Con
extraños primores calor y luz dan junto a su Querido.
67. Porque, estando estas cavernas de las
potencias ya tan mirífica y maravillosamente infundidas en los admirables
resplandores de aquellas lámparas, como habemos dicho, que en ellas están
ardiendo, están ellas enviando a Dios en Dios, de más de la entrega que hacen a
Dios, estando clarificadas y encendidas en Dios, esos mismos resplandores que
tiene recibidos con amorosa gloria, inclinadas ellas a Dios en Dios, hechas
también ellas lámparas divinas, dando al Amado de la misma luz v calor de amor
que recibe.
Porque aquí, de la misma manera que lo reciben, lo están dando al
que lo da, con los mismos primores que él se lo da, como el vidrio hace cuando
le embiste el sol; aunque estotro es en más subida manera, por intervenir en
ello el ejercicio de la voluntad.
Ni más ni menos, según el primor con que en la
grandeza de Dios conoce, estando unida en ella, luce y da calor de amor. Según
los primores de los demás atributos divinos que comunica allí el alma de
fortaleza, hermosura, justicia, etc., son los primores con que el sentido,
gozando, está dando a su Querido en su Querido esa misma luz y calor que está
recibiendo de su Querido. Porque, estando ella aquí hecha una misma cosa con
él, en cierta manera es ella Dios por participación; que, aunque no tan
perfectamente como en la otra vida, es, como dijimos, como sombra de Dios.
Y, a este talle, siendo ella por medio de esta
sustancial transformación sombra de Dios, hace ella en Dios por Dios lo que él
hace en ella por sí mismo, al modo que él lo hace; porque la voluntad de los
dos es una, y, así como Dios se la está dando con libre y graciosa voluntad,
así ella también, teniendo la voluntad tanto más libre y generosa cuanto más
unida en Dios, en Dios está dando a Dios al mismo Dios, y es verdadera y entera
dádiva del alma a Dios.
Porque allí verdaderamente el alma ve que Dios
es suyo, y que ella le posee con posesión hereditaria, como hijo adoptivo de
Dios con propiedad de derecho, por la gracia que Dios de sí mismo le hizo, y
que como cosa suya le puede dar y comunicar a quien ella quiere; y así dale a
su Querido, que es el mismo Dios, que se le dio a ella. Y en esto paga todo lo
que debe, porque de voluntad le da otro tanto con deleite y gozo inestimable,
dando al Espíritu Santo como cosa suya con entrega voluntaria, porque se ame
como él merece.
69. Y en esto está el inestimable deleite del
alma, de ver que ella da a Dios cosa suya que le cuadre a Dios según su
infinito ser. Que, aunque es verdad que el alma no puede dar de nuevo al mismo
Dios a sí mismo, pues él en sí siempre es el mismo, pero el alma de suyo
perfecta y verdaderamente lo hace, dando todo lo que le había dado, para pagar
el amor, que es dar tanto como le dan. Y Dios se paga con aquella dádiva del
alma (que con menos no se pagara), y lo toma con agradecimiento, como cosa suya
del alma que de nuevo se le da, y en eso mismo la ama y de nuevo libremente se
entrega al alma, y en esto ama al alma.
Y así, están actualmente Dios y el alma en un
amor recíproco en la conformidad de la unión y entrega matrimonial, en que los
bienes de entrambos, que son la divina esencia, poseyéndolos cada uno
libremente, los poseen entrambos juntos en la entrega voluntaria del uno al
otro, diciendo el uno al otro lo que el Hijo de Dios dijo al Padre por san Juan
(17, 10), es a saber: Omnia mea tua sunt, et tua mea sunt et clarificatus sum
in eis, esto es: Todas mis cosas son tuyas, y tus cosas son mías, y clarificado
estoy en ellas.
Lo cual en la otra vida es sin intermisión en la
fruición; y en este estado de unión, cuando se pone en acto y en ejercicio de
amor la comunicación del alma y Dios. Que puede hacer el alma aquella dádiva,
es de más entidad que su capacidad y su ser, está claro; porque claro está que
el que tiene muchos reinos y gentes por suyas, aunque son de más mucha entidad
que él, las puede dar muy bien a quien quisiere.
70. Esta es la gran satisfacción y contento del
alma, ver que da a Dios más que ella en sí vale, dando con tanta liberalidad a
Dios a sí mismo como cosa suya, con aquella luz divina y calor de amor que se
lo dan. En la otra vida es por medio de la lumbre de gloria, y en ésta, por
medio de la fe ilustradísima. Y de esta manera, las profundas cavernas del
sentido, con extraños primores, calor y luz dan junto a su Querido. Junto,
porque junta es la comunicación del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en el
alma, que son luz y fuego de amor.
71. Pero los primores con que el alma hace esta
entrega, habemos aquí de notar brevemente. Acerca de lo cual es de advertir que
en el acto de esta unión, como quiera que el alma goce cierta imagen de
fruición que se causa de la unión del entendimiento y del afecto en Dios,
deleitada ella en sí y obligada, hace a Dios la entrega de Dios y de sí misma
en Dios con maravillosos modos. Porque acerca del amor se ha el alma acerca de
Dios con extraños primores y acerca de este rastro de fruición, ni más ni
menos, y acerca de la alabanza también, y por el semejante acerca del
agradecimiento.
72. Cuanto a lo primero, que es el amor, tiene
tres primores principales de amor. El primero es, que aquí ama el alma a Dios,
no por sí, sino por el mismo Dios, lo cual es admirable primor, porque ama por
el Espíritu Santo, como el Padre ama al Hijo, según se dice por san Juan (17, 26):
La dilección con que me amaste, dice el Hijo al Padre, esté en ellos y yo en
ellos. El segundo primor es amar a Dios en Dios, porque en esta vehemente unión
se absorbe el alma en amor de Dios, y Dios con grande vehemencia se entrega al
alma. El tercer primor de amor principal es amarle allí por quien él es, porque
no te ama sólo porque para sí misma es largo bien y gloria, etc., sino mucho
más fuertemente, porque en sí es todo esto esencialmente.
73. Y acerca de esta imagen de fruición tiene
otros tres primores principales maravillosos. El primero, que el alma goza allí
a Dios por el mismo Dios, porque, como el alma aquí une el entendimiento en la
sabiduría y bondad, etc., aunque no claramente como será en la otra vida,
grandemente se deleita en todas estas cosas entendidas distintamente, como
arriba dijimos. El segundo primor principal de esta dilección es deleitarse
ordenadamente sólo en Dios, sin otra ninguna mezcla de criatura. El tercer
deleite es gozarle solo por quien él es, sin otra mezcla de gusto propio.
74. Y acerca de la alabanza que el alma tiene a
Dios en esta unión, hay otros tres primores de alabanza. El primero, hácelo de
oficio, porque ve el alma que para su alabanza la crió Dios, como dice por
Isaías (43, 21): Este pueblo formé para mí, cantará mis alabanzas. El segundo
primor de alabanza es por los bienes que recibe y deleite que tiene en alabar.
El tercero es por lo que Dios es en sí, porque, aunque el alma no recibiese
ningún deleite, le alabaría por quien él es.
75. Acerca del agradecimiento tiene otros tres
primores principales. El primero, agradecer los bienes naturales y espirituales
que ha recibido y los beneficios. El segundo es la delectación grande que tiene
en alabar a Dios, porque con gran vehemencia se absorbe en esta alabanza. El
tercero es alabanza sólo por lo que Dios es, lo cual es mucho más fuerte y
deleitable.
Fuente: Portal Carmelitano