Desde el principio de su ministerio, Jesús conocía bien su destino.
Poco a poco prepara a sus discípulos para dárselo a conocer. Y, cuando lo hace,
quiere saber primero qué piensan de él. Sólo desde su identidad pueden entender
su destino.
La persona de Jesús era un enigma para el pueblo. Conocían sus
orígenes —aunque no el misterio que los rodeaba—, conocían a sus familiares y su
oficio de artesano. Habían oído su predicación y habían visto curaciones. Todo
ello les llenaba de admiración.
La pregunta de Jesús —«vosotros, ¿quién decís que soy?»—, no
puede ser más directa. La gente decía que era Juan Bautista, Elías o un profeta.
Todos del pasado. Pedro responde categóricamente: «tú eres el Mesías». Y Jesús
le manda callar. Pero a continuación, comenzó a instruirles por si se habían
hecho una idea triunfante del Mesías. Les explicó su destino de muerte y
resurrección. Y san Marcos añade que «se lo explicaba con toda claridad». No
había, por tanto, posibilidad de duda. De ahí que Pedro, volviendo sobre sus
pasos, se atrevió a increparlo en solitario.
Y Jesús, de cara a los discípulos,
increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no
como Dios!». Quien lea esta misma escena en el evangelio de san Mateo, se dará
cuenta de que se narra de otra manera. Pedro queda mejor, pues primero recibe la
felicitación de Cristo por haber conocido la verdadera identidad de Jesús, lo
cual le merece la promesa del Primado; y sólo después, en una escena posterior,
narra el reproche a Pedro por intentar apartar a Jesús de su camino.
Es claro que, aunque Pedro recibiera la revelación sobre quién
era Jesús, no comprendió el alcance de su destino. Se quedó en el umbral del
conocimiento de su identidad, que sólo llegaría en la Resurrección. Pedro se
mueve en un claroscuro que alterna el pensamiento de Dios y el de los hombres.
Es el tipo de hombre que quiere creer, pero se resiste a aceptar las
consecuencias últimas de la fe. Busca la fe fácil, adaptada a su medida. Una fe
amaestrada por la razón que impone sus criterios sobre lo que Dios debe hacer o
no. La fe de tantos hombres de hoy que se atreven a decir: Esto es digno de Dios
y esto no. Como si el hombre pudiera dictarle a Dios cómo debe proceder. «El
único camino —escribe F.F. Bruce— para descubrir qué es una cosa digna de la
acción de Dios es considerar lo que Dios ha hecho realmente. El hombre que dice
“yo no podría tener una alta opinión de un Dios que hiciera (o no hiciera) esto
o aquello” no añade nada a nuestro conocimiento de Dios; él nos dice simplemente
algo sobre sí mismo».
La cruz es el mayor enigma de la vida de Cristo. Los griegos la
definían como necedad o locura; para los judíos era un escándalo. Y aunque Jesús
habló con toda claridad, Pedro se revuelve contra la cruz y su Maestro tiene que
reprenderle delante de los discípulos, a pesar de haberle prometido el Primado.
Como si quisiera advertirle de que a lo largo de su vida debería vivir en el
claroscuro de la fe, atento a cualquier maniobra del enemigo que le ofreciera
una fe sin cruz, sin escándalo, sin locura. Una fe amañada por los intereses
humanos que olvidan las palabras últimas del evangelio de hoy: «El que quiera
venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc
8,34).
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
