en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su Querido!
DECLARACIÓN
1. Dios sea servido de dar aquí su favor, que
cierto es menester mucho, para declarar la profundidad de esta canción, y aun
harta advertencia del que la fuere leyendo, que, si no tiene experiencia,
quizás le será algo oscuro, como si por ventura la tuviere, le sería claro y
gustoso. En esta canción íntima el alma agradece a su esposo las grandes
mercedes que de la unión con él recibe, dándole por medio de ella grandes y
muchas noticias de sí mismo, con las cuales alumbradas y enamoradas las
potencias y sentido de su alma, que antes de esta unión estaba oscuro y ciego
de otros amores, puedan ya estar esclarecidas, como lo están y con calor de
amor para poder dar luz y amor al que las encendió y enamoró, infundiendo en
ellas dones tan divinos.
Porque el amante verdadero entonces está contento,
cuando todo lo que él es y vale puede valer, y lo que tiene y puede tener, lo
emplea en el amado; y cuando ello más es, más gusto recibe en darlo. Cuanto a
lo primero, es de saber que las lámparas tienen dos propiedades, que son lucir
y arder. Síguese el verso:
Oh
lámparas de fuego!
2. Para entender este verso es de saber que
Dios, en su único y simple ser, es todas las virtudes y grandezas de sus
atributos: porque es omnipotente, es sabio, es bueno, es misericordioso, es
justo, es fuerte, es amoroso y otros infinitos atributos y virtudes que de él
no conocemos acá. Y, siendo él todas estas cosas, estando él unido con el alma,
cuando él tiene por bien de abrirle la noticia, echa ella de ver en él todas
estas virtudes y grandezas clara y distintamente, conviene saber: omnipotencia,
bondad, sabiduría, justicia, misericordia, etc., todas en único y simple ser.
Y como cada una de estas cosas sea el mismo ser de Dios en un solo supuesto suyo, que es el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo, siendo cada atributo de éstos el mismo Dios, siendo Dios infinita luz infinito fuego divino, como arriba queda dicho, de aquí es que en cada uno de esos atributos (que, como decimos, son innumerables) y virtudes suyas luzca y arda como Dios.
Y como cada una de estas cosas sea el mismo ser de Dios en un solo supuesto suyo, que es el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo, siendo cada atributo de éstos el mismo Dios, siendo Dios infinita luz infinito fuego divino, como arriba queda dicho, de aquí es que en cada uno de esos atributos (que, como decimos, son innumerables) y virtudes suyas luzca y arda como Dios.
3. Y así, según estas noticias que el alma tiene
allí de Dios, distintas en un solo acto actualmente, le es al alma el mismo
Dios muchas lámparas, que distintamente le lucen a alma pues de cada una tiene
noticia y le dan calor de amor, cada una en su manera y todas ellas en un
simple ser, como decimos. Y todas ellas son una lámpara, que es el Verbo, el
cual, como dice san Pablo (Hb. 1, 3) es resplandor de la gloria del Padre; a
cual lámpara es todas estas lámparas, porque luce y arde de todas estas maneras.
Lo cual echa de ver el alma, que le es muchas
lámparas esta sola lámpara; porque, como ella sea una, todas las cosas puede, y
todas las virtudes tiene, y todos los espíritus coge, etc. (Sab. 7, 27). Y así,
en un acto luce y arde según todas sus grandezas y virtudes, podemos decir, de
muchas maneras en una manera: porque luce y arde como omnipotente, y luce y
arde como sabio, y luce y arde como bueno, y luce y arde como fuerte, como
justo, como verdadero y como las demás virtudes y condiciones divinas que hay
en él, dando al alma inteligencia y amor de sí, según todas ellas distintamente
y según cada una. Porque, comunicándose él, siendo él todas ellas, y cada una
de ellas, da al alma luz y amor divino según todas ellas, y según cada una de
ellas; porque el fuego dondequiera que se aplique y en cualquier efecto que
haga, de su calor y resplandor, pues siempre así es de una manera.
