Avisa los daños que puede causar a
gente espiritual no entender cuándo ha de resistir al espíritu. Trata de los
deseos que tiene el alma de comulgar. El engaño que puede haber en esto. Hay
cosas importantes para las que gobiernan estas casas (1).
1.
Yo he andado con diligencia procurando entender de dónde procede un
embebecimiento grande que he visto tener a algunas personas a quien el Señor
regala mucho en la oración, y por ellas no queda el disponerse a recibir
mercedes. No trato ahora de cuando un alma es suspendida y arrebatada de Su
Majestad, que mucho he escrito en otras partes de esto (2), y en cosa semejante
no hay que hablar, porque nosotros no podemos nada, aunque hagamos más por
resistir, si es verdadero arrobamiento.
Hase de notar que en éste dura poco la
fuerza que nos fuerza a no ser señores de nosotros. Mas acaece muchas veces
comenzar una oración de quietud, a manera de sueño espiritual, que embebece el
alma de manera que, si no entendemos cómo se ha de proceder aquí, se puede
perder mucho tiempo y acabar la fuerza por nuestra culpa y con poco
merecimiento.
2.
Querría saberme dar aquí a entender, y es tan dificultoso, que no sé si saldré
con ello; mas bien sé que, si quieren creerme, lo entenderán las almas que
anduvieren en este engaño. Algunas sé que se estaban siete u ocho horas, y
almas de gran virtud, y todo les parecía era arrobamiento; y cualquier
ejercicio virtuoso las cogía (3) de tal manera que luego se dejaban a sí
mismas, pareciendo no era bien resistir al Señor; y así poco a poco se podrán
morir o tornar tontas, si no procuran el remedio. Lo que entiendo en este caso
es, que como el Señor comienza a regalar el alma y nuestro natural es tan amigo
de deleite, empléase tanto en aquel gusto, que ni se querría menear ni por ninguna
cosa perderle.
Porque, a la verdad, es más gustoso que los del mundo, y cuando
acierta en natural flaco o de su mismo natural el ingenio (o por mejor decir,
la imaginación) no variable, sino que aprehendiendo en una cosa se queda en
ella sin más divertir, como muchas personas, que comienzan a pensar en una
cosa, aunque no sea de Dios, se quedan embebidas o mirando una cosa sin
advertir lo que miran: una gente de condición pausada, que parece de descuido
se les olvida lo que van a decir; así acaece acá, conforme a los naturales o
complexión o flaqueza, o que si tienen melancolía, harálas entender mil
embustes gustosos (4).
3.
De este humor hablaré un poco adelante; (5) mas aunque no le haya, acaece lo
que he dicho, y también en personas que de penitencia están gastadas, que como
he dicho en comenzando el amor a dar gusto en el sentido, se dejan tanto llevar
de él, como tengo dicho. Y a mi parecer, amarían muy mejor no dejándose
embobar, que en este término de oración pueden muy bien resistir. Porque como cuando
hay flaqueza se siente un desmayo que ni deja hablar ni menear, así es acá si
no se resiste; que la fuerza del espíritu, si está flaco el natural, le coge y
sujeta.
4.
Podránme decir que qué diferencia tiene esto de arrobamiento, que lo mismo es,
al menos al parecer. Y no les falta razón, mas no al ser (6). Porque en
arrobamiento o unión de todas las potencias como digo dura poco y deja grandes
efectos y luz interior en el alma con otras muchas ganancias, y ninguna cosa
obra el entendimiento, sino el Señor es el que obra en la voluntad. Acá (7) es
muy diferente; que, aunque el cuerpo está preso, no lo está la voluntad, ni la
memoria ni entendimiento, sino que harán su operación desvariada, y por
ventura, si han asentado en una cosa, aquí darán y tomarán (8).
5.
Yo ninguna ganancia hallo en esta flaqueza corporal que no es otra cosa, salvo
que tuvo buen principio; mas sirva para emplear bien este tiempo, que tanto
tiempo embebidas; mucho más se puede merecer con un acto y con despertar muchas
veces la voluntad para que ame más a Dios, que no dejarla pausada. Así aconsejo
a las prioras que pongan toda la diligencia posible en quitar estos pasmos tan
largos; que no es otra cosa, a mi parecer, sino dar lugar a que se tullan las
potencias y sentidos para no hacer lo que su alma les manda; y así la quitan la
ganancia que, andando cuidadosos, le suelen acarrear. Si entiende que es
flaqueza, quitar los ayunos y disciplinas (digo los que no son forzosos, y a
tiempo puede venir que se puedan todos quitar con buena conciencia), darle
oficios para que se distraiga (9).
6.
Y aunque no tenga estos amortecimientos, si trae muy empleada la imaginación,
aunque sea en cosas muy subidas de oración, es menester esto, que acaece
algunas veces no ser señoras de sí. En especial, si han recibido del Señor
alguna merced trasordinaria (10) o visto alguna visión, queda el alma de manera
que le parecerá siempre la está viendo, y no es así, que no fue más de una vez.
Es menester quien se viere con este embebecimiento muchos días, procurar mudar
la consideración; que, como sea en cosas de Dios, no es inconveniente más que
estén en uno que en otro, como se empleen en cosas suyas, y tanto se huelga
algunas veces que consideren sus criaturas y el poder que tuvo en criarlas,
como pensar en el mismo Criador.
7.
¡Oh desventurada miseria humana, que quedaste tal por el pecado, que aun en lo
bueno hemos menester tasa y medida para no dar con nuestra salud en el suelo de
manera que no lo podamos gozar! Y verdaderamente conviene (11) a muchas personas,
en especial a las de flacas cabezas o imaginación, y es servir más a nuestro
Señor y muy necesario entenderse. Y cuando una viere que se le pone en la
imaginación un misterio de la Pasión o la gloria del cielo o cualquier cosa
semejante, y que está muchos días que, aunque quiere, no puede pensar en otra
cosa ni quitar de estar embebida en aquello, entienda que le conviene
distraerse como pudiere; si no, que vendrá por tiempo a entender el daño, y que
esto nace de lo que tengo dicho: o flaqueza grande corporal, o de la
imaginación, que es muy peor.
Porque así como un loco si da en una cosa no es
señor de sí, ni puede divertirse ni pensar en otra, ni hay razones que para
esto le muevan, porque no es señor de la razón, así podría suceder acá, aunque
es locura sabrosa, o que si tiene humor de melancolía, puédele hacer muy gran
daño. Yo no hallo por dónde sea bueno, porque el alma es capaz para gozar del
mismo Dios. Pues si no fuese alguna cosa de las que he dicho (12), pues Dios es
infinito, ¿por qué ha de estar el alma cautiva a sola una de sus grandezas o
misterios, pues hay tanto en que nos ocupar? Y mientras en más cosas
quisiéremos considerar suyas, más se descubren sus grandezas.
8.
No digo que en una hora ni aun en un día piensen en muchas cosas, que esto
sería no gozar por ventura de ninguna bien; que como es (13) cosas tan
delicadas, no querría que pensasen lo que no me pasa por pensamiento decir, ni
entendiesen uno por otro. Cierto, es tan importante entender este capítulo
bien, que aunque sea pesada en escribirle, no me pesa, ni querría le pesase a
quien no le entendiere de una vez, leerle muchas, en especial las prioras y
maestras de novicias que han de guiar en oración a las hermanas. Porque verán,
si no andan con cuidado al principio, el mucho tiempo que será después menester
para remediar semejantes flaquezas.
9.
Si hubiera de escribir lo mucho de este daño que ha venido a mi noticia, vieran
tengo razón de poner en esto tanto. Una sola quiero decir y por ésta sacarán
las demás: están en un monasterio de éstos una monja y una lega (14), la una y
la otra de grandísima oración, acompañada de mortificación y humildad y
virtudes, muy regaladas del Señor, y a quien (15) comunica de sus grandezas;
particularmente tan desasidas y ocupadas en su amor, que no parece, aunque
mucho las queramos andar a los alcances, que dejan de responder, conforme a
nuestra bajeza, a las mercedes que nuestro Señor les hace. He tratado tanto de
su virtud, porque teman más las que no la tuvieren.
Comenzáronles unos ímpetus
grandes de deseo del Señor, que no se podían valer. Parecíales se les aplacaba
cuando comulgaban, y así procuraban con los confesores fuese a menudo, de
manera que vino tanto a crecer esta su pena, que si no las comulgaban cada día,
parecía que se iban a morir. Los confesores, como veían tales almas y con tan
grandes deseos, aunque el uno era bien espiritual, parecióle convenía este
remedio para su mal.
10.
No paraba sólo en esto, sino que a la una eran tantas sus ansias, que era
menester comulgar de mañana para poder vivir, a su parecer; que no eran almas
que fingieran cosa, ni por ninguna de las del mundo dijeran mentira. Yo no
estaba allí y la priora (16) escribióme lo que pasaba y que no se podía valer
con ellas, y que personas tales decían que, pues no podían más, se remediasen
así. Yo entendí luego el negocio, que lo quiso el Señor; con todo, callé hasta
estar presente, porque temí no me engañase, y a quien lo aprobaba era razón no
contradecir hasta darle mis razones.
11.
El era tan humilde, que luego como fui allá y le hablé, me dio crédito. El otro
(17) no era tan espiritual, ni casi nada en su comparación; no había remedio de
poderle persuadir. Mas de éste se me dio poco, por no le estar tan obligada. Yo
las comencé a hablar y a decir muchas razones, a mi parecer bastantes para que
entendiesen era imaginación el pensar se morirían sin este remedio. Teníanla
tan fijada en esto, que ninguna cosa bastó ni bastara llevándose por razones.
Ya yo vi era excusado, y díjeles que yo también tenía aquellos deseos y dejaría
de comulgar, porque creyesen que ellas no lo habían de hacer sino cuando todas;
que nos muriésemos todas tres, que yo tendría esto por mejor que no que
semejante costumbre se pusiese en estas casas, adonde había quien amaba a Dios
tanto como ellas, y querrían hacer otro tanto.
12.
Era en tanto extremo el daño que ya había hecho la costumbre, y el demonio
debía entremeterse, que verdaderamente, como no comulgaron, parecía que se
morían. Yo mostré gran rigor, porque mientras más veía que no se sujetaban a la
obediencia (porque, a su parecer, no podían más), más claro vi que era
tentación. Aquel día pasaron con harto trabajo; otro, con un poco menos, y así
fue disminuyendo de manera que, aunque yo comulgaba, porque me lo mandaron (que
veíalas tan flacas que no lo hiciera), pasaba muy bien por ello.
13.
Desde a poco, entendieron ellas y todas la tentación y el bien que fue
remediarlo con tiempo; porque de aquí a poco más sucedieron cosas en aquella
casa de inquietud con los prelados (no a culpa suya; adelante podrá ser diga
algo de ello), que no tomaran a bien semejante costumbre, ni la sufrieran.
14.
¡Oh, cuántas cosas pudiera decir de éstas! Sola otra diré. No era en monasterio
de nuestra Orden, sino de bernardas (18). Estaba una monja, no menos virtuosa
que las dichas; ésta con muchas disciplinas y ayunos vino a tanta flaqueza, que
cada vez que comulgaba o había ocasión de encenderse en devoción, luego era
caída en el suelo, y así se estaba ocho o nueve horas, pareciendo a ella y a
todas era arrobamiento. Esto le acaecía tan a menudo, que si no se remediara,
creo viniera en mucho mal. Andaba por todo el lugar la fama de los
arrobamientos; a mí me pesaba de oírlo, porque quiso el Señor entendiese lo que
era, y temía en lo que había de parar.
Quien la confesaba a ella era muy padre
mío, y fuémelo a contar. Yo le dije lo que entendía y cómo era perder tiempo e
imposible ser arrobamiento, sino flaqueza; que la quitase los ayunos y
disciplinas y la hiciese divertir. Ella era obediente; hízolo así. Desde a poco
que fue tomando fuerza, no había memoria de arrobamiento; y si de verdad lo
fuera, ningún remedio bastara hasta que fuera la voluntad de Dios; porque es
tan grande la fuerza del espíritu, que no bastan las nuestras para resistir, y
como he dicho (19) deja grandes efectos en el alma; esotro, no más que si no
pasase, y cansancio en el cuerpo.
15.
Pues quede entendido de aquí que todo lo que nos sujetare de manera que
entendamos no deja libre la razón, tengamos por sospechoso y que nunca por aquí
se ganará la libertad de espíritu; que una de las cosas que tiene es hallar a
Dios en todas las cosas y poder pensar en ellas. Lo demás es sujeción de
espíritu y, dejado el daño que hace al cuerpo, ata al alma para no crecer; sino
como cuando van en un camino y entran en un trampal o atolladero, que no pueden
pasar de allí, en parte hace así el alma, la cual, para ir adelante, no sólo ha
menester andar sino volar; o que cuando dicen y les parece andan embebidas en
la divinidad y que no pueden valerse, según andan suspendidas, ni hay remedio
de divertirse, que acaece muchas veces.
16.
Miren que torno a avisar que por un día ni cuatro ni ocho no hay que temer, que
no es mucho un natural flaco quede espantado por estos días. (Entiéndese alguna
vez). (20) Si pasa de aquí, es menester remedio. El bien que todo esto tiene es
que no hay culpa de pecado ni dejarán de ir mereciendo; mas hay los
inconvenientes que tengo dichos, y hartos más. En lo que toca a las comuniones
será muy grande, por amor que tenga un alma, no esté sujeta también en esto al
confesor y a la priora; aunque sienta soledad, no con extremos. Para no venir a
ellos, es menester también en esto, como en otras cosas, las vayan
mortificando, y las den a entender conviene más no hacer su voluntad, que no su
consuelo.
17.
También puede entremeterse en esto nuestro amor propio. Por mí ha pasado, que
me acaecía algunas veces que, en acabando de comulgar (casi que aun la forma no
podía dejar de estar entera), si veía comulgar a otras, quisiera no haber
comulgado por tornar a comulgar. Como me acaecía tantas veces, he venido
después a advertir (que entonces no me parecía había en qué reparar) cómo era
más por mi gusto que por amor de Dios; que como, cuando llegamos a comulgar,
por la mayor parte, se siente ternura y gusto, aquello me llevaba a mí: que si
fuera por tener a Dios en mi alma, ya le tenía; si por cumplir lo que nos manda
de que lleguemos a la sacra comunión, ya lo había hecho; si por recibir las
mercedes que con el Santísimo Sacramento se dan, ya las había recibido. En fin,
he venido claro a entender que no había en ello más de tornar a tener aquel
gusto sensible.
18.
Acuérdome que en un lugar que estuve, adonde había monasterio nuestro, conocí
una mujer, grandísima sierva de Dios, a dicho de todo el pueblo, y debíalo de
ser. Comulgaba cada día y no tenía confesor particular, sino una vez iba a una
iglesia a comulgar, otra a otra. Yo notaba esto, y quisiera más verla obedecer
a una persona, que no tanta comunión. Estaba en casa por sí, y a mi parecer
haciendo lo que quería; sino que, como era buena, todo era bueno.
Yo se lo
decía algunas veces; mas no hacía caso de mí, y con razón, porque era muy mejor
que yo; mas en esto no me parecía errara. Fue allí el santo fray Pedro de
Alcántara; procuré que la hablase, y no quedé contenta de la relación que la
dio; (21) y en ello no debía haber más, sino que somos tan miserables, que
nunca nos satisfacemos mucho, sino de los que van por nuestro camino; porque yo
creo que había ésta servido más al Señor y hecho más penitencia en un año que
yo en muchos.
19.
Vínole a dar el mal de la muerte, que a esto voy; ella tuvo diligencia para
procurar le dijesen misa en su casa cada día y le diesen el Santísimo
Sacramento. Como duró la enfermedad, un clérigo harto siervo de Dios, que se la
decía muchas veces, parecióle no se sufría de que en su casa comulgase cada
día. Debía ser tentación del demonio, porque acertó a ser el postrero, que
murió. Ella, como vio acabar la misa y quedarse sin el Señor, diole tan gran
enojo y estuvo con tanta cólera con el clérigo, que él vino bien escandalizado
a contármelo a mí. Yo sentí harto, porque aun no sé si se reconcilió; que me
parece murió luego.
20.
De aquí vine a entender el daño que hace hacer nuestra voluntad en nada, y en
especial en una cosa tan grande; que quien tan a menudo se llega al Señor, es
razón que entienda tanto su indignidad, que no sea por su parecer, sino que lo
que nos falta para llegar a tan gran Señor que, forzado, será mucho, supla la
obediencia de ser mandadas. A esta bendita ofreciósele ocasión de humillarse
mucho, y por ventura mereciera más que comulgando, entendiendo que no tenía
culpa el clérigo, sino que el Señor, viendo su miseria y cuán indigna estaba,
lo había ordenado así, para entrar en tan ruin posada; como hacía una persona,
que la quitaban muchas veces los discretos confesores la comunión, porque era a
menudo; (22) ella, aunque lo sentía muy tiernamente, por otra parte deseaba más
la honra de Dios que la suya, y no hacía sino alabarle, porque había despertado
el confesor para que mirase por ella y no entrase Su Majestad en tan ruin
posada. Y con estas consideraciones obedecía con gran quietud de su alma,
aunque con pena tierna y amorosa; mas por todo el mundo junto no fuera contra
lo que la mandaban.
21.
Créanme, que amor de Dios (no digo que lo es, sino a nuestro parecer) que menea
las pasiones de suerte que para en alguna ofensa suya o en alterar la paz del
alma enamorada de manera que no entienda la razón, es claro que nos buscamos a
nosotros (23), y que no dormirá el demonio, para apretarnos cuando más daño nos
piense hacer, como hizo a esta mujer, que, cierto, me espantó mucho, aunque no
porque dejo de creer que no sería parte para estorbar su salvación, que es
grande la bondad de Dios; mas fue a recio tiempo la tentación.
22.
Helo dicho aquí, porque las prioras estén advertidas, y las hermanas teman y
consideren y se examinen de la manera que llegan a recibir tan gran merced. Si
es por contentar a Dios, ya saben que se contenta más con la obediencia que con
el sacrificio (24). Pues si esto es y merezco más, ¿qué me altera? No digo que
queden sin pena humilde, porque no todas han llegado a perfección de no
tenerla, por sólo hacer lo que entienden que agrada más a Dios; que si la
voluntad está muy desasida de todo su propio interés, está claro que no sentirá
ninguna cosa; antes se alegrará de que se le ofrece ocasión de contentar al
Señor en cosa tan costosa, y se humillará y quedará tan satisfecha comulgando
espiritualmente.
23.
Mas porque a los principios es mercedes que hace el Señor estos grandes deseos
de llegarse a El (y aun a los fines, mas digo a los principios porque es de
tener en más) y en lo demás de la perfección que he dicho (25) no están tan
enteras, bien se les concede que sientan ternura y pena cuando se lo quitare,
con sosiego del alma y sacando actos de humildad de aquí. Mas cuando fuere con
alguna alteración o pasión, y tentándose con la prelada o con el confesor,
crean que es conocida tentación, o que si alguno se determina, aunque le diga
el confesor que no comulgue, a comulgar. Yo no querría el mérito que de allí
sacará, porque en cosas semejantes no hemos de ser jueces de nosotros. El que
tiene las llaves para atar y desatar, lo ha de ser. Plega al Señor que, para
entendernos en cosas tan importantes, nos dé luz y no nos falte su favor, para
que de las mercedes que nos hace no saquemos darle disgusto.
