Siempre que se acerca
esta fecha ocurren tres cosas importantes
Mañana es mi cumpleaños. Siempre que se acerca esta fecha ocurren tres
cosas importantes:
1) Me acosan las tentaciones más insólitas.
2)
Hago propósitos para vivir el año
3) Me confieso
Por algún motivo
de pronto, inesperadamente tengo estas tentaciones, y a punto
de caer, a un segundo de rodar por el fango, me digo: “Señor, te prefiero a Ti”.
Y de pronto, llega la gracia. Lo que era oscuridad se ilumina de formas
misteriosas que nunca he logrado comprender. Veo todo con tal claridad y me doy
cuenta que Dios siempre estuvo a mi lado.
Su pedagogía no la supera
nadie. Es dolorosa. Incomprensible. Pero tiene aires de eternidad. Somos sus
hijos y Él es nuestro Padre. Me encanta saber que es mi
Padre.
Unos días previos pienso mucho en los propósitos para el
año que estoy por vivir.
Un año pensé en la confianza. Y me
cayeron todos los males que puedas imaginar. Ahora me cuido mucho al elegir
estos propósitos.
He pensado mucho en la misa y dónde me siento. Suele
ser atrás, de último. Recordé cuando fui Ministro Extraordinario de la Comunión.
Un día el buen sacerdote me pidió que me sentara a su lado durante la
Eucaristía. Detrás de nosotros estaba el sagrario. Por esas ocurrencias mías
volví a mirar hacia atrás y le decía: “Hola Jesús. ¿Estás allí?”. Me impactaba
profundamente saberlo tan cercano.
Prosiguió la misa. El sacerdote elevó
la hostia consagrada e ingenuamente pensé: “Jesús quiere ver mejor a los que han
venido a misa para bendecirlos”.
De pronto empiezan a cantar esta bella
canción:
Tan cerca de ti.
Tan cerca de mí,
que hasta lo puedo
tocar,
Jesús está aquí.
Apenas podía
creerlo. Volví a verlo y le sonreí emocionado.
Sentí su presencia
amorosa. Lo sabía a mi lado, conmigo, con todos. Sí… Jesús estaba
allí, conmigo, contigo. Experimenté emociones nuevas y me emocioné como
un niño.
Sólo podía decir: “Qué bueno eres Jesús”.
Este año quiero
sentarme cerca de Jesús, al frente, no de último, durante las misas. Y cuando el
sacerdote lo eleve, aprovecharé para saludarlo y decirle entusiasmado: “Aquí
estoy Jesús”.
El propósito más importante que me hice fue éste: “Amarlo
más”.
Dedicaré este año de mi vida en amar a Jesús. No me
distraeré con las redes sociales, ni con profecías, ni las cadenas, ni nada que
distraiga mi atención. Porque amando a Jesús podré amar más a mi familia, a los
que me rodean, al pobre, al que nunca volteo a ver.
Como mi amor
es imperfecto y limitado, le he pedido a la Virgen un poquito de su Amor, que es
puro, perfecto, ilimitado.
Quiero amarlo como cuando era un niño y
cruzaba la calle para verlo en aquella capilla de las Siervas de María. Quiero
tenerlo contento. Deseo ser agradecido, como aquél leproso al que Jesús curó y
se devolvió para darle las gracias.
Si amo más podré ser humilde y
agradecido. Hay tanto en mí que debo cambiar... Y no tengo las fuerzas
para hacerlo. Pero Él sí. Y sé que lo hará.
Por último, una buena
confesión. Empezaré este camino con el alma limpia. Así podremos estar
juntos Él y yo. Mi mejor amigo. Mi gran amigo. ¡Qué maravilla!
Anhelo ser
un sagrario vivo y llevar a Jesús a los demás, donde quiera que vaya para que
todos lo sientan, lo conozcan y lo amen. Son cosas que están más allá de nuestra
pobre humanidad. Pero sé que nada hay imposible para Él.
Y tú querido
lector, recuérdame ante el sagrario.
Dios te bendiga.
Fuente: Aleteia
