Prosíguese
en la fundación del glorioso San José de Sevilla, y lo que se pasó en tener
casa propia.
1.
Nadie pudiera juzgar que en una ciudad tan caudalosa como Sevilla y de gente
tan rica había de haber menos aparejo de fundar que en todas las partes que había
estado. Húbole tan menos, que pensé algunas veces que no nos estaba bien tener
monasterio en aquel lugar. No sé si el mismo clima de la tierra, que he oído
siempre decir los demonios tienen más mano allí para tentar, que se la debe dar
Dios, y en esto (1) me apretaron a mí, que nunca me vi más pusilánime y cobarde
en mi vida que allí me hallé. Yo, cierto, a mí misma no me conocía.
2.
Pues habiendo estado allí desde este tiempo que digo (2) hasta poco antes de cuaresma,
que ni había memoria de comprar casa ni con qué, ni tampoco quien nos fiase
como en otras partes (que las que mucho habían dicho al padre Visitador
Apostólico que entrarían y rogádole llevase allí monjas, después les debía
parecer mucho el rigor y que no lo podían llevar; sola una, que diré adelante,
entró) (3), ya era tiempo de mandarme a mí venir de la Andalucía, porque se
ofrecían otros negocios por acá (4). A mí dábame grandísima pena dejar las
monjas sin casa, aunque bien veía que yo no hacía nada allí; porque la merced
que Dios me hace por acá de haber quien ayude a estas obras, allí no la tenía.
3.
Fue Dios servido que viniese entonces de las Indias un hermano mío que había
más de treinta y cuatro años que estaba allá, llamado Lorenzo de Cepeda (5),
que aun tomaba peor que yo en que las monjas quedasen sin casa propia. El nos
ayudó mucho, en especial en procurar que se tomase en la que ahora están. Ya yo
entonces ponía mucho con nuestro Señor, suplicándole que no me fuese sin
dejarlas casa y hacía a las hermanas se lo pidiesen y al glorioso San José, y
hacíamos muchas procesiones y oración a nuestra Señora. Y con esto, y con ver a
mi hermano determinado a ayudarnos, comencé a tratar de comprar algunas casas.
Ya que parecía se iba a concertar, todo se deshacía.
4.
Estando un día en oración, pidiendo a Dios, pues eran sus esposas y le tenían
tanto deseo de contentar, les diese casa, me dijo: ya os he oído; déjame a Mí.
Yo quedé muy contenta, pareciéndome la tenía ya, y así fue, y librónos Su Majestad
de comprar una que contentaba a todos por estar en buen puesto, y era tan vieja
y malo lo que tenía, que se compraba sólo el sitio en poco menos que la que
ahora tienen; y estando ya concertada, que no faltaba sino hacer las
escrituras, yo no estaba nada contenta. Parecíame que no venía esto con la
postrera palabra que había entendido en la oración; porque era aquella palabra,
a lo que me pareció, señal de darnos buena casa; y así fue servido que el mismo
que la vendía, con ganar mucho en ello, puso inconveniente para hacer las
escrituras cuando había quedado; y pudimos, sin hacer ninguna falta, salirnos
del concierto, que fue harta merced de nuestro Señor. Porque en toda la vida de
las que estaban se acabara de labrar la casa, y tuvieran harto trabajo y poco
con qué.
5.
Mucha parte fue un siervo de Dios, que casi desde luego que fuimos allí, como
supo que no teníamos misa, cada día nos la iba a decir, con tener harto lejos
su casa y hacer grandísimos soles. Llámase Garciálvarez, persona muy de bien y
tenida en la ciudad por sus buenas obras, que siempre no entiende en otra cosa;
y a tener él mucho, no nos faltara nada. El, como sabía bien la casa, parecíale
gran desatino dar tanto por ella, y así cada día nos lo decía, y procuró no se
hablase en ella más; y fueron él y mi hermano a ver en la que ahora están.
Vinieron tan aficionados, y con razón, y nuestro Señor que lo quería, que en
dos o tres días se hicieron las escrituras (6).
6.
No se pasó poco en pasarnos a ella, porque quien la tenía no la quería dejar, y
los frailes franciscos, como estaban junto, vinieron luego a requerirnos que en
ninguna manera nos pasásemos a ella; que a no estar hechas con tanta firmeza
las escrituras, alabara yo a Dios que se pudieran deshacer; porque nos vimos a
peligro de pagar seis mil ducados que costaba la casa, sin poder entrar en
ella. Esto no quisiera la priora (7), sino que alababa a Dios de que no se
pudiesen deshacer; que le daba Su Majestad mucha más fe y ánimo que a mí en lo
que tocaba a aquella casa, y en todo le debe tener, que es harto mejor que yo.
7.
Estuvimos más de un mes con esta pena. Ya fue Dios servido que nos pasamos la
priora y yo y otras dos monjas una noche, porque no lo entendiesen los frailes
hasta tomar la posesión, con harto miedo. Decían los que iban con nosotras, que
cuantas sombras veían les parecían frailes. En amaneciendo, dijo el buen
Garciálvarez, que iba con nosotros, la primera misa en ella, y así quedamos sin
temor.
8.
¡Oh Jesús!, ¡qué de ellos he pasado al tomar de las posesiones! Considero yo si
yendo a no hacer mal, sino en servicio de Dios, se siente tanto miedo, ¿qué
será de las personas que le van a hacer, siendo contra Dios y contra el
prójimo? No sé qué ganancia pueden tener ni qué gusto pueden buscar con tal
contrapeso.
9.
Mi hermano aún no estaba allí, que estaba retraído (8) por cierto yerro que se
hizo en la escritura, como fue tan aprisa, y era en mucho daño del monasterio
y, como era fiador, queríanle prender; y como era extranjero, diéranos harto
trabajo, y aun así nos le dio, que hasta que dio hacienda en que tomaron
seguridad hubo trabajo. Después se negoció bien, aunque no faltó algún tiempo
de pleito, porque hubiese más trabajo. Estábamos encerradas en unos cuartos
bajos, y él estaba allí todo el día con los oficiales y nos daba de comer, y
aun harto tiempo antes. Porque aun como no se entendía de todos ser monasterio,
por estar en una casa particular, había poca limosna, si no era de un santo
viejo prior de las Cuevas, que es de los cartujos, grandísimo siervo de Dios (9).
Era de Avila, de los Pantojas. Púsole Dios tan grande amor con nosotras, que
desde que fuimos, y creo le durará hasta que se le acabe la vida, el hacernos
bien de todas maneras. Porque es razón, hermanas, que encomendéis a Dios a
quien tan bien nos ha ayudado, si leyereis esto, sean vivos o muertos, lo pongo
aquí. A este santo debemos mucho.
10.
Estúvose más de un mes, a lo que creo (que en esto de los días tengo mala
memoria, y así podría errar; siempre entended "poco más o menos",
pues en ello no va nada). Este mes trabajó mi hermano harto en hacer la iglesia
de algunas piezas y en acomodarlo todo, que no teníamos nosotras que hacer.
11.
Después de acabado, yo quisiera no hacer ruido en poner el Santísimo
Sacramento, porque soy muy enemiga de dar pesadumbre en lo que se puede
excusar, y así lo dije al padre Garciálvarez y él lo trató con el padre prior
de las Cuevas, que si fueran cosas propias suyas, no lo miraran más que las
nuestras. Y parecióles que para que fuese conocido el monasterio en Sevilla, no
se sufría sino ponerse con solemnidad, y fuéronse al Arzobispo. Entre todos
concertaron que se trajese de una parroquia el Santísimo Sacramento con mucha
solemnidad, y mandó el Arzobispo se juntasen los clérigos y algunas cofradías,
y se aderezasen las calles.
12.
El buen Garciálvarez aderezó nuestra claustra, que como he dicho servía
entonces de calle (10), y la iglesia extremadísimamente y con muy buenos
altares e invenciones. Entre ellas tenía una fuente, que el agua era de azahar,
sin procurarlo nosotras ni aun quererlo, aunque después mucha devoción nos
hizo. Y nos consolamos ordenasen nuestra fiesta con tanta solemnidad y las
calles tan aderezadas y con tanta música y ministriles, que me dijo el santo
prior de las Cuevas que nunca tal había visto en Sevilla, que conocidamente se
vio ser obra de Dios. Fue él en la procesión, que no lo acostumbraba. El
Arzobispo puso el Santísimo Sacramento (11).
Veis
aquí, hijas, las pobres Descalzas honradas de todos; que no parecía, aquel
tiempo antes (12), que había de haber agua para ellas, aunque hay harto en
aquel río. La gente que vino fue cosa excesiva.
13.
Acaeció una cosa de notar, a dicho de todos los que la vieron: como hubo tantos
tiros de artillería y cohetes, después de acabada la procesión, que era casi noche,
antojóseles de tirar más, y no sé cómo se prende un poco de pólvora, que tienen
a gran maravilla no matar al que lo tenía. Subió gran llama hasta lo alto de la
clausura, que tenían los arcos cubiertos con unos tafetanes, que pensaron se
habían hecho polvo, y no les hizo daño poco ni mucho, con ser amarillos y de
carmesí. Y lo que digo que es de espantar, es que la piedra que estaba en los
arcos, debajo del tafetán, quedó negra del humo, y el tafetán, que estaba
encima, sin ninguna cosa más que si no hubiera llegado allí el fuego.
14.
Todos se espantaron cuando lo vieron. Las monjas alabaron al Señor por no tener
que pagar otros tafetanes. El demonio debía estar tan enojado de la solemnidad
que se había hecho y ver ya otra casa de Dios, que se quiso vengar en algo y Su
Majestad no le dio lugar. Sea bendito por siempre jamás, amén.
NOTAS CAPÍTULO 25
1 En esto:
lectura dudosa. Había escrito "este" y corrigió "esto".
Comúnmente los editores trascriben en ésta (tierra), a costa de la buena tierra
andaluza, que no cayó en gracia a la santa avilesa.
2 Desde el 26 de
mayo de 1575 hasta entrado febrero del año siguiente: casi 9 meses. - Visitador
Apostólico: Gracián.
3 Beatriz de la
Madre de Dios. Cf. c. 26.
4 Cf. c. 27, n 18, 19.
5 D. Lorenzo de
Cepeda (1519-1580), que había partido para América en 1540, regresaba ahora a
los 35 años de ausencia, viudo pero acompañado de sus tres hijos, Francisco,
Lorenzo y Teresita, y de su hermano Pedro. Desembarcó en Sanlúcar de Barrameda
en agosto de 1575, y pasó en seguida a ser dirigido e hijo espiritual de su
santa hermana. Cf. Epistolario, y especialmente la Relación 46.
6 Las escrituras
se firmaron el 5 de abril de 1576. Costó la casa 6.000 ducados, pero, según la
Santa en carta al P. Mariano (9/5/1576), era tal que "todos dicen que fue
de valde... no se hiciera ahora con 20.000 ducados".
7 María de San
José.
8 Mi hermano
(Lorenzo) ... estaba retraído: es decir, acogido a un templo o lugar sagrado,
para no ser preso por la justicia, que entonces respetaba este privilegio
eclesiástico. El yerro incurrido se refería al pago de la alcabala de la casa:
"En el escribano fue el yerro de lo de la alcabala", escribía la
Santa al P. Mariano (loc. cit.).
9 Fernando
Pantoja, que fue Prior de la Cartuja de Santa María de las Cuevas desde 1567
hasta 1580. Sobre los favores por él hechos a las Descalzas de Sevilla, véase
un documento curioso en B.M.C., t. 6, pp. 250-251. - La frase siguiente queda
incompleta: Púsole Dios tan grande amor..., que desde que fuimos no cesó de
hacernos bien...
10 La claustra
es probablemente el patio abierto de la casa o bien los soportales externos con
arcadas a modo de claustro; hablará de ella en el n. 13, pero nunca ha dicho
que servía de calle. (En el Epistolario, claustra es el "claustro" o
corredor en torno al patio interno, que debía servir para cementerio de las
religiosas (cf. cartas a María de San José, 6/5/1577 y 15/5/1577).
11 Era el 3 de
junio de 1576. - Terminada la procesión, arrodillóse la Santa ante el Prelado,
quien le dio subendición; pero cuál no sería la confusión de la Fundadora
cuando vio que el Arzobispo se arrodillaba a su vez y pedía lo bendijese ante
el inmenso gentío de sevillanos; pocos días después (15 de junio) escribía a la
M. Ana de Jesús: "Mire qué sentiría cuando viese un tan gran Prelado
arrodillado delante de esta pobre mujercilla, sin quererse levantar hasta que
le echase la bendición en presencia de todas las Religiones y cofradías de
Sevilla" (B.M.C., t. 18, p. 469; no poseemos el texto auténtico de esta
carta teresiana).
12 Aquel tiempo
antes: poco antes.
Fuente: Mercaba
