último tiempo de vida.
Es un milagro el perdón. Una
gracia que pedimos. Más que sacrificios es más importante perdonar, pedir
perdón y ser perdonado. Ese
amor que posibilita el perdón, que surge del perdón, es lo central.
Fuente.: Carlos Padilla/Aleteia
