Es propio del hombre sabio y prudente poner los medios para alcanzar los fines
que anhela. Lo hacemos en muchos órdenes de la vida: Ganar un premio en el
deporte, aprobar unas oposiciones importantes, lograr ser el primero en
determinada ciencia. Incluso llegamos a arriesgar la vida cuando se trata de
alcanzar un bien sumamente deseado.
Decía un filósofo que «quien tiene un porqué para vivir encontrará casi
siempre el cómo». Viktor Frankl, que cita esta frase al inicio de su libro
El hombre en busca de sentido, sobrevivió en un campo de concentración
nazi porque tenía un porqué para vivir.
¿Qué tienen las riquezas para dar al traste con la vida eterna? Dice Jesús
que difícilmente un rico entrará en el Reino de los cielos. Y, cuando los
discípulos se asombran ante semejante afirmación, Jesús aclara que difícilmente
entrará en el Reino de Dios quien pone su confianza en las riquezas. En sí
mismas, las riquezas no son malas. Pero tienen un poder esclavizante y
dominador. Las riquezas dan seguridad, acrecientan el orgullo y la soberbia,
empujan a la injusticia y la corrupción y endurecen el corazón hasta el punto de
olvidar y despreciar a los pobres, como en la famosa parábola del rico epulón y
el pobre Lázaro. Quien posee riquezas tiene el peligro de convertirlas en su
seguridad y, en último término, en su ídolo. En sus Ejercicios Espirituales,
San Ignacio de Loyola invita a meditar en el proceso que sigue el hombre,
enredado en las trampas del maligno, cuando desde la riqueza sube el peldaño del
vano honor del mundo hasta escalar la cima de la soberbia, que conduce a todos
los demás pecados. Y, al revés, quien sigue a Cristo, experimenta la llamada a
la pobreza hasta ponerse el mundo por montera y alcanzar la humildad, fundamento
de toda virtud.
El Papa Francisco ha dicho, desde el inicio de su pontificado, que quiere una
Iglesia pobre y para los pobres. Muchos, creyentes o no, lo han aplaudido y
vitoreado. Y se citan estas palabras como revolucionarias. Pero es muy posible
que, si escuchamos en primera persona la palabra de Jesús —vende todo y dalo a
los pobres— pensemos: esto no va conmigo. Porque, en una u otra medida, todos
somos ricos y hemos depositado nuestra confianza en aquello que nos da
confianza, seguridad y prestigio. Y cuanto más tenemos, más esclavos somos de
nuestras posesiones. Una Iglesia pobre y para los pobres comienza cuando cada
uno de nosotros acoge la palabra de Cristo en su corazón y descubre que le
ofrece la libertad, la vida plena, la riqueza absoluta. Algunos han comprendido
esto de manera inmediata y definitiva. San Antonio Abad escuchó en la Iglesia
estas palabras dirigidas al joven rico y las puso en práctica de inmediato. San
Francisco lo dejó todo y se desposó con la dama pobreza. Y así tantos otros, que
se han enriquecido de pobreza y han inundado al mundo con su alegría. Quizás
estas decisiones no las pide el Señor a todos cuantos le siguen. Pero la
exigencia de poner las riquezas a los pies, desconfiar de ellas y evitar que nos
esclavicen es para todo el que aspire a la vida eterna, que, aunque se nos ha
dado gratis por la redención de Cristo, sólo se alcanza cuando el hombre
comprende que no se puede servir a Dios y al dinero.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia
