Trata
de algunas tentaciones exteriores y representaciones que la hacía el demonio, y tormentos que la daba. Trata
también algunas cosas harto buenas para aviso de
personas que van camino de perfección. *
1.
Quiero decir, ya que he dicho algunas tentaciones y turbaciones interiores y
secretas que el demonio me causaba (1), otras que hacía casi públicas en que no
se podía ignorar que era él.
2.
Estaba una vez en un oratorio, y aparecióme hacia el lado izquierdo, de
abominable figura; en especial miré la boca, porque me habló, que la tenía
espantable. Parecía le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara,
sin sombra. Díjome espantablemente que bien me había librado de sus manos, mas
que él me tornaría a ellas. Yo tuve gran temor y santigüéme como pude, y
desapareció y tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué me
hacer. Tenía allí agua bendita y echélo (2) hacia aquella parte, y nunca más
tornó.
Pues
como esta vez vi el padecer con tanto rigor, remediábame con estos actos para
poderlo llevar, y determinaciones. Quiso el Señor entendiese cómo era el
demonio, porque vi cabe mí un negrillo muy abominable, regañando como
desesperado de que adonde pretendía ganar perdía. Yo, como le vi, reíme, y no
hube miedo, porque había allí algunas conmigo que no se podían valer ni sabían
qué remedio poner a tanto tormento, que eran grandes los golpes que me hacía
dar sin poderme resistir, con cuerpo y cabeza y brazos. Y lo peor era el
desasosiego interior, que de ninguna suerte podía tener sosiego. No osaba pedir
agua bendita por no las poner miedo y porque no entendiesen lo que era.
4.
De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más para no
tornar. De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del
agua bendita. Para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi
alma cuando lo tomo. Es cierto que lo muy ordinario es sentir una recreación
que no sabría yo darla a entender, como un deleite interior que toda el alma me
conforta. Esto no es antojo, ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muy
muchas, y mirado con gran advertencia. Digamos como si uno estuviese con mucha
calor y sed y bebiese un jarro de agua fría, que parece todo él sintió el
refrigerio. Considero yo qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la
Iglesia, y regálame mucho ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras, que
así la pongan en el agua, para que sea tan grande la diferencia que hace a lo
que no es bendito (3).
5.
Pues como no cesaba el tormento, dije: si no se riesen, pediría agua bendita.
Trajéronmelo y echáronmelo a mí, y no aprovechaba; echélo hacia donde estaba, y
en un punto se fue (4) y se me quitó todo el mal como si con la mano me lo
quitaran, salvo que quedé cansada como si me hubieran dado muchos palos. Hízome
gran provecho ver que, aun no siendo un alma y cuerpo suyo, cuando el Señor le
da licencia hace tanto mal, ¿qué hará cuando él lo posea por suyo? Diome de
nuevo gana de librarme de tan ruin compañía.
6.
Otra vez poco ha, me acaeció lo mismo, aunque no duró tanto, y yo estaba sola.
Pedí agua bendita, y las que entraron después que ya se habían ido (5) (que
eran dos monjas bien de creer, que por ninguna suerte dijeran mentira), olieron
un olor muy malo, como de piedra azufre. Yo no lo olí. Duró de manera que se
pudo advertir a ello.
Otra
vez estaba en el coro y diome un gran ímpetu de recogimiento. Fuime de allí
porque no lo entendiesen, aunque cerca oyeron todas dar golpes grandes adonde
yo estaba, y yo cabe mí oí hablar como que concertaban algo, aunque no entendí
qué; habla gruesa; mas estaba tan en oración, que no entendí cosa ni hube
ningún miedo. Casi cada vez era cuando el Señor me hacía merced de que por mi
persuasión se aprovechase algún alma.
Y
es cierto que me acaeció lo que ahora diré, y de esto hay muchos testigos, en
especial quien ahora me confiesa (6), que lo vio por escrito en una carta; sin
decirle yo quién era la persona cuya era la carta, bien sabía él quién era.
7.
Vino una persona a mí que había dos años y medio que estaba en un pecado
mortal, de los más abominables que yo he oído, y en todo este tiempo ni le
confesaba ni se enmendaba, y decía misa. Y aunque confesaba otros, éste decía
que cómo le había de confesar, cosa tan fea. Y tenía gran deseo de salir de él
y no se podía valer a sí. A mí hízome gran lástima; y ver que se ofendía Dios
(7) de tal manera, me dio mucha pena. Prometíle de suplicar mucho a Dios le
remediase y hacer que otras personas lo hiciesen, que eran mejores que yo, y
escribía a cierta persona que él me dijo podía dar las cartas (8). Y es así que
a la primera se confesó; que quiso Dios (por las muchas personas muy santas que
lo habían suplicado a Dios, que se lo había yo encomendado) hacer con esta alma
esta misericordia, y yo, aunque miserable, hacía lo que podía con harto cuidado.
Escribióme
que estaba ya con tanta mejoría, que había (9) días que no caía en él; mas que
era tan grande el tormento que le daba la tentación, que parecía estaba en el
infierno, según lo que padecía; que le encomendase a Dios. Yo lo torné a
encomendar a mis Hermanas, por cuyas oraciones debía el Señor hacerme esta
merced, que lo tomaron muy a pechos. Era persona que no podía nadie atinar en
quién era. Yo supliqué a Su Majestad se aplacasen aquellos tormentos y
tentaciones, y se viniesen aquellos demonios a atormentarme a mí, con que yo no
ofendiese (10) en nada al Señor. Es así que pasé un mes de grandísimos
tormentos. Entonces eran estas dos cosas que he dicho (11).
8.
Fue el Señor servido que le dejaron a él. Así me lo escribieron, porque yo le
dije lo que pasaba en este mes. Tomó fuerza su alma y quedó del todo libre, que
no se hartaba de dar gracias al Señor y a mí, como si yo hubiera hecho algo,
sino que ya el crédito que tenía de que el Señor me hacía mercedes le
aprovechaba. Decía que cuando se veía muy apretado, leía mis cartas y se le
quitaba la tentación, y estaba muy espantado de lo que yo había padecido y cómo
se había librado él. Y aun yo me espanté y lo sufriera otros muchos años por
ver aquel alma libre. Sea alabado por todo, que mucho puede la oración de los
que sirven al Señor, como yo creo lo hacen en esta casa (12) estas hermanas;
sino que, como yo lo procuraba, debían los demonios indignarse más conmigo, y
el Señor por mis pecados lo permitía.
9.
En este tiempo también una noche pensé me ahogaban; y como echaron mucha agua
bendita, vi ir mucha multitud de ellos, como quien se va desempeñando. Son
tantas veces las que estos malditos me atormentan y tan poco el miedo que yo ya
los he, con ver que no se pueden menear si el Señor no les da licencia, que
cansaría a vuestra merced y me cansaría si las dijese.
10.
Lo dicho aproveche de que (13) el verdadero siervo de Dios se le dé poco de
estos espantajos que éstos ponen para hacer temer. Sepan que, a cada vez que se
nos da poco de ellos, quedan con menos fuerza y el alma muy más señora. Siempre
queda algún gran provecho, que por no alargar no lo digo.
Sólo
diré esto que me acaeció una noche de las ánimas: (14) estando en un oratorio,
habiendo rezado un nocturno (15) y diciendo unas oraciones muy devotas que
están al fin de él muy devotