Al
mismo ilustrísimo prelado D. Teutonio de Braganza, arzobispo de Ébora.
1.- La gracia del Espíritu
Santo sea con vuestra ilustrísima señoría. Amén. Una carta de V. S. Ilma.
recibí más ha de dos meses, y quisiera harto responder luego; y aguardando
alguna bonanza de los grandes trabajos, que desde agosto hemos tenido
Descalzos, y Descalzas, para dar a V. S. noticia dello, como me manda en su
carta, me he detenido; y hasta ahora va cada día peor, como después diré a V.
S. Ahora no quisiera sino verme con V. S. que por carta podré decir mal el
contento, que me ha dado una, que he recibido esta semana de V. S. por la vía
del padre rector, aunque con más claridad tenía yo nuevas de V. S. más ha de
tres semanas; y después me las han dicho por otra parte: que no sé como piensa
V. S. ha de ser secreta cosa semejante. Plegue a la divina Majestad, que sea
para tanta gloria, y honra suya, y ayuda a ir V. S. creciendo en mucha
santidad, como yo pienso que será.
3.- Ansí
que V. S. se anime mucho, y no le pase por pensamiento pensar, que no ha sido
ordenado de Dios (que yo ansí lo tengo por cierto), sino que quiere su
Majestad, que lo que V. S. ha deseado servirle, lo ponga ahora por obra: que ha
estado mucho tiempo ocioso, y nuestro Señor está muy necesitado de quien le
favorezca la virtud: que poco podemos la gente baja, y pobre, si no despierta
Dios quien nos ampare, aunque más queramos no querer cosa, sino su servicio;
porque está la malicia tan subida, y la ambición, y honra, en muchos que la
habían de traer debajo de los pies, tan canonizada, que aun el mesmo Señor
parece se quiere ayudar de sus criaturas, con ser poderoso, para que venza la
virtud sin ellas; porque le faltan los que había tomado para ampararla, y ansí
escoge las personas, que entiendo le pueden ayudar.
4.- V. S. procure
emplearse en esto, como yo entiendo lo hará, que Dios le dará fuerzas, y salud
(y yo lo espero en su Majestad) y gracia, para que acierte en todo. Por acá
serviremos a V. S. en suplicárselo muy contino; y plegue al Señor le dé a V. S.
personas inclinadas al bien de las almas, para que pueda V. S. descuidar. Harto
me consuela, que tenga V. S. la Compañía tan por suya, que es de grandísimo
bien para todo.
5.- Del buen suceso de mi
señora la marquesa de Elche me he alegrado mucho, que me trujo con harta pena,
y cuidado aquel negocio, hasta que supe era concluido también. Sea Dios
alabado. Siempre cuando el Señor da tanta multitud de trabajos juntos, suele
dar buenos sucesos, que como nos conoce por tan flacos, y lo hace todo por
nuestro bien, mide el padecer conforme a las fuerzas. Y ansí pienso nos ha de
suceder en estas tempestades de tantos días; que si no estuviese cierta viven
estos Descalzos, y Descalzas procurando llevar su regla con rectitud, y verdad,
habría algunas veces temido han de salir los émulos con lo que pretenden (que
es acabar este principio, que la Virgen sacratísima ha procurado se comience)
según las astucias trae el demonio, que parece le ha dado Dios licencia, que
haga su poder en esto.
6.- Son tantas las cosas, y las diligencias que
ha habido para desacreditarnos, en especial al padre Gracián, y a mí (que es a
donde dan los golpes) y digo a V. S. que son tantos los testimonios que deste hombre se han dicho, y los memoriales que han dado al rey, y tan pesados, [8] y destos monasterios de Descalzas, que le espantaría a V. S. si lo supiese, de cómo se pudo inventar tanta malicia. Yo entiendo se ha ganado mucho en ello; estas monjas con tanto regocijo, como si les tocara; el padre Gracián con una perfección, que me tiene espantada. Gran tesoro tiene Dios encerrado en aquella alma, con oración especial por quien se los levanta, porque
los ha llevado con una alegría como un san Gerónimo. Como él las ha visitado dos años, y las conoce, no lo puede sufrir, porque las tiene por ángeles, y ansí las llama.
7.- Fue Dios servido, que
de lo que nos tocaba, se desdijeron los que lo habían dicho. De otras cosas que
decían del padre Gracián, se hizo probanza por mandado del Consejo, y se vio la
verdad. De otras cosas también se desdijeron, y vínose a entender la pasión de
que andaba la corte llena. Y crea V. S. que el demonio pretendió quitar el
provecho que estas casas hacen.
8.-
Ahora dejado lo que se ha hecho con estas pobres monjas de la Encarnación, que
por sus pecados me eligieron, que ha sido un juicio, está espantado todo el
lugar de lo que han padecido, y padecen, y aún no sé cuándo se ha de acabar;
porque ha sido extraño el rigor del padre Tostado con ellas. Las tuvieron cincuenta, y más días sin
dejarlas oír misa; que ver a nadie, tampoco ven ahora. Decían que
estaban descomulgadas; y todos los teólogos de Ávila, que no: porque la
descomunión era, porque no eligiesen de fuera de casa (que entonces no dijeron,
que por mí la ponían) y a ellas les pareció, que como yo era profesa de aquella
casa, y estuve tantos años en ella, que no era de fuera: porqué si ahora me
quisiese tornar allí, podía, por estar allí
mi dote, y no ser provincia apartada: y confirmaron otra priora con la
menor parte. En el Consejo lo tienen, no sé en lo que parará.
9.- He sentido muy mucho
ver por mí tanto desasosiego, y escándalo de la ciudad, y tantas almas
inquietas, que las descomulgadas eran más de cincuenta y cuatro. Sólo me ha consolado, que hice todo lo que pude, porque no me eligiesen. Y certifico a V.
S. que es uno de los grandes trabajos, que me pueden venir en la tierra, verme allí; y ansí el tiempo que estuve,
no tuve hora de salud.
10.- Mas
aunque mucho me lastiman aquellas almas, que las hay de muy mucha perfección, y
hase parecido en cómo han llevado los trabajos; lo que he sentido muy mucho,
es, que por mandado del padre Tostado ha más de un mes que prendieron los dos
Descalzos que las confesaban, con ser grandes religiosos, y tener edificado a
todo el lugar cinco años que ha que están
allí, que es lo que ha sustentado la casa en lo que yo la dejé. Al menos el
uno, que llaman fray Juan de la Cruz, todos le tienen [9] por santo, y todas, y
creo que no se lo levantan; en mi opinión es una gran pieza: y puestos allí por
el visitador apostólico domínico, y por el Nuncio pasado, y estando sujetos al
visitador Gracián. No sé en qué parará. Mi pena es, que los llevaron, y no
sabemos a dónde; mas témese que los tienen apretados, y temo algún desmán. Dios
lo remedie.
11.-
V. S. me perdone, que me alargo tanto; y gusto, que sepa V. S. la verdad de lo
que pasa, por si fuere por allá el padre Tostado. El Nuncio le favoreció mucho
en viniendo, y dijo al padre Gracián, que no visitase. Y aunque por esto no
deja de ser comisario apostólico (porque ni el Nuncio había mostrado sus
poderes, ni, a lo que dice, le quitó) se fue luego a Alcalá, y allí, y en Pastrana se ha estado en una cueva padeciendo,
como he dicho, y no ha usado más de su comisión, sino estase allí, y
todo suspenso.
12.-
Él desea en gran manera no tornar a la visita, y todos lo deseamos, porque nos
está muy mal, si no es que Dios nos hiciese merced de hacer provincia, que si
no, no sé en qué ha de parar. Y en yendo allí me escribió, que estaba determinado, si fuese a visitar el
padre Tostado, de obedecerle, y que ansí lo hiciésemos todas. Él ni fue
allá, ni vino acá. Creo lo detuvo el Señor. Con todo dicen los padres, que él
lo hace todo, y procura la visita, que esto es lo que nos mata. Y
verdaderamente no hay otra causa de lo que a V. S. he dicho: que
en forma he descansado, con que sepa V. S. toda esta historia, aunque se canse
un poco en leerlo, pues tan obligado está V. S. a favorecer esta Orden. Y también, para que vea V. S. los inconvenientes
que hay para querer que vamos allá, con los que ahora diré, que es otra
barahúnda.
13.- Como yo no puedo dejar
de procurar por las vías que puedo, que no se deshaga este buen principio (ni
ningún letrado que me confiese me aconseja otra cosa) están estos padres muy
disgustados conmigo, y han informado a nuestro padre general de manera, que
juntó un Capítulo general, que se hizo: y ordenaron, y mandó nuestro padre
general, que ninguna Descalza pudiese salir de su casa, en especial yo: que
escogiese la que quisiese, so pena de descomunión. Vese claro, que es porque no
se hagan más fundaciones de monjas, y es lástima la multitud dellas que claman por estos monasterios; y como el número es
tan poco, y no se hacen más, no se puede recibir.
Y aunque el Nuncio
pasado mandó, que no dejase de fundar después desto, y tengo grandes patentes
del visitador apostólico para fundar, estoy muy determinada a no lo hacer, si
nuestro padre general, o el Papa, no ordenan otra cosa: porque como no queda
por mi culpa, háceme Dios merced, que estaba ya cansada. Puesto que para servir
a V. S. no fuera sino descanso, que es [10] recia cosa pensar de
no verle más; y si me lo mandasen, daríame gran consuelo. Y aunque esto no
hubiera del Capítulo general, las patentes que yo tenía de nuestro padre
general, no eran sino sólo para los reinos de Castilla, por donde era menester
mandato de nuevo. Yo tengo por cierto, que por ahora no lo dará nuestro padre
general.
Del Papa fácil sería,
en especial si se le llevase una probanza, que mandó hacer el padre Gracián, de
cómo viven en estos monasterios, y la vida que hacen, y provecho a otros a
donde están, que dicen, las podrían por ella canonizar, y de personas graves.
Yo no la he leído, porque temo se alarguen en decir bien de mí; mas yo mucho
querría se acabase con nuestro padre general, si hubiese de ser, y se pudiese,
para que tuviese por bien se funde en España, que sin salir yo, hay monjas que
lo pueden hacer: digo hecha la casa, enviarlas a ella, que se quita gran
provecho de las almas. Si V. S. se conociese con el protector de nuestra Orden,
que dicen es sobrino del Papa, él lo acabaría con nuestro padre general: y
entiendo será gran servicio de nuestro Señor, que V. S. lo procure, y hará gran
merced a esta Orden.
14.- Otro inconveniente hay (que quiero esté
advertido V. S. de todo) que el padre Tostado está admitido ya por
vicario general en ese reino, y sería recio caso caer en sus manos, en especial
yo; y creo lo estorbaría con todas sus fuerzas: que en Castilla, a lo que ahora
parece, no lo será. Porque como ha usado de su oficio, sin haber mostrado sus
poderes, en especial en esto de la Encarnación, y ha parecido muy mal; hanle
hecho dar los poderes, por una provisión real, al Consejo (y otra
le había notificado el verano pasado), y no se los han tornado a dar, ni creo
se los darán.
Y también tenemos para estos monasterios cartas de los
visitadores apostólicos, para que no seamos visitadas, sino de quien nuestro
padre general mandare, con que sea Descalzo. Allá, no habiendo nada desto,
presto irá la perfección por el suelo. V. S. verá cómo se podrán remediar todos
estos inconvenientes, que buenas monjas no faltarán para servir a V. S. Y el
Padre Julián de Ávila (que parece está ya puesto en el camino) besa las manos
de V. S. Está harto alegre de las nuevas (que él las sabía, antes que yo se las
dijese) y muy confiado, que ha V. S. de ganar mucho con ese cuidado delante de
nuestro Señor. María de san Gerónimo, que es la que era supriora desta casa, también besa las manos de V. S. Dice, que irá de
muy buena gana a servir a V. S. si nuestro Señor lo ordena. Su Majestad
lo guíe todo, como sea más para su gloria, y a V. S. guarde con mucho aumento
de amor suyo.
15.- No es maravilla, que ahora no pueda V.
S. tener el recogimiento que desea con novedades semejantes. Darale nuestro
Señor doblado, [11] como lo suele hacer, cuando se ha dejado por su
servicio, aunque siempre deseo, que procure V. S. tiempo para sí; porque en
esto está todo nuestro bien. Desta casa de san José de Ávila, a diez y seis de
enero de mil y quinientos y setenta y ocho años.
Suplico a V. S. no me atormente con
estos sobrescritos, por amor de nuestro Señor.
Indigna
sierva, y súbdita de V. S. I.
Teresa de Jesús.
Notas
1. Esta carta para el mismo señor prelado, recién
electo a la iglesia de Ébora. Anímalo en los números primero, y segundo, a que
espere en Dios, que le ayudaría en su ministerio, porque debía de ser grande su
temor; y tenía razón de temer el gobierno de almas, que los ángeles pueden
recelar: Onus humeris angelicis formidandum (Ses. 6, Can. 33, cap. 1) lo
llama el santo concilio de Trento.
