SAN JUAN DE LA CRUZ: LLAMA DE AMOR VIVA (Canción 3)

Con extraños primores calor y luz dan junto a su Querido.

67. Porque, estando estas cavernas de las potencias ya tan mirífica y maravillosamente infundidas en los admirables resplandores de aquellas lámparas, como habemos dicho, que en ellas están ardiendo, están ellas enviando a Dios en Dios, de más de la entrega que hacen a Dios, estando clarificadas y encendidas en Dios, esos mismos resplandores que tiene recibidos con amorosa gloria, inclinadas ellas a Dios en Dios, hechas también ellas lámparas divinas, dando al Amado de la misma luz v calor de amor que recibe. 

Porque aquí, de la misma manera que lo reciben, lo están dando al que lo da, con los mismos primores que él se lo da, como el vidrio hace cuando le embiste el sol; aunque estotro es en más subida manera, por intervenir en ello el ejercicio de la voluntad.

68. Con extraños primores, es a saber: extraños y ajenos de todo común pensar y de todo encarecimiento y de todo modo y manera. Porque, conforme al primor con que el entendimiento recibe a la sabiduría divina, hecho un entendimiento con el de Dios, es el primor con que lo da el alma, porque no lo puede dar sino al modo que se lo dan. Y conforme al primor con que la voluntad está unida en la bondad, es el primor con que ella da a Dios en Dios la misma bondad, porque no lo recibe sino para darlo.

Ni más ni menos, según el primor con que en la grandeza de Dios conoce, estando unida en ella, luce y da calor de amor. Según los primores de los demás atributos divinos que comunica allí el alma de fortaleza, hermosura, justicia, etc., son los primores con que el sentido, gozando, está dando a su Querido en su Querido esa misma luz y calor que está recibiendo de su Querido. Porque, estando ella aquí hecha una misma cosa con él, en cierta manera es ella Dios por participación; que, aunque no tan perfectamente como en la otra vida, es, como dijimos, como sombra de Dios.

Y, a este talle, siendo ella por medio de esta sustancial transformación sombra de Dios, hace ella en Dios por Dios lo que él hace en ella por sí mismo, al modo que él lo hace; porque la voluntad de los dos es una, y, así como Dios se la está dando con libre y graciosa voluntad, así ella también, teniendo la voluntad tanto más libre y generosa cuanto más unida en Dios, en Dios está dando a Dios al mismo Dios, y es verdadera y entera dádiva del alma a Dios.

Porque allí verdaderamente el alma ve que Dios es suyo, y que ella le posee con posesión hereditaria, como hijo adoptivo de Dios con propiedad de derecho, por la gracia que Dios de sí mismo le hizo, y que como cosa suya le puede dar y comunicar a quien ella quiere; y así dale a su Querido, que es el mismo Dios, que se le dio a ella. Y en esto paga todo lo que debe, porque de voluntad le da otro tanto con deleite y gozo inestimable, dando al Espíritu Santo como cosa suya con entrega voluntaria, porque se ame como él merece.

69. Y en esto está el inestimable deleite del alma, de ver que ella da a Dios cosa suya que le cuadre a Dios según su infinito ser. Que, aunque es verdad que el alma no puede dar de nuevo al mismo Dios a sí mismo, pues él en sí siempre es el mismo, pero el alma de suyo perfecta y verdaderamente lo hace, dando todo lo que le había dado, para pagar el amor, que es dar tanto como le dan. Y Dios se paga con aquella dádiva del alma (que con menos no se pagara), y lo toma con agradecimiento, como cosa suya del alma que de nuevo se le da, y en eso mismo la ama y de nuevo libremente se entrega al alma, y en esto ama al alma.

Y así, están actualmente Dios y el alma en un amor recíproco en la conformidad de la unión y entrega matrimonial, en que los bienes de entrambos, que son la divina esencia, poseyéndolos cada uno libremente, los poseen entrambos juntos en la entrega voluntaria del uno al otro, diciendo el uno al otro lo que el Hijo de Dios dijo al Padre por san Juan (17, 10), es a saber: Omnia mea tua sunt, et tua mea sunt et clarificatus sum in eis, esto es: Todas mis cosas son tuyas, y tus cosas son mías, y clarificado estoy en ellas.

