Por
qué medios se comenzó a tratar de hacer el monasterio de San José en Medina del
Campo.
1.
Pues estando yo con todos estos cuidados, acordé de ayudarme de los padres de
la Compañía, que estaban muy aceptos en aquel lugar, en Medina, con quien como
ya tengo escrito en la primera fundación traté mi alma muchos años, y por el
gran bien que la hicieron siempre los tengo particular devoción (1).
Escribí lo
que nuestro padre General me había mandado al rector de allí, que acertó a ser
el que me confesó muchos años, como queda dicho, aunque no el nombre. Llámase
Baltasar Álvarez, que al presente es provincial (2).
2.
A esto fue un clérigo muy siervo de Dios y bien desasido de todas las cosas del
mundo, y de mucha oración. Era capellán en el monasterio adonde yo estaba, al
cual le daba el Señor los mismos deseos que a mí, y así me ha ayudado mucho,
como se verá adelante. Llámase Julián de Avila (4).
Pues
ya que tenía la licencia, no tenía casa ni blanca para comprarla. Pues crédito
para fiarme en nada, si el Señor no le diera, ¿cómo le había de tener una
romera como yo? (5) Proveyó el Señor que una doncella muy virtuosa, para quien
no había habido lugar en San José que entrase, sabiendo se hacía otra casa, me
vino a rogar la tomase en ella (6). Esta tenía unas blanquillas, harto poco,
que no era para comprar casa, sino para alquilarla (y así procuramos una de
alquiler) y para ayuda al camino. Sin más arrimo que éste, salimos de Avila dos
monjas de San José y yo, y cuatro de la Encarnación (que es el monasterio de la
Regla mitigada, adonde yo estaba antes que se fundase San José), con nuestro
padre capellán, Julián de Avila (7).
3.
Cuando en la ciudad se supo, hubo mucha murmuración: unos decían que yo estaba
loca; otros esperaban el fin de aquel desatino. Al Obispo según después me ha
dicho le parecía muy grande, aunque entonces no me lo dio a entender ni quiso
estorbarme, porque me tenía mucho amor y no me dar pena. Mis amigos harto me
habían dicho, mas yo hacía poco caso de ello; porque me parecía tan fácil lo
que ellos tenían por dudoso, que no podía persuadirme a que había de dejar de
suceder bien.
Ya
cuando salimos de Avila, había yo escrito a un padre de nuestra Orden, llamado
fray Antonio de Heredia (8), que me comprase una casa, que era entonces prior
del monasterio de frailes que allí hay de nuestra Orden, llamado Santa Ana,
para que me comprase una casa. El lo trató con una señora (9) que le tenía
devoción, que tenía una que se le había caído toda, salvo un cuarto, y era muy
buen puesto. Fue tan buena, que prometió de vendérsela, y así la concertaron
sin pedirle fianzas, ni más fuerza de su palabra; (10) porque, a pedirlas, no
tuviéramos remedio. Todo lo iba disponiendo el Señor. Esta casa estaba tan si
paredes, que a esta causa alquilamos estotra, mientras que aquélla se
aderezaba, que había harto que hacer.
4.
Pues llegando la primera jornada, noche y cansadas por el mal aparejo que
llevábamos, yendo a entrar por Arévalo, salió un clérigo nuestro amigo que nos
tenía una posada en casa de unas devotas mujeres, y díjome en secreto cómo no
teníamos casa; porque estaba cerca de un monasterio de agustinos, y que ellos resistían
que no entrásemos ahí, y que forzado había de haber pleito (11). ¡Oh, válgame
Dios! Cuando Vos, Señor, queréis dar ánimo, ¡qué poco hacen todas las
contradicciones!
Antes parece me animó, pareciéndome, pues ya se comenzaba a
alborotar el demonio, que se había de servir el Señor de aquel monasterio. Con
todo, le dije que callase, por no alborotar a las compañeras, en especial a las
dos de La Encarnación (12), que las demás por cualquier trabajo pasaran por mí.
La una de estas dos era supriora entonces de allí, y defendiéronle mucho la
salida; entrambas de buenos deudos, y venían contra su voluntad, porque a todos
les parecía disparate, y después vi yo que les sobraba la razón, que, cuando el
Señor es servido yo funde una casa de éstas, paréceme que ninguna admite mi
pensamiento que me parezca bastante para dejarlo de poner por obra, hasta
después de hecho. Entonces se me ponen juntas las dificultades, como después se
verá.
5.
Llegando a la posada, supe que estaba en el lugar un fraile dominico, muy gran
siervo de Dios, con quien yo me había confesado el tiempo que había estado en
San José. Porque en aquella fundación traté mucho de su virtud, aquí no diré
más del nombre, que es el maestro fray Domingo Bañes (13). Tiene muchas letras
y discreción, por cuyo parecer yo me gobernaba, y al suyo no era tan
dificultoso, como en todos, lo que iba a hacer; (14) porque, quien más conoce
de Dios, más fácil se le hacen sus obras, y de algunas mercedes que sabía Su
Majestad me hacía y por lo que había visto en la fundación de San José, todo le
parecía muy posible. Diome gran consuelo cuando le vi; porque con su parecer
todo me parecía iría acertado. Pues, venido allí, díjele muy en secreto lo que
pasaba. A él le pareció que presto podríamos concluir el negocio de los
agustinos; mas a mí hacíaseme recia cosa cualquier tardanza, por no saber qué
hacer de tantas monjas; y así pasamos todas con cuidado aquella noche, que
luego lo dijeron en la posada a todas.
6.
Luego, de mañana, llegó allí el prior de nuestra Orden fray Antonio, y dijo que
la casa que tenía concertado de comprar era bastante y tenía un portal adonde
se podía hacer una iglesia pequeña, aderezándole con algunos paños. En esto nos
determinamos; al menos a mí parecióme muy bien, porque la más brevedad era lo
que mejor nos convenía, por estar fuera de nuestros monasterios, y también
porque temía alguna contradicción, como estaba escarmentada de la fundación
primera. Y así quería que, antes que se entendiese, estuviese ya tomada la
posesión, y así nos determinamos a que luego se hiciese. En esto mismo vino el
padre maestro fray Domingo.
7.
Llegamos a Medina del Campo, víspera de nuestra Señora de agosto, a las doce de
la noche. Apeámonos en el monasterio de Santa Ana, por no hacer ruido, y a pie
nos fuimos a la casa. Fue harta misericordia del Señor, que aquella hora
encerraban toros para correr otro día, no nos topar alguno. Con el
embebecimiento que llevábamos, no había acuerdo de nada; mas el Señor que
siempre le tiene de los que desean su servicio, nos libró, que cierto allí no
se pretendía otra cosa.
8.
Llegadas a la casa, entramos en un patio. Las paredes harto caídas me
parecieron, mas no tanto como cuando fue de día se pareció. Parece que el Señor
había querido se cegase aquel bendito padre para ver que no convenía poner allí
Santísimo Sacramento. Visto el portal, había bien que quitar tierra de él, a
teja vana, las paredes sin embarrar, la noche era corta, y no traíamos sino
unos reposteros, creo eran tres: para toda la largura que tenía el portal era
nada. Yo no sabía qué hacer, porque vi no convenía poner allí altar. Plugo al
Señor, que quería luego se hiciese, que el mayordomo de aquella señora (15)
tenía muchos tapices de ella en casa, y una cama de damasco azul, y había dicho
nos diesen lo que quisiésemos, que era muy buena.
9.
Yo, cuando vi tan buen aparejo, alabé al Señor, y así harían las demás; aunque
no sabíamos qué hacer de clavos, ni era hora de comprarlos. Comenzáronse a
buscar de las paredes; en fin, con trabajo, se halló recaudo. Unos a entapizar,
nosotras a limpiar el suelo, nos dimos tan buena prisa, que cuando amanecía,
estaba puesto el altar, y la campanilla en un corredor, y luego se dijo la misa
(16). Esto bastaba para tomar la posesión. No se cayó en ello, sino que pusimos
el Santísimo Sacramento (17), y desde unas resquicias de una puerta que estaba
frontero, veíamos misa, que no había otra parte.
10.
Yo estaba hasta esto muy contenta, porque para mí es grandísimo consuelo ver
una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento. Mas poco me duró. Porque,
como se acabó misa, llegué por un poquito de una ventana a mirar el patio y vi
todas las paredes por algunas partes en el suelo, que para remediarlo era
menester muchos días. ¡Oh válgame Dios! Cuando yo vi a Su Majestad puesto en la
calle, en tiempo tan peligroso como ahora estamos por estos luteranos, ¡qué fue
la congoja que vino a mi corazón!
11.
Con esto se juntaron todas las dificultades que podían poner los que mucho lo
habían murmurado, y entendí claro que tenían razón. Parecíame imposible ir
adelante con lo que había comenzado, porque así como antes todo me parecía
fácil mirando a que se hacía por Dios, así ahora la tentación estrechaba de
manera su poder, que no parecía haber recibido ninguna merced suya; sólo mi
bajeza y poco poder tenía presente. Pues arrimada a cosa tan miserable, ¿qué
buen suceso podía esperar? Y a ser sola, paréceme lo pasara mejor; mas pensar
habían de tornar las compañeras a su casa, con la contradicción que habían
salido, hacíaseme recio. También me parecía que, errado este principio, no
había lugar todo lo que yo tenía entendido había de hacer el Señor adelante.
Luego se añadía el temor si era ilusión lo que en la oración había entendido,
que no era la menor pena, sino la mayor; porque me daba grandísimo temor si me
había de engañar el demonio.
¡Oh
Dios mío! ¡Qué cosa es ver un alma, que Vos queréis dejar que pene! Por cierto,
cuando se me acuerda esta aflicción y otras algunas que he tenido en estas
fundaciones, no me parece hay que hacer caso de los trabajos corporales, aunque
han sido hartos, en esta comparación.
12.
Con toda esta fatiga que me tenía bien apretada, no daba a entender ninguna
cosa a las compañeras, porque no las quería fatigar más de lo que estaban. Pasé
con este trabajo hasta la tarde, que envió el rector de la Compañía a verme con
un padre que me animó y consoló mucho. Yo no le dije todas las penas que tenía,
sino sólo la que me daba vernos en la calle. Comencé a tratar de que se nos
buscase casa alquilada, costase lo que costase, para pasarnos a ella, mientras
aquello se remediaba, y comencéme a consolar de ver la mucha gente que venía, y
ninguno cayó en nuestro desatino, que fue misericordia de Dios, porque fuera
muy acertado quitarnos el Santísimo Sacramento. Ahora considero yo mi bobería y
el poco advertir de todos en no consumirle; sino que me parecía, si esto se
hiciera, era todo deshecho.
13.
Por mucho que se procuraba, no se halló casa alquilada en todo el lugar; que yo
pasaba harto penosas noches y días. Porque, aunque siempre dejaba hombres que
velasen el Santísimo Sacramento, estaba con cuidado si se dormían; y así me
levantaba a mirarlo de noche por una ventana, que hacía muy clara luna, y
podíalo bien ver. Todos estos días era mucha la gente que venía, y no sólo no
les parecía mal, sino poníales devoción de ver a nuestro Señor otra vez en el
portal. Y Su Majestad, como quien nunca se cansa de humillarse por nosotros, no
parece quería salir de él.
14.