Por
eso dijo san Bernardo, que deseaba más tener sobre su alma cien pastores, que
ser pastor de una sola; porque temía más los dientes del lobo, que el báculo
del pastor: Quis dabit mihi centum in mei custodiam deputari pastores! Nam
plus timeo dentes lupi, quam virgam pastoris (Epíst. 17).
2. No hay mayor locura,
que recibir con alegría una mitra. Por eso es verisímil, que no quiso el Señor
poner la tiara en la cabeza a san Pedro, cuando le preguntó: Petre amas me? Hasta
que le sacó las lágrimas a los ojos con la tercera pregunta: Et contristatus
est Petrus; quia dixit ei tertio, Petre amas me? (Joan. 21, v. 17). Porque
no conoce el peso desta dignidad, quien la recibe alegre. Y así luego que se
entristeció el santo, lo coronó el Señor, diciendo a la tercera vez: Pasce
oves meas. Y con la tiara en las sienes le puso al instante la cruz en los
hombros: anunciándole, como consta del texto, la gloriosa muerte que había de
suceder a su penosa vida.
3. Es muy discreta razón
la que dice en el número tercero: Cuanto más puede la nobleza virtuosa, que la
gente de menor calidad, para ayudar al servicio de Dios, y dícelo harto
cortesanamente. Y no hay duda, que un noble espiritual es una hacha encendida,
que alumbra a la ciudad; como lo es un vicioso, que la abrasa. Todavía la
verdadera nobleza depende de las virtudes: Quid enim prodest (dice san
Juan Crisóstomo) ei, quem sordidant mores, generatio clara? Aut quid nocet
illi generatio vilis, quem mores adornant? (D. Joan. Crysostom.).
4. Dale una gran
bendición en el número cuarto, donde dice: Que le dé Dios buenos ministros. Porque
para un oficio, como el de obispo, que no puede todo obrarlo por sí, es suma
felicidad el tenerlos.
Dícele
en el mismo número: Que le ayudarán mucho los de la Compañía de Jesús;
que es aprobación bien ilustre (como otras muchas, que hay en estas cartas) del
fervor, y espíritu desta santa religión.
5. Desde el número quinto comienza la Santa a
referir a este prelado [12]
las
insignes mortificaciones, que uno de los padres de la Observancia ocasionó a la Santa, y a las primeras columnas de la Descalcez. Y como parece por las corónicas, era el padre fray Gerónimo Tostado, que con muy santo celo iba dando muy santas disciplinas a todos aquellos que ayudaban
a la reformación.
a la reformación.
Esta
es la que llamaba santa Teresa persecución de los justos; y sin duda alguna es
la más sensible, y de menos recurso en lo natural. Porque cuando los buenos me
persiguen, los malos se huelgan, y ríen de mí, ¿a dónde tengo de recurrir
desdichado? Cuando me persiguen los malos, me ayudan los buenos; pero si me
persiguen los buenos ¿por ventura he de recurrir a los malos?
6. Es verdad (porque lo digamos todo) que
entonces es más seguro el amparo, cuando parece más irremediable la persecución. Porque Dios, que con secreta mano la gobierna, ya con la permisión, ya con la providencia, en teniendo labrada la
piedra, que va previniendo para su edificio, suele hacer, o que se rompa el
azote, y caiga a los pies del mortificado; o que la paciencia del uno de tales
luces al otro, que lo rinda, venza, y convenza. Desta manera venció Dios al
mundo y sus apóstoles: Sicut oves in medio luporum (Matth. 10, v. 16).
7. En el número sexto
defiende la inocencia de sus religiosas, y del venerable padre fray Gerónimo
Gracián; y con traer el ejemplo de san Gerónimo en el sufrimiento, insinúa, que
fueron las calumnias de la calidad, que las que se levantaron al santo, al cual
así se puede imitar en la tolerancia con que las padeció, como en la elocuencia
con que se defendió, como lo hace aquí santa Teresa. Porque el celo, y la
paciencia, no son contrarios, sino
diferentes; también por el nombre pudo aplicar el ejemplo.
8. Dice en el mismo
número: Que parecía, que Dios le había dado licencia al demonio para
perseguirlas; y a este propósito, puede ser, que hubiese dicho la Santa,
hablando del suelo, donde se levantó esta persecución: Que tenían los
demonios allí más poder para tentar, que en otras partes. Puede ser que
sea, porque es tan deliciosa la tierra, que es necesario en ella más esfuerzo, y cuidado para ganar el cielo. Que bien
hizo Abraham en escoger las montañas; mejor que Lot las delicias del
Jordán.
Esta licencia suele darla el Señor al demonio, para
hacer más meritorias las penas, y levantar las almas; como cuando dijo en su
Pasión dolorosa: Hæc est hora vestra, et potestas tenebrarum (Luc. 22,
v. 53). Esta es la hora, en que será grande el poder de las tinieblas. Y cuando
el demonio intentaba destruir el edificio de nuestra redención, con esas mismas
penas lo levantaba, y edificaba el Señor. Así sucedió a la Santa, y a su
espiritual reforma.
9. Desdijéronse al fin los testigos, como dice la
Santa en el número sétimo. Siempre vence a la calumnia la verdad. Puede escurecerse, pero no deshacerse; y aunque atribulada, al fin es coronada: acreditando el axioma admirable de san Gregorio, que no hay cosa para defenderse, y decirse, tan fuerte, y tan fácil, como la verdad: Nihil est ad defendendum, veritate tutius: nihil est ad dicendum, veritate facilius (D. Greg. in 3, p. pastor.
c. I,adm. 13). [13]
10. En el número octavo refiere la Santa otra
persecución, que padeció, y padecieron en Ávila las religiosas de la Encarnación, por haberla elegido segunda vez por prelada. Y en el siguiente
pondera el sentimiento que tuvo, de que por su cansa hubiese sucedido tanta inquietud, y desasosiego.
¡Qué propia censura de verdadera espiritual, echarse la culpa a sí, cuando la tienen los otros!
Puede ser, que gobernase la persecución el celo indiscreto; y con todo eso,
quiere imputarse la culpa, la misma que padece las penas.
El buen espiritual con todo quiere
cargar; con el descrédito de las culpas, para que le desestimen; y con las
penas, para que le mortifiquen, y lastimen.
Este era el desconsuelo de la Santa, y el consuelo; porque a la que desconsolaba
la parte inferior, alentaba la superior.
11. Por esto se ha de pasar, si ha de conseguir
la reformación de las costumbres, así en lo secular, como en lo regular, como lo procuraba la Santa. Porque preciso es, que lastimen, acongojen, y aflijan a los comprendidos; pues bien se ve, que no puede hacerse por ensalmo tan grande negocio.
Preciso es que ya el escoplo, ya el
mazo, ya el pico del celo, con que se obra la reformación, destruya, y quite de
lo malo, para que nazca, y crezca lo bueno.
12. Esta fue la jurisdicción, que Dios dio al
Profeta: Ut evellas, et destruas, et edifices, et plantes; (Jerem. 4, v. 10) y no puede hacerse
todo esto debajo de secreto natural, ni durmiendo el reformador, ni los reformados.
De
aquí nacen las quejas de los descontentos, teniendo por inquieta a la
reformación: Commovet populum, docens per umversam Judceam, incipiens a Galicea usque huc (Luc. 23, v. 5). Y alabando de santa, y suave la
quietud de la relajación; suave bien puede serlo, y dulce, pero no santa.
13. Nace de aquí también, como en santa Teresa,
el vivo desconsuelo del que reforma a los demás de que con su celo, y reformación causase inquietud en los Observantes, y desto naciese también la de los Descalzos; porque sentía verlos afligidos, y descontentos, cuando a todos los deseaba en Dios, alegres, y consolados.
Por esto, necesitada del celo al obrar,
acongojada del amor (porque desconsolaba en
los que obraba viéndose a sí misma ocasión, sino causa de discordias, la
que sólo deseaba ser promovedora de la paz) suspiraba, y se quejaba con el Profeta, cuando decía: Vos mihi
mater mea! Quare genuisti me virum vixa, virum
discordias in universa térra? (Jerem. 15, v. 10). Como si dijera: Soy,
Señor, fomento de pesadumbres, cuando deseo serlo de consuelos. Estos eran los
suspiros de santa Teresa en esta carta, viendo que padecía su convento, y sus
hijos por ella.
11.
En el número décimo alaba al venerable padre fray Juan de la Cruz, y refiere su
prisión, que debió de ser muy estrecha. Pero ¿por qué no había de serlo, si lo
labraba Dios para santo? Nunca cuesta poco lo que vale mucho. No de balde canta
la iglesia:
Tunsionibus, pressuris Expoliti lapides [14] Suis coaptantur locis.
Vivis edificiis.
No es posible, que venga a ser en la Iglesia de Dios
san Juan de la Cruz, si primero no hubiera sido fray Juan de la Cruz; porque
sin cruz puede haber fray Juan, pero no san Juan.
Bien se ve en este suceso, pues al mismo tiempo, que
el V. P. fray Juan de la Cruz estaba en la cruz de su prisión, santa Teresa
padecía la cruz, y tormento de sus penas. Y por eso la Santa está canonizada, y
al V. padre se trata en la Iglesia de canonizar. Bien acreditada queda con esto
la cruz.
15. Manifiesta en el número decimotercero la
constancia incontrastable al no dejar la empresa de la propagación de la reforma; y también descubre su resignación admirable, donde dice: Estoy muy determinada a no lo hacer, si nuestro padre general, o el Papa, no ordenan otra cosa.
16. Habla en el número decimocuarto del recurso
que se tuvo al Consejo, para que los despachos, que venían del general, y de su Capítulo, que en alguna manera impedían la
prosecución de la reforma, se retuviesen; y siempre se inclinaba la Santa a obedecer a su prelado ordinario, aunque sea con privilegio de otro superior, para no hacerlo, si quisiera.
Resignación es de heroico grado, obedecer contra el propio dictamen, pudiendo dejar de hacerle, reconociendo con san Gregorio, que es la obediencia la que trae al alma las virtudes, y la que dentro dellas las conserva: Obedientia sola virtus est, quæ menti cæteras virtutes inferit,incertasque custodit (D. Greg. lib. 35, in Job, c. 10).
Resignación es de heroico grado, obedecer contra el propio dictamen, pudiendo dejar de hacerle, reconociendo con san Gregorio, que es la obediencia la que trae al alma las virtudes, y la que dentro dellas las conserva: Obedientia sola virtus est, quæ menti cæteras virtutes inferit,incertasque custodit (D. Greg. lib. 35, in Job, c. 10).
Todavía
es buen texto en favor de los necesarios recursos a los reyes, cuando los pide
la necesidad de la causa; y de que Dios de todas manos se vale, para el bien de
las almas: pues quiso dar luz su divina Majestad entonces a los ministros de
España, para que viesen las conveniencias de la santa reformación, que no la
dio a los de Italia. Y así obrando todos con buena intención, los unos daban
más materia al merecimiento con la contradicción; y los otros, más aumento al
espíritu con el amparo. A los de Italia gobernaba el temor de que fuese esto de
Dios; a los de España, la confianza de que era
de Dios todo esto. Conque dándose, no sólo diversas, sino contrarias las
órdenes, ninguno pecaba: todos merecían, y se lograba mejor la empresa, y se
fundaba más seguramente con la contradicción.
También deste número, y del antecedente consta, que
este prelado quería que se fundase un convento de religiosas Carmelitas
descalzas en su diócesi, y que gozase de tan esclarecida reforma el reino de
Portugal. Pónele las dificultades, y ofrécele, para vencerlas, prudentísimos
medios desde el número decimotercio adelante.
17. En el decimoquinto le
consuela, de que no pueda andar muy recogido, estando muy ocupado; pero que
todavía tome tiempo para sí. Santo, y sano consejo a los prelados; pues ¿qué me
importa que todos se ganen, si me pierdo yo? Porque como dice el Señor: Quam
dabit homo commutationem pro anima sua? (Matth. 16, v. 26). Es menester
pedir a su Majestad, que nos ordene bien la caridad, como lo concedió a la
Esposa: Ordinavit in me charitatem (Cant. 2, v. 4); dándonosla [15] de suerte, que primero
sea para nosotros, y luego para los otros.
18. En la posdata de esta
carta se advierte, que no pudiendo la Santa tolerar las alabanzas, le pide a
este prelado, que modere los sobrescritos. Porque antes de la Pregmática del
señor rey Felipe II, solían ser muy magníficos; manifestando en esto, que así
atormenta al humilde el aplauso, como al soberbio la injuria, y que no sólo
sabía ser la Santa humilde, desestimada, sino también alabada, que es lo raro
que pondera san Bernardo: Non magnum est esse humilem in abjectione; magna
quidem, et rara virtus, humilitas honorata (D. Bern. Hom. 4, sup. missus.).
Fuente: Directorio Católico