Lo cual en la otra vida es sin intermisión en la fruición; y en este estado de unión, cuando se pone en acto y en ejercicio de amor la comunicación del alma y Dios. Que puede hacer el alma aquella dádiva, es de más entidad que su capacidad y su ser, está claro; porque claro está que el que tiene muchos reinos y gentes por suyas, aunque son de más mucha entidad que él, las puede dar muy bien a quien quisiere.

70. Esta es la gran satisfacción y contento del alma, ver que da a Dios más que ella en sí vale, dando con tanta liberalidad a Dios a sí mismo como cosa suya, con aquella luz divina y calor de amor que se lo dan. En la otra vida es por medio de la lumbre de gloria, y en ésta, por medio de la fe ilustradísima. Y de esta manera, las profundas cavernas del sentido, con extraños primores, calor y luz dan junto a su Querido. Junto, porque junta es la comunicación del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en el alma, que son luz y fuego de amor.

71. Pero los primores con que el alma hace esta entrega, habemos aquí de notar brevemente. Acerca de lo cual es de advertir que en el acto de esta unión, como quiera que el alma goce cierta imagen de fruición que se causa de la unión del entendimiento y del afecto en Dios, deleitada ella en sí y obligada, hace a Dios la entrega de Dios y de sí misma en Dios con maravillosos modos. Porque acerca del amor se ha el alma acerca de Dios con extraños primores y acerca de este rastro de fruición, ni más ni menos, y acerca de la alabanza también, y por el semejante acerca del agradecimiento.

72. Cuanto a lo primero, que es el amor, tiene tres primores principales de amor. El primero es, que aquí ama el alma a Dios, no por sí, sino por el mismo Dios, lo cual es admirable primor, porque ama por el Espíritu Santo, como el Padre ama al Hijo, según se dice por san Juan (17, 26): La dilección con que me amaste, dice el Hijo al Padre, esté en ellos y yo en ellos. El segundo primor es amar a Dios en Dios, porque en esta vehemente unión se absorbe el alma en amor de Dios, y Dios con grande vehemencia se entrega al alma. El tercer primor de amor principal es amarle allí por quien él es, porque no te ama sólo porque para sí misma es largo bien y gloria, etc., sino mucho más fuertemente, porque en sí es todo esto esencialmente.

73. Y acerca de esta imagen de fruición tiene otros tres primores principales maravillosos. El primero, que el alma goza allí a Dios por el mismo Dios, porque, como el alma aquí une el entendimiento en la sabiduría y bondad, etc., aunque no claramente como será en la otra vida, grandemente se deleita en todas estas cosas entendidas distintamente, como arriba dijimos. El segundo primor principal de esta dilección es deleitarse ordenadamente sólo en Dios, sin otra ninguna mezcla de criatura. El tercer deleite es gozarle solo por quien él es, sin otra mezcla de gusto propio.

74. Y acerca de la alabanza que el alma tiene a Dios en esta unión, hay otros tres primores de alabanza. El primero, hácelo de oficio, porque ve el alma que para su alabanza la crió Dios, como dice por Isaías (43, 21): Este pueblo formé para mí, cantará mis alabanzas. El segundo primor de alabanza es por los bienes que recibe y deleite que tiene en alabar. El tercero es por lo que Dios es en sí, porque, aunque el alma no recibiese ningún deleite, le alabaría por quien él es.


75. Acerca del agradecimiento tiene otros tres primores principales. El primero, agradecer los bienes naturales y espirituales que ha recibido y los beneficios. El segundo es la delectación grande que tiene en alabar a Dios, porque con gran vehemencia se absorbe en esta alabanza. El tercero es alabanza sólo por lo que Dios es, lo cual es mucho más fuerte y deleitable.

Fuente: Portal Carmelitano