Un
conmovedor testimonio que la protagonista ha querido compartir con los lectores
de Aleteia
Agradecemos la valentía de su autora, que quiere permanecer en el anonimato, y
esperamos que este relato toque los corazones de quienes lo lean
Me animé a escribir este
testimonio después de haber leído el artículo que publicaron hace unos días
sobre los bebés concebidos en una violación. Han pasado tres años desde que me
enteré que fui concebida de esa manera y es la primera vez que hablo tan extenso
de esto.
Era una religiosa consagrada en el momento de la violación (había hecho los votos perpetuos 5 años antes de mi nacimiento).
Sé que ella era una gran religiosa, ella tenía (aún tiene) la misma mentalidad
del Papa Juan Pablo II: darles protagonismo a los jóvenes dentro de la Iglesia.
Hay muchas cosas que aún
desconozco sobre lo que sucedió porque me enteré por medio de algunas cartas
viejas que le escribieron a mi mamá en esa época. Todo el embarazo mi madre lo
pasó lejos de su país, recibiendo cartas de su familia, su mejor amigo (un
sacerdote, que es mi padrino de bautizo) y algunas de sus hermanas de la
Comunidad.
Siento que Dios comenzó a
actuar desde un principio por medio de la madre superiora de la Congregación, cuya
única preocupación desde un principio fue protegerla; ella, junto con la
familia de mi mamá, había pensado que lo mejor sería alejarla de su
entorno para que ella pudiese tomar una decisión sin presiones y también para
proteger a la Comunidad de las hermanas. Ella
decidiría si darme en adopción y regresar a la comunidad, o dejar los hábitos y
ser mamá.
Sé que Dios se ha manifestado
a través de las personas que rodeaban a mi madre en ese entonces, y pude palpar
cómo iban avanzando los sentimientos a través de los meses (no tenía las cartas
que había escrito mi mamá, pero tenía las respuestas).
He leído todas sus cartas más
de una vez, y siempre mis favoritas han sido 3. Cada una tiene algunos meses de
diferencia, por lo que los ánimos y emociones son diferentes, y creo que me
ayudarán a dar un mejor testimonio.
Pude notar cómo al principio
todo estaba nublado para ella, cómo había sentimientos
de culpabilidad (esto
es muy común por lo que entiendo, no sólo afectan a la víctima sino a todo su
entorno porque piensan que podría haberse evitado), cómo ninguna solución parecía ser la correcta
y en realidad la única respuesta clara era encomendarse a Dios.
En una de las cartas, mi
padrino le escribió lo siguiente: “Mi querida R., aún estos días me atormenta
pensar por qué no estaba yo ahí para defenderte y por qué ha permitido que esto
te suceda a ti, pero he
encontrado un poco de calma en la Palabra de Dios, con la lectura de Job. Dios
nos pone a prueba para ver nuestra fidelidad, sé que saldrás
bien de esta, como siempre lo haces!”.
Leer sobre eso en un primer
momento fue lo más parecido a un baldazo de agua fría. Creo que a todos nos gusta pensar que hemos sido
planeados y amados (o
por lo menos amados) desde el primer momento, pero la realidad es que aunque al principio no sea así, o en muchos casos nunca sea
así, Dios sí nos ama desde el momento en que nos planea en este mundo.
Yo tardé bastante en comprenderlo, pero la clave fue agarrarme de la mano de
Dios para comprender que sí tenía un propósito.
Conforme iba pasando el
tiempo, pude notar que la gente que nos rodeaba me había tomado cariño, cómo me
tomaban en cuenta en cada situación posible. Ya no era solo el bien de mi mamá,
sino también el mío, porque aunque al principio fue difícil de entender, las decisiones
que ella tomaría también iban a afectarme a mí. Todos comenzaban a vernos como
una familia.
Una religiosa le envió una
tarjetita de buenos deseos con el siguiente texto: “Querida R., espero que te
encuentres bien. Te encomiendo siempre en mis oraciones, a ti y a esa criatura
que traes en tu vientre. Pobrecita mía, ella no tiene la culpa de nada, es una
inocente que no tiene por qué pagar los errores de otro. Querida R., fuerza!”.
En ese momento lo comprendí
todo, y estoy segura que mi mamá también comenzó a superar su depresión
alrededor de la época que llegó la carta. “Bueno eso es, soy la hija de una
violación, puedo quedarme lamentándome de ser un accidente o puedo agradecer a
Dios cada día por haberme permitido vivir y crecer con una gran mamá”. Leer esa
pequeña tarjetita fue como volver a nacer. Conforme he ido creciendo, he ido
descubriendo los planes que Dios me había preparado, y ahora que sé de dónde
vengo, tengo muchas más ganas de cumplirlos porque siento que Él me ha dado una
oportunidad que es negada a millones de bebés cada día.
Finalmente llego el día de mi
nacimiento, en diciembre de 1993. Llegué totalmente sana gracias a Dios y mi
madre también estuvo en perfecto estado de salud. Este pequeño texto se lo
escribió mi padrino ese día: “Querida R., gracias. Gracias porque hoy le dices
sí a la vida” No puedo decir que ahí todo se volvió más fácil pues quedaban
muchas cosas delicadas, entre ellas pedir a la Santa Sede la dispensa de los
votos explicando los motivos que la obligaban a eso.
Pero Dios no permite un mal
sin sacar algo bueno de él; y después de mi nacimiento, mi mamá consiguió
trabajo en la Conferencia Episcopal de mi país, logrando, después de unos años,
ser la responsable nacional del área de juventud. Él no permitió que ella se alejara
de su opción de trabajar por los demás, por los jóvenes, aun así no era lo que
había planeado a un principio. Yo crecí en ese ambiente, con jóvenes cercanos a
Dios que no les daba vergüenza su fe, que seguían a Jesús y amaban a la Virgen
María; por eso mismo hoy soy una joven enamorada de su fe y su Iglesia.
Ya para concluir, solo me
queda agradecer a Dios por la oportunidad que me ha dado, primero de llegar a
este mundo y segundo de crecer al lado de una madre que nunca consideró el
aborto como una opción. No ha sido nada fácil, sobre todo para ella, pero cada
noche nos encomendamos a Dios y les pedimos su intercesión a todos aquellos que
nos han dejado, entre ellas la superiora del convento.
Hemos aprendido todo juntas,
creo que ser sólo las dos hace que tengamos un vínculo especial, y creo que la
manera en cómo yo llegue a su vida hace que el amor que ella me tiene sea
diferente por todas las situaciones que tuvo que pasar para llegar hasta donde
estamos ahora.
Espero que este testimonio
les sirva de algo a aquellas mujeres que, como mi mamá, están ahora mismo
decidiendo el futuro de sus hijos. ¡Por favor, nunca piensen en el aborto! Dios
les tiene un amor especial y grandes planes a los niños que han venido sin ser
deseados, y a las mamás les tiene una gran recompensa por decirle sí a la vida
a pesar de que esta vida venga de una situación tan triste. Y a las personas
que han sido concebidas por una violación: ¡por favor, honren a Dios cada día
de su vida!
Fuente: Aleteia