NOTAS CAPÍTULO 6
1 Consagrará
casi todo el capítulo a desenmascarar cierta forma de oración de apariencias
místicas, pero que en resumidas cuentas es pura anomalía psíquica, a la que
ella llamará "embebecimiento" (n. 2), "amortecimiento" (n.
6), "embobamiento" (n. 3.).
2 Cf. Vida, c.
20.
3 Las cogía, es
decir las ocupaba. - Se dejaban a sí mismas: "dejarse" o
"abandonarse" era la actitud pasiva de quien anulaba la propia
actividad para dejarse accionar por impulsos divinos: de ahí el nombre de
"dejados" que fueron una suerte de "espirituales" o
"alumbrados" de aquel siglo.
4 La cláusula
principal, demasiado cargada de incisos, es: el ingenio... no variable...
haráles entender mil embustes gustosos. - Ingenio en el léxico teresiano, ora
significa inventiva, ora el talento.
5 En el c. 7. -
En seguida se remite a tres pasajes anteriores: al n. 2; al c. 5, n. 4; y al c.
5, nn. 10 y 11.
6 Al parecer,
mas no al ser; en la apariencia, no en la realidad.
7 Acá, en el
embebecimiento pseudo-místico, por contraposición al arrobamiento.
8 Darán y
tomarán: dar y tomar es altercar y discutir, parecido a nuestro "andar en
dimes y diretes". - En el contexto quiere decir, que mientras la voluntad
estará en éxtasis, el entendimiento y la memoria por ventura andarán dando
guerra con sus desvaríos.
9 Quitar los
ayunos... darle oficios: son imperativos: "quítenle",
"denle".
10
Trasordinaria: extraordinaria.
11 Conviene, lo
dicho al fin del n. 6.
12 Al fin del n.
6.
13 Es: son.
14 "Parece
probable que la monja de que habla la Santa era la M. Alberta Bautista, del
convento de Medina del C., que murió santamente en 1583, a los 35 años de edad.
La de velo blanco pudo ser la H. Inés de la Concepción, que hizo su profesión
en la misma casa el 13 de Nov. de 1570" (Silverio).
15 A quien: a
quienes. Recuérdese que la Santa usa indiferentemente este relativo para
singular y plural, para cosas y personas. - La frase siguiente: andar a los
alcances, es ir en zaga, seguir de cerca.
16 Inés de Jesús.
17 "El
uno" y el otro, a saber, los dos confesores que intervenían en el caso.
18 "Tal vez
se refiere aquí al convento de Sancti Spiritus de Olmedo (Valladolid), donde la
Santa paró muchas veces durante el período de sus fundaciones" (Silverio).
19 Lo ha dicho
en el n. 4. - Esotro, el embobamiento.
20 La frase
entre paréntesis fue añadida por la Santa al margen del autógrafo. Omitida en
la edición príncipe, y borrada en la edición facsimilar del libro. A ello se
debe que la mayoría de las ediciones la la omitan.
21 La dio:
probablemente quiso escribir que "no quedó contenta de la relaciónque le
dio" la mujer al Santo.
22 Era a menudo,
es decir, comulgaba a menudo. Habla de sí misma (cf. Vida, c. 25, n. 14 nota).
23 El sentido
es: Créanme: amor de Dios (no real sino aparente) que menea las pasiones de tal
suerte..., es claramente amor propio.
24 Alude a 1 Sm
15, 22.
25 Alude a lo
dicho en los cc. 4 y 5.
Fuente: Mercaba