En
que se dicen algunos avisos para cosas de oración y revelaciones. Es muy
provechoso para los que andan en cosas activas (1).
1.
No es mi intención ni pensamiento que será tan acertado lo que yo dijere aquí
que se tenga por regla infalible, que sería desatino en cosas tan dificultosas.
Como hay muchos caminos en este camino del espíritu, podrá ser acierte a decir
de alguno de ellos algún punto. Si los que no van por él no lo entendieren,
será que van por otro. Y si no aprovechare a ninguno, tomará el Señor mi
voluntad, pues entiende que, aunque no todo he experimentado yo, en otras almas
sí lo he visto.
No
digo que no es merced del Señor quien siempre puede estar meditando en sus
obras, y es bien que se procure; (3) mas hase de entender que no todas las
imaginaciones son hábiles de su natural para esto, mas todas las almas lo son
para amar. Ya otra vez escribí las causas de este desvarío de nuestra
imaginación, a mi parecer; (4) no todas, que será imposible, mas algunas. Y así
no trato ahora de esto, sino querría dar a entender que el alma no es el
pensamiento, ni la voluntad es mandada por él, que tendría harta mala ventura;
por donde el aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar
mucho.
3.
¿Cómo se adquirirá este amor? Determinándose a obrar y padecer, y hacerlo
cuando se ofreciere. Bien es verdad que del pensar lo que debemos al Señor y
quién es y lo que somos, se viene a hacer una alma determinada y que es gran
mérito, y para los principios muy conveniente; mas entiéndese cuando no hay de
por medio cosas que toquen en obediencia y aprovechamiento de los prójimos.
Cualquiera de estas dos cosas que se ofrezcan, piden tiempo para dejar el que
nosotros tanto deseamos dar a Dios, que a nuestro parecer es estarnos a solas
pensando en El y regalándonos con los regalos que nos da. Dejar esto por
cualquiera de estas dos cosas, es regalarle y hacer por El, dicho por su boca:
Lo que hicisteis por uno de estos pequeñitos, hacéis por mí. Y en lo que toca a
la obediencia, no querrá que vaya por otro camino que El, quien bien le
quisiere: obediens usque ad mortem (5).
4.
Pues si esto es verdad, ¿de qué procede el disgusto que por la mayor parte da,
cuando no se ha estado mucha parte del día muy apartados y embebidos en Dios,
aunque andemos empleados en estotras cosas? A mi parecer, por dos razones: la
una y más principal (6), por un amor propio que aquí se mezcla, muy delicado; y
así no se deja entender que es querernos más contentar a nosotros que a Dios.
Porque está claro que, después que una alma comienza a gustar cuán suave es el
Señor, que es más gusto estarse descansando el cuerpo sin trabajar y regalada
el alma.
5.
¡Oh caridad de los que verdaderamente aman este Señor y conocen su condición!
¡Qué poco descanso podrán tener si ven que son un poquito de parte para que una
alma sola se aproveche y ame más a Dios, o para darle algún consuelo, o para
quitarla de algún peligro! ¡Qué mal descansará con este descanso particular
suyo! Y cuando no puede con obras, con oración, importunando al Señor por las
muchas almas que la lastima de ver que se pierden. Pierde ella su regalo, y lo
tiene por bien perdido, porque no se acuerda de su contento, sino en cómo hacer
más la voluntad del Señor. Y así es en la obediencia. Sería recia cosa que nos
estuviese claramente diciendo Dios que fuésemos a alguna cosa que le importa, y
no quisiésemos, sino estarle mirando, porque estamos más a nuestro placer.
¡Donoso adelantamiento en el amor de Dios! Es atarle las manos con parecer que
no nos puede aprovechar sino por un camino.
6.
Conozco a algunas personas que de vista (dejado, como he dicho (7), lo que yo
he experimentado), que me han hecho entender esta verdad, cuando yo estaba con
pena grande de verme con poco tiempo, y así las había lástima de verlas siempre
ocupadas en negocios y cosas muchas les mandaba la obediencia; y pensaba yo en
mí, y aun se lo decía, que no era posible entre tanta baraúnda crecer el
espíritu, porque entonces no tenían mucho. ¡Oh Señor, cuán diferentes son
vuestros caminos de nuestras torpes imaginaciones! (8) ¡Y cómo de un alma que
está ya determinada a amaros y dejada en vuestras manos, no queréis otra cosa
sino que obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro, y eso
desee! No ha menester ella buscar los caminos ni escogerlos, que ya su voluntad
es vuestra. Vos, Señor mío, tomáis ese cuidado de guiarla por donde más se
aproveche.
Y aunque el prelado no ande con este cuidado de aprovecharnos el
alma, sino de que se hagan los negocios, que le parece conviene a la comunidad,
Vos, Dios mío, le tenéis y vais disponiendo el alma y las cosas que se tratan
de manera que, sin entender cómo, nos hallamos con espíritu y gran
aprovechamiento, que nos deja después espantadas.
7.
Así lo estaba una persona que ha pocos días que hablé, que la obediencia le
había traído cerca de quince años tan trabajado en oficios y gobiernos, que en
todos éstos no se acordaba de haber tenido un día para sí, aunque él procuraba
lo mejor que podía algunos ratos al día de oración y de traer limpia
conciencia. Es un alma de las más inclinadas a obediencia que yo he visto, y
así la pega a cuantas trata. Hale pagado bien el Señor, que, sin saber cómo, se
halló con aquella libertad de espíritu tan preciada y deseada que tienen los
perfectos, adonde se halla toda la felicidad que en esta vida se puede desear;
porque, no queriendo nada, lo poseen todo.
Ninguna cosa temen ni desean de la
tierra, ni los trabajos las turban, ni los contentos las hacen movimiento. En
fin, nadie la puede quitar la paz, porque ésta de sólo Dios depende. Y como a
El nadie le puede quitar, sólo temor de perderle puede dar pena, que todo lo
demás de este mundo es, en su opinión, como si no fuese, porque ni le hace ni
le deshace para su contento. ¡Oh dichosa obediencia y distracción por ella, que
tanto pudo alcanzar!
8.
No es sola esta persona, que otras he conocido de la misma suerte, que no las
había visto algunos años había y hartos; y preguntándoles en qué se habían
pasado, era todo en ocupaciones de obediencia y caridad. Por otra parte,
veíalos tan medrados en cosas espirituales, que me espantaban. Pues ¡ea, hijas
mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas
exteriores; entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor
ayudándoos en lo interior y exterior.
9.
Acuérdome que me contó un religioso que había determinado y puesto muy por sí
que ninguna cosa le mandase el prelado que dijese de no, por trabajo que le
diese; y un día estaba hecho pedazos de trabajar, y ya tarde, que no se podía
tener, e iba a descansar sentándose un poco, y topóle el prelado y díjole que
tomase el azadón y fuese a cavar a la huerta. El calló, aunque bien afligido el
natural, que no se podía valer; tomó su azadón, y yendo a entrar por un
tránsito que había en la huerta (que yo vi muchos años después que él me lo
había contado, que acerté a fundar en aquel lugar una casa), se le apareció
nuestro Señor con la cruz a cuestas, tan cansado y fatigado, que le dio bien a
entender que no era nada el que él tenía en aquella comparación.
10.
Yo creo que, como el demonio ve que no hay camino que más presto lleve a la
suma perfección que el de la obediencia, pone tantos disgustos y dificultades
debajo de color de bien. Y esto se note bien y verán claro que digo verdad. En
lo que está la suma perfección, claro está que no es en regalos interiores ni
en grandes arrobamientos ni visiones ni en espíritu de profecía; sino en estar
nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que
quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad, y tan alegremente tomemos
lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere Su Majestad.
Esto parece
dificultosísimo, no el hacerlo, sino este contentarnos con lo que de en todo en
todo nuestra voluntad contradice conforme a nuestro natural; y así es verdad
que lo es. Mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro
contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean
grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces. Y de
esta manera aman los que han llegado aquí, las persecuciones y deshonras y
agravios. Esto es tan cierto y está tan sabido y llano, que no hay para qué me
detener en ello.
11.
Lo que pretendo dar a entender es la causa que la obediencia, a mi parecer,
hace más presto, o es el mayor medio que hay para llegar a este tan dichoso
estado. Es que como en ninguna manera somos señores de nuestra voluntad, para
pura y limpiamente emplearla toda en Dios, hasta que la sujetamos a la razón,
es la obediencia el verdadero camino para sujetarla. Porque esto no se hace con
buenas razones; que nuestro natural y amor propio tiene tantas, que nunca
llegaríamos allá. Y muchas veces, lo que es mayor razón, si no lo hemos gana,
nos hace parecer disparate con la gana que tenemos de hacerlo (9).
12.
Había tanto que decir aquí, que no acabaríamos de esta batalla interior, y
tanto lo que pone el demonio y el mundo y nuestra sensualidad para hacernos torcer
la razón. ¿Pues
qué remedio? Que así como acá en un pleito muy dudoso se toma un juez y lo
ponen en manos las partes, cansados de pleitear, tome nuestra alma uno, que sea
el prelado o confesor, con determinación de no traer más pleito ni pensar más
en su causa, sino fiar de las palabras del Señor que dice: A quien a vosotros
oye, a mí me oye (10), y descuidar de su voluntad.
Tiene el Señor en tanto este
rendimiento (y con razón, porque es hacerle señor del libre albedrío que nos ha
dado), que ejercitándonos en esto, una vez deshaciéndonos, otra vez con mil
batallas, pareciéndonos desatino lo que se juzga en nuestra causa, venimos a
conformarnos con lo que nos mandan, con este ejercicio penoso; mas con pena o
sin ella, en fin, lo hacemos, y el Señor ayuda tanto de su parte, que por la
misma causa que sujetamos nuestra voluntad y razón por El, nos hace señores de
ella. Entonces, siendo señores de nosotros mismos, nos podemos con perfección
emplear en Dios, dándole la voluntad limpia para que la junte con la suya,
pidiéndole que venga fuego del cielo de amor suyo que abrase este sacrificio,
quitando todo lo que le puede descontentar; (11) pues ya no ha quedado por
nosotros, que, aunque con hartos trabajos, le hemos puesto sobre el altar, que,
en cuanto ha sido en nosotros, no toca en la tierra.
13.
Está claro que no puede uno dar lo que no tiene, sino que es menester tenerlo
primero. Pues, créanme que, para adquirir este tesoro, que no hay mejor camino
que cavar y trabajar para sacarle de esta mina de la obediencia; que mientras
más caváremos, hallaremos más, y mientras más nos sujetáremos a los hombres, no
teniendo otra voluntad sino la de nuestros mayores, más estaremos señores de
ella para conformarla con la de Dios.
Mirad,
hermanas, si quedará bien pagado el dejar el gusto de la soledad. Yo os digo
que no por falta de ella dejaréis de disponeros para alcanzar esta verdadera
unión que queda dicha, que es hacer mi voluntad una con la de Dios. Esta es la
unión que yo deseo y querría en todas, que no unos embebecimientos muy
regalados que hay, a quien tienen puesto nombre de unión, y será así siendo
después de ésta que dejo dicha. Mas si después de esa suspensión queda poca
obediencia y propia voluntad, unida con su amor propio me parece a mí que
estará, que no con la voluntad de Dios. Su Majestad sea servido de que yo lo
obre como lo entiendo.
14.
La segunda causa (12) que me parece causa este sinsabor, es que como en la
soledad hay menos ocasiones de ofender al Señor (que algunas, como en todas
partes están los demonios y nosotros mismos, no pueden faltar), parece anda el
alma más limpia; que si es temerosa de ofenderle, es grandísimo consuelo no
haber en qué tropezar. Y, cierto, ésta me parece a mí más bastante razón para
desear no tratar con nadie que la de grandes regalos y gustos de Dios.
15.
Aquí, hijas mías, se ha de ver el amor, que no a los rincones, sino en mitad de
las ocasiones. Y creedme que, aunque haya más faltas y aun algunas pequeñas
quiebras, que sin comparación es mayor ganancia nuestra. Miren que siempre
hablo presuponiendo andar en ellas por obediencia o caridad; que a no haber
esto de por medio, siempre me resumo en que es mejor la soledad, y aun que
hemos de desearla, aun andando en lo que digo; a la verdad, este deseo él anda
continuo en las almas que de veras aman a Dios.
Por lo que digo que es
ganancia, es porque se nos da a entender quién somos y hasta dónde llega
nuestra virtud. Porque una persona siempre recogida, por santa que a su parecer
sea (13), no sabe si tiene paciencia ni humildad, ni tiene cómo lo saber. Como
si un hombre fuese muy esforzado, ¿cómo se ha de entender si no se ha visto en
batalla? San Pedro harto le parecía que era, mas miren lo que fue en la
ocasión; mas salió de aquella quiebra no confiando nada de sí, y de allí vino a
ponerla en Dios y pasó después el martirio que vimos.
16.
¡Oh válgame Dios, si entendiésemos cuánta miseria es la nuestra! En todo hay
peligro, si no la entendemos. Y a esta causa nos es gran bien que nos manden
cosas para ver nuestra bajeza. Y tengo por mayor merced del Señor un día de
propio y humilde conocimiento, aunque nos haya costado muchas aflicciones y
trabajos, que muchos de oración. ¡Cuánto más que el verdadero amante en toda
parte ama y siempre se acuerda del amado! Recia cosa sería que sólo en los
rincones se pudiese traer oración. Ya veo yo que no puede ser muchas horas;
mas, ¡oh Señor mío!, ¡qué fuerza tiene con Vos un suspiro salido de las
entrañas, de pena por ver que no basta que estamos en este destierro, sino que
aun no nos den lugar para eso que podríamos estar a solas gozando de Vos! (14
17.
Aquí se ve bien que somos esclavos suyos, vendidos por su amor de nuestra
voluntad a la virtud de la obediencia, pues por ella dejamos, en alguna manera,
de gozar al mismo Dios. Y no es nada, si consideramos que El vino del seno del
Padre por obediencia, a hacerse esclavo nuestro. ¿Pues con qué se podrá pagar
ni servir esta merced? Es menester andar con aviso de no descuidarse de manera
en las obras, aunque sean de obediencia y caridad, que muchas veces no acudan a
lo interior a su Dios. Y créanme que no es el largo tiempo el que aprovecha el
alma en la oración; que cuando le emplean tan bien en obras, gran ayuda es para
que en muy poco espacio tenga mejor disposición para encender el amor, que en
muchas horas de consideración. Todo ha de venir de su mano. Sea bendito por
siempre jamás.
NOTAS CAPÍTULO 5
1 En que se
dicen algunos avisos para cosas de oración y revelaciones, era el título que
escribió la Santa. Luego -probablemente en vista de que en todo el capítulo no
había tratado de las segundas-, tachó y revelaciones, y completó el epígrafe.
Se divierten: se
distraen.
3 Gracián quiso
dar claridad a la frase, reformándola en el autógrafo mismo: "poder
siempre tener ocupado el pensamiento pensando en El".
4 En Vida, c.
17, nn. 5-7; Camino, c. 31, n. 8: Moradas IV, c. 1, n. 8.
5 Mt 25, 40 y Fp
2, 8.
6 La segunda
razón, en el n. 14.
7 Alude a lo
dicho en el n. 1. - La frase podría ordenarse: "conozco de vista algunas
personas que..."
8 Torpes:
tachado en el autógrafo, quizá por la Santa.
9 Frase obscura;
la Santa había escrito: si lo hemos gana, nos hace parecer disparate la gana
que tenemos de hacerlo. Para aclararla, ella misma añadió no (si no la hacemos
g.) y con (con la gana...), pero sin gran éxito.
10 Lc 10, 16.
11 Alusión a 3
Reg. 18, 38.
12 Véase el
contexto y la primera causa en el n. 4.
13 A su parecer:
lo agregó entre líneas ella misma.
14 Muy a su
placer apostilló Gracián este pasaje en el autógrafo: "¡Buen consuelo para
los ocupados en obras de caridad!".
Fuente: Mercaba