Porque el resplandor que le da esta lámpara en
cuanto omnipotencia, le hace al alma luz y calor de amor de Dios en cuanto es
omnipotente, y, según esto, ya Dios le es lámpara de omnipotencia que le luce y
arde según este atributo. Y el resplandor que le da esta lámpara en cuanto es
sabiduría, le hace calor de amor de Dios en cuanto es sabio, y, según esto, ya
Dios le es lámpara de sabiduría. Y el resplandor que le da esta lámpara de Dios
en cuanto es bondad, le hace calor de amor de Dios en cuanto es bueno, y, según
esto, ya le es Dios lámpara de bondad.
Y, ni más ni menos, le es lámpara de justicia y de fortaleza y de misericordia, porque la luz que le da de cada uno de estos atributos y de todos los demás, hace al alma juntamente calor de amor de Dios en cuanto es tal. Y así, Dios le es al alma en esta alta comunicación y muestras que, a mi ver, es la mayor que se le puede hacer en esta vida, innumerables lámparas que la dan luz y amor.
Y, ni más ni menos, le es lámpara de justicia y de fortaleza y de misericordia, porque la luz que le da de cada uno de estos atributos y de todos los demás, hace al alma juntamente calor de amor de Dios en cuanto es tal. Y así, Dios le es al alma en esta alta comunicación y muestras que, a mi ver, es la mayor que se le puede hacer en esta vida, innumerables lámparas que la dan luz y amor.
4. Estas lámparas le lucieron bien a Moisés (Ex.
34, 6n7) en el monte Sinaí, donde, pasando Dios delante de él, apresuradamente
se postró en la tierra y dijo algunas grandezas de las que en él vio; y
amándole según aquellas cosas que había visto, las dijo distintamente,
diciendo: Emperador, Señor, Dios, misericordioso, clemente, paciente, de mucha
miseración, verdadero, que guardas misericordia en millares, que quitas los
pecados y maldades y delitos, que eres tan justo que ninguno hay inocente de
suyo delante de ti. En lo cual se ve que Moisés, los más atributos y virtudes
que allí conoció y amó fueron los de la omnipotencia, señorío, deidad y
misericordia y justicia y verdad y rectitud de Dios, que fue altísimo
conocimiento y subidísimo deleite de amor.
5. De donde es de notar que el deleite y
robamiento de amor que el alma recibe en el fuego de la luz de estas lámparas
es admirable, es inmenso, es tan copioso como de muchas lámparas, que cada una
quema de amor, ayudando el ardor de la una al ardor de la otra, y la llama de
una a la llama de la otra; así como la luz de la una da luz de la otra, y todas
hechas una luz y fuego, y cada una un fuego, y el alma inmensamente absorta en
delicadas llamas, llagada sutilmente en cada una de ellas, y en todas ellas más
llagada y más sutilmente llagada, en amor de vida, echando ella muy bien de ver
que aquel amor es de vida eterna, la cual es juntura de todos los bienes,
conociendo bien allí el alma la verdad del dicho del Esposo en los Cantares (8,
6) que dijo que las lámparas del amor eran lámparas de fuego y de llamas.
¡Hermosa eres en tus pisadas y calzado, oh hija
del príncipe! (Ct. 7, 1). ¿Quién podrá contar la magnificencia y extrañez de tu
deleite en el amor de tus lámparas y admirable resplandor? Porque si una sola
lámpara de éstas que pasó delante de Abraham le causó grande horror tenebroso,
pasando Dios por una noticia de justicia rigurosa que había de hacer de los
cananeos (Gn. 15, 12n17), toda estas lámparas de noticias de Dios que amigable
y amorosamente te lucen a ti, ¿cuánta más luz y deleite de amor te causarán que
causó aquella sola de horror y tiniebla en Abraham? ¿Y cuánto y cuán
aventajado, y de cuántas maneras será tu luz y deleite, pues en todas y de
todas éstas sientes que te da su fruición y amor, amándote según sus virtudes y
atributos y condiciones?