Ya después de ocho días, viendo un mercader la necesidad (que posaba en una muy
buena casa), díjonos fuésemos a lo alto de ella, que podíamos estar como en
casa propia (18). Tenía una sala muy grande y dorada, que nos dio para iglesia.
Y una señora que vivía junto a la casa que compramos, llamada doña Elena de
Quiroga (19), gran sierva de Dios, dijo que me ayudaría para que luego se
comenzase a hacer una capilla para donde estuviese el Santísimo Sacramento y
también para acomodarnos cómo estuviésemos encerradas. Otras personas nos daban
harta limosna para comer, mas esta señora fue la que más me socorrió.
15.
Ya con esto comencé a tener sosiego, porque adonde nos fuimos estábamos con
todo encerramiento, y comenzamos a decir las horas, y en la casa se daba el
buen prior mucha prisa, que pasó harto trabajo. Con todo tardaría dos meses;
más púsose de manera, que pudimos estar algunos años razonablemente. Después lo
ha ido nuestro Señor mejorando.
16.
Estando aquí yo, todavía tenía cuidado de los monasterios de los frailes, y
como no tenía ninguno como he dicho (20) no sabía qué hacer; y así me determiné
muy en secreto a tratarlo con el prior de allí, para ver qué me aconsejaba, y
así lo hice. El se alegró mucho cuando lo supo y me prometió que sería el
primero. Yo lo tuve por cosa de burla, y así se lo dije; porque, aunque siempre
fue buen fraile y recogido y muy estudioso y amigo de su celda, que era
letrado, para principio semejante no me pareció sería, ni tendría espíritu ni
llevaría adelante el rigor que era menester, por ser delicado y no mostrado a
ello.
Él me aseguraba mucho, y certificó que había muchos días que el Señor le
llamaba para vida más estrecha; y así tenía ya determinado de irse a los
cartujos y le tenían ya dicho le recibirían. Con todo esto, no estaba muy
satisfecha, aunque me alegraba de oírle, y roguéle que nos detuviésemos algún
tiempo y él se ejercitase en las cosas que había de prometer. Y así se hizo,
que se pasó un año, y en éste le sucedieron tantos trabajos y persecuciones de
muchos testimonios, que parece el Señor le quería probar; y él lo llevaba todo
tan bien y se iba aprovechando tanto, que yo alababa a nuestro Señor, y me
parecía le iba Su Majestad disponiendo para esto.
17.
Poco después acertó a venir allí un padre de poca edad, que estaba estudiando
en Salamanca, y él fue con otro por compañero, el cual me dijo grandes cosas de
la vida que este padre hacía. Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a nuestro
Señor, y hablándole, contentóme mucho, y supe de él cómo se quería también ir a
los cartujos (21). Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta
que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de
mejorarse, ser en su misma Orden, y cuánto más serviría al Señor. El me dio la
palabra de hacerlo, con que no se tardase mucho. Cuando yo vi ya que tenía dos
frailes para comenzar, parecióme estaba hecho el negocio, aunque todavía no
estaba tan satisfecha del prior, y así aguardaba algún tiempo y también por
tener adonde comenzar.
18.
Las monjas iban ganando crédito en el pueblo y tomando con ellas mucha
devoción, y, a mi parecer, con razón; porque no entendían sino en cómo pudiese
cada una más servir a nuestro Señor. En todo iban con la manera del proceder
que en San José de Ávila, por ser una misma la Regla y Constituciones.
Comenzó
el Señor a llamar a algunas para tomar el hábito; y eran tantas las mercedes
que les hacía, que yo estaba espantada. Sea por siempre bendito, amén; que no
parece aguarda más de a ser querido para querer.
NOTAS CAPÍTULO 3
1 En la historia
de la primera fundación, es decir, en los capítulos finales del libro de la
Vida. Véase lo dicho en el n. 2 del prólogo de Fund.
2 El P. Baltasar
(1533-1580) no era de hecho Provincial por aquellas fechas (1573), sino
substituto del P. Gil González Dávila, Provincial que el año anterior había
salido para Roma.
3 El Prelado era
D. Pedro González de Mendoza, Obispo de Salamanca, a cuya diócesis pertenecía
Medina.
4 Julián de
Avila (1572-1605), hermano de María de San José (Dávila), una de las cuatro
fundadoras del primer Carmelo Teresiano. Acompañó a la Santa en numerosos
viajes y se preció de ser su "escudero".
5 Romera: pobre
peregrina o andariega que hace su viaje de limosna. Con fino humor teresiano,
la Santa se lo llama a sí misma. - Poco antes: ni blanca (= moneda de escaso
valor), recuérdese que equivale a nuestro "sin un céntimo".
6 Era Isabel
Fontecha, en el Carmelo Isabel de Jesús, avilesa.
7 De San José
tomó a María Bautista y Ana de los Angeles. De la Encarnación, a Inés de Jesús
y Ana de la Encarnación (Tapia), y a Teresa de la Columna (Quesada) e Isabel de
la Cruz (Arias).
8 Antonio de
Heredia (en la Reforma Teresiana, Antonio de Jesús), 1510-1601, inició
enseguida la Reforma con San Juan de la Cruz. Véanse los nn. 16-17.
9 Doña María
Suárez, señora de Fuente el Sol.
10 O sea: ni más
fuerza que su palabra.
11 Era el
convento de Nuestra Señora de Gracia. - El clérigo nuestro amigo se llamaba
Alonso Esteban.
12 Estas dos, de
las cuatro venidas de la Encarnación, eran Isabel Arias y Teresa de Quesada.
Era Supriora la primera. - Defendiéronle la salida: en la acepción de impedir,
embarazar.
13 En aquella
fundación, es decir, en la historia de la fundación de San José de Avila. Sin
embargo no es cierto que en ella habló mucho el P. Báñez: cf. c. 36, n. 15, y
quizá c. 34, n. 14 y c. 39, n. 3.
14 Es decir: al
parecer del P. Báñez la fundación no era tan dificultosa como según el parecer
de todos (pasaje generalmente corrompido por los editores). - Iba hacer, elidió
de nuevo la Santa. - Sigue una frase equívoca por culpa de una construcción muy
teresiana; equivale a: algunas mercedes que él sabía me hacía Su Majestad.
15 Doña María
Suárez (cf. el n. 3).
16 "Al
rayar el sol, estando ya todo dispuesto y revestido el P. Prior para la primera
misa..., tañeron una campanilla las religiosas llamando a los fieles a misa con
grande espanto de la vecindad por la inopinada novedad. Acudió tanta gente que
no cabía en el portal, y viendo un monasterio hecho de la noche a la mañana,
mirábanse unos a otros, y ocupados del susto, no sabían qué decir"
(FRANCISCO DE S. MARIA, Reforma..., t. I, L. 2, c. 5).
17
Equivocadamente creía entonces la Santa que sin Santísimo no podía existir la
fundación (cf. el n. 12). Sólo años más tarde (1570) salió de este error, al fundar
el Carmelo de Salamanca (cf. c. 19, n. 3).
18 Llamábase
este mercader Blas de Medina.
19 Era sobrina
del Cardenal Quiroga y posteriormente tomó el hábito de carmelita descalza
(1581) con el nombre de Elena de Jesús en este Carmelo de Medina, donde por
aquellas fechas era ya religiosa su hija Jerónima de la Encarnación. - En el
texto las palabras de Quiroga fueron intercaladas entre líneas por la propia
Santa.
20 Cf. el c. 2,
nn. 5-6.
21 Los dos
estudiantes de la Salamanca eran fr. Pedro de Orozco y San Juan de la Cruz,
entonces fr. Juan de Santo Matía. La cartuja tomada de mira por el segundo era
la del Paular (Segovia).
Fuente: Mercaba
