Porque en tus resplandores las
profundas cavernas del sentido
30. Y, para que mejor entendamos esto, es de
saber que el estado de principiantes es meditar y hacer actos discursivos. En
este estado necesario le es al alma que se le dé materia para que discurra, y
que de suyo haga actos interiores y se aproveche del fuego y hervor espiritual
sensitivo, porque así le conviene para habituar los sentidos y apetitos a cosas
buenas, y, cebándolos con este sabor, se desarraiguen del siglo.
Mas, cuando esto ya en alguna manera está hecho,
luego los comienza Dios a poner en estado de contemplación, lo cual suele ser
muy en breve, mayormente en gente religiosa, porque más en breve, negadas las
cosas del siglo, acomodan a Dios el sentido y el apetito. Y luego no hay que
hacer sino pasar de meditación a contemplación, lo cual es ya cuando cesan los
actos discursivos y meditación de la propia alma y los jugos y hervores
primeros sensitivos, no pudiendo ya discurrir como antes, ni hallar nada de
arrimo por el sentido, este sentido quedando en sequedad, por cuanto le mudan
el caudal al espíritu, que no cae en sentido.
31. De donde en este tiempo totalmente se ha de
llevar el alma por modo contrario del primero. Que si antes daban materia para
meditar y meditaba, que ahora antes se la quiten y que no medite, porque, como
digo, no podrá aunque quiera, y distraerse ha. Y si antes buscaba jugo y hervor
y le hallaba, ya no le quiera ni le busque, porque no sólo no le hallará por su
diligencia mas antes sacará sequedad, porque se divierte del bien pacífico y
quieto que secretamente le están dando en el espíritu, por la obra que él
quiere hacer por el sentido; y así, perdiendo lo uno, no hace lo otro, pues ya
los bienes no se los dan por el sentido como antes.
Y por eso en este estado en ninguna manera le
han de imponer en que medite y se ejercite en actos, ni procure sabor ni
hervor, porque sería poner obstáculo al principal agente, que, como digo, es
Dios, el cual oculta y quietamente anda poniendo en el alma sabiduría y noticia
amorosa sin especificación de actos, aunque algunas veces los hace especificar
en el alma con alguna duración. Y así, entonces el alma se ha de andar sólo con
advertencia amorosa a Dios, sin especificar actos, habiéndose, como habemos
dicho, pasivamente, sin hacer de suyo diligencias, con la advertencia amorosa
siempre y sencilla, como quien abre los ojos con advertencia de amor.
32. Que, pues Dios entonces en modo de dar trata
con ella con noticia sencilla amorosa, también el alma trate con él el modo de
recibir con noticia o advertencia sencilla o amorosa, para que así se junte
noticia con noticia y amor con amor. Porque conviene que el que recibe se haya
al modo de lo que recibe, y no de otro, para poderlo recibir y retener como se
lo dan, porque, como dicen los filósofos, cualquiera cosa que se recibe, está
en el recipiente al modo que se ha el recipiente.
De donde está claro que, si el alma entonces no
dejase su modo activo natural, no recibiría aquel bien sino a modo natural, y
así no lo recibirá, sino quedarse hía solamente con acto natural; porque lo
sobrenatural no cabe en el modo natural ni tiene que ver con ello. Y así
totalmente, si el alma quiere entonces obrar de suyo, habiéndose de otra manera
más que con la advertencia pasiva amorosa que habemos dicho, muy pasiva y
tranquilamente, sin hacer acto natural sino es cuando Dios la uniese en algún
acto, pondría impedimento a los bienes que la está Dios comunicando
sobrenaturalmente en la noticia amorosa. Lo cual es el principio en ejercicio
de purgación, como habemos dicho arriba, y después, en más suavidad de amor.
Lo cual si, como digo, y es así la verdad, se
anda recibiendo en el alma pasivamente y al modo de Dios sobrenatural, y no al
modo del alma natural, síguese que para recibirla ha de estar esta alma muy
desembarazada, ociosa, pacífica y serena, al modo de Dios; como el aire, que,
cuanto más límpio está y sencillo y quieto, más le ilustra y calienta el sol. Y
así no ha de estar asida a nada: ni a cosa de meditación ni sabor, ahora
sensitivo, ahora espiritual; porque requiere el espíritu tan libre y
aniquilado, que cualquier cosa que el alma entonces quisiese hacer de
pensamiento o discurso o gusto a que se quiera arrimar, le impediría e
inquietaría y haría ruido en el profundo silencio que conviene que haya en el
alma, según el sentido y el espíritu para tan profunda y delicada audición de
Dios, que habla al corazón en esta soledad que dijo por Oseas (2, 14), en suma
paz y tranquilidad, escuchando y oyendo el alma, como David (Sal. 84, 9), lo
que habla Dios, porque habla esta paz en su alma.
Lo cual cuando así acaeciere, que se sienta el
alma poner en silencio y escucha, aun la advertencia amorosa que dije ha de
olvidar porque el alma se quede libre para lo que entonces la quieren; porque
aquella advertencia sólo ha de usar de ella cuando no se siente poner en
soledad u ociosidad u olvido o escucha espiritual, lo cual siempre viene con
algún absorbimiento interior.
33. Por tanto, en ninguna sazón y tiempo, ya que
el alma ha comenzado a entrar en este sencillo y ocioso estado de
contemplación, no ha el alma de querer traer delante de sí meditaciones, ni
querer arrimarse a jugos ni sabores espirituales, sino estar desarrimada en pie
sobre todo eso, el espíritu desasido, como dijo el profeta Habacub (2, 1) que
había él de hacer, diciendo: Estaré en pie sobre la guarda de mis sentidos,
esto es, dejándolos abajo, y afirmaré el paso sobre la munición de mis
potencias, esto es, no dejándolas dar paso de pensamiento, y contemplaré lo que
se me dijere, esto es, recibiré lo que se me comunicare.
Porque ya
habemos dicho que la contemplación es recibir, y no es posible que esta
altísima sabiduría y linaje de contemplación se pueda recibir sino en espíritu
callado y desarrimado de jugos y noticias, porque así lo dice Isaías (28, 9),
diciendo: ¿A quién enseñará la ciencia y a quién hará oír lo oído? A los
destetados de leche, esto es, de los jugos y gustos, y a los desarraigados de
los pechos, esto es, de los arrimos de noticias y actos particulares.
34. Quita la niebla, y la mota, y los pelos, y
limpia el ojo, y luciráte el sol claro, y verás. Pon el alma en libertad de
paz, y sácala del yugo y servidumbre de su operación, que es el cautiverio de
Egipto, que todo es poco más que juntar pajas para cocer tierra, y llévala a la
tierra de promisión que mana leche y miel (Ex.1,14). ¡Oh maestro espiritual!,
mira que a esa libertad y ociosidad santa de hijos la llama Dios al desierto,
en que ande vestida de fiesta y con joyas de oro y plata, habiendo ya despojado
a Egipto y tomádoles sus riquezas (Ex. 12, 35n36), y no sólo eso, sino aun
ahogádoles (Ex. 14, 27n28) en la mar de la contemplación, donde el gitano del
sentido no halla pie ni arrimo y deja libre al hijo de Dios, que es el espíritu
salido de los límites y quicios angostos de la operación natural, que es su
bajo entender, su tosco sentir, su pobre gustar, para que Dios le dé el suave
maná (Ex. 16, 14ss), cuyo sabor, aunque tiene todos esos sabores y gustos en
que tú quieres traer trabajando el alma, con todo eso, por ser tan delicado que
se deshace en la boca, no se sentirá si otro gusto u otra cosa quisiere sentir,
porque no le recibirá.
Procura desarrimar al alma de todas las codicias
de jugos, gustos y meditaciones, y no la desquietes con cuidado y solicitud
alguna de arriba y menos de abajo, poniéndola en toda enajenación y soledad
posible; porque, cuanto más esto alcanzare y más presto llagare a esta ociosa
tranquilidad, con tanta más abundancia se le va infundiendo el espíritu de la
divina sabiduría, amoroso, tranquilo, solitario, pacífico, suave, robador del
espíritu, sintiéndose a veces robado y llagado serena y blandamente, sin saber
de quién, ni de dónde, ni cómo, porque se comunicó sin operación propia.
35. Y un poquito de esto que Dios obra en el
alma en este santo ocio y soledad es inestimable bien, más que el alma puede
pensar ni el que la trata, y no se echa de ver, lo cual lucirá en su tiempo. A
lo menos lo que de presente el alma podrá alcanzar asentir, es un enajenamiento
y extrañez, unas veces más que otras, acerca de todas las cosas, con respiro
suave del amor y vida del espíritu y con inclinación a soledad y tedio en las
criaturas y el siglo; porque como se gusta el espíritu, desabrido es todo lo
que es de carne.
36. Pero los bienes interiores que esta callada
contemplación deja impresos en el alma, sin ella sentirlo,como digo, son
inestimables, porque, en fin, son unciones secretísimas y delicadísimas del
Espíritu Santo, en que secretamente llena al alma de riquezas y dones y
gracias, porque, en fin, siendo Dios, hace Dios. Estos bienes, pues, y estas
grandes riquezas, estas subidas y delicadas unciones y matices del Espíritu
Santo, que por su delicadez y sutil pureza ni el alma ni el que las trata las
entiende, sino sólo el que las pone para agradarse más del alma, con grandísima
facilidad, no más que con tantica obra que el alma quiera hacer de aplicar
sentido o apetito de querer asir alguna noticia, o jugo, o gusto, se deturban e
impiden, lo cual es grave daño y gran dolor y lástima.
37. (Oh grave caso y mucho más para admirar,
que, no pareciendo el daño ni casi nada lo que se interpuso, es entonces mayor
daño y de mayor dolor y mancilla que deturbar y echar a perder muchas almas de
estotras comunes que no están en aquel puesto de tan subido esmalte y matiz!
Como si en un rostro de extremada pintura tocase una mano muy tosca con
extraños y bajos colores, sería el daño mayor y más notable, que si borrase
muchas más comunes y de más lástima y dolor; porque aquella mano tan delicada
que aquél deturbó ¿quién la acertará a poner?
38. Y, con ser este daño tan grande, más que se
puede encarecer, es tan común que apenas se hallará un maestro espíritual que
no te haga en las almas que de esta manera comienza Dios a recoger en
contemplación. Porque (cuántas veces está Dios ungiendo al alma con alguna
unción muy delgada de noticia amorosa, serena, pacífica, solitaria y muy ajena
del sentido y de lo que se puede pensar; no pudiendo meditar ni gustar de cosa
de arriba ni de abajo, ni de noticias, porque la trae Dios ocupada en aquella
unción solitaria, inclinada a soledad y ocio, y vendrá uno que no sabe sino
martillar y macear como herrero, y porque él no enseña más que aquello, dirá:
"Andá, dejaos de eso que es perder el tiempo, y ociosidad, sino tomad y
meditad y haced actos, que es menester que hagáis de vuestra parte actos y
diligencias, que son esotros alumbramientos y cosas de bausanes".
39. Y así, no entendiendo estos los grados de
oración ni vías del espíritu, no echan de ver que aquellos actos que ellos
dicen que haga el alma, y aquel caminar con discurso está ya hecho, pues ya
aquella alma ha llegado a la negación sensitiva; y que, cuando ya se ha llegado
al término y está andado el camino, ya no hay caminar, porque sería volver a
alejarse del término. Y así, no entendiendo que aquella alma está ya en la vía
del espíritu, en el cual no hay discurso y que ya el discurso cesa y es de Dios
el agente y el que habla secretamente al alma solitaria, callando ella,
sobrepone otro ungüento en el alma de groseras noticias y jugos en que las
imponen y deshácenle la soledad y recogimiento, y por el consiguiente, la
subida obra que en ella Dios pintaba. Y así el alma ni hace lo uno, ni
aprovecha en lo otro, y así todo es dar golpe en la herradura.
Fuente: Portal Carmelitano