6. Porque el que ama y hace bien a otro, según
su condición y sus propiedades le ama y le hace bien; y así tu Esposo en ti,
siendo omnipotente, date y ámate con omnipotencia; y, siendo sabio, sientes que
te ama con sabiduría; siendo él bueno, sientes que te alma con bondad; siendo
santo, sientes que te ama con santidad; siendo él justo, sientes que te ama
justamente; siendo él misericordioso, sientes que te ama con misericordia
siendo el piadoso y clemente, sientes que te ama con mansedumbre y clemencia;
siendo él fuerte y subido y delicado ser, sientes que te ama fuerte y subida y
delicadamente; y como él sea limpio y puro, sientes que con pureza y limpieza
te ama; y como él sea verdadero, sientes que te ama de veras; y como él sea
liberal, sientes también que te ama con liberalidad, sin algún interés, no más
de por hacerte bien; y como él sea la virtud de la suma humildad, con suma
humildad te ama y con suma estimación, igualándose contigo, e igualándote
consigo, mostrándote en estas vías alegremente con esto su rostro lleno de
gracias, y diciéndote: Yo soy tuyo y para ti, y gusto de ser tal cual soy para
darme a ti, y por ser tuyo.
7. ¿Quién dirá, pues, lo que tú sientes, ¡oh
dichosa alma!, viéndote así amada y con tal estimación engrandecida? Tu
vientre, que es tu voluntad, diremos que es como el montón de trigo que está
cubierto y cercado de lirios (Ct. 7, 2), porque en esos granos de pan de vida
que tú juntamente estas gustando los lirios de las virtudes que te cercan, te
están deleitando. Porque estas hijas del rey, que son estas virtudes, de la
fragancia de sus especies aromáticas, que son las noticias que te da, te están
deleitando admirablemente (Sal. 44, 9n10), y en ellas estás tú tan engolfada e
infundida, que eres también el pozo de las aguas vivas que corren con ímpetu
del monte Líbano (Ct. 4, 15), que es Dios. En lo cual eres maravillosamente
letificada según toda la armonía de tu alma y aun de tu cuerpo, porque se
cumpla también en ti el dicho del salmo (45, 5) que dice: El ímpetu del río
letifica la ciudad de Dios.
8. ¡Oh admirable cosa, que a este tiempo está el
alma rebosando aguas divinas, que en ella él las revertía como una abundosa
fuente que por todas partes rebosa aguas! Porque aunque es verdad que esta
comunicación es luz y fuego de estas lámparas de Dios, es este fuego aquí, como
habemos dicho, tan suave, que, con ser fuego inmenso, es como aguas de vida que
hartan la sed del espíritu con el ímpetu que desea. Y así, aunque son lámparas
de fuego, son aguas vivas del espíritu, como también las que vinieron sobre los
Apóstoles (Act. 2, 3), que, aunque eran lámparas de fuego, también eran aguas
puras y limpias, porque así las llamó el profeta Ezequiel (36, 25n26) cuando
profetizó aquella venida del Espíritu Santo, diciendo: Infundiré, dice allí
Dios, sobre vosotros agua limpia, y pondré mi espíritu en medio de vosotros. Y
así, aunque es fuego, también es agua; porque es figurado por el fuego que
escondió Jeremías, que era del sacrificio, el cual en cuanto estuvo escondido
era agua, y cuando de fuera servía de sacrificar era fuego (2 Mac. 1, 20n22; 2,
1n2).
Y así, este espíritu de Dios, en cuanto está
escondido en las venas del alma, está como agua suave y deleitable, hartando la
sed del espíritu en la sustancia del alma; y en cuanto se ejercita en
sacrificio de amar, es llamas vivas de fuego, que son las lámparas del acto de
la dilección que decíamos que dice el Esposo en los Cantares (8, 6), diciendo:
Sus lámparas son lámparas de fuego y de llamas. Las cuales el alma aquí así las
llama, porque no sólo las gusta como aguas de sabiduría en sí, sino también
como fuego de amor, en acto de, amor, diciendo: (Oh lámparas de fuego! Y todo
lo que se puede en este caso decir es menos de lo que hay; si se advierte que
el alma está transformada en Dios, se entenderá en alguna manera cómo es verdad
que está hecha fuente de aguas vivas, ardientes y fervientes en fuego de amor,
que es Dios.
Fuente: Portal Carmelitano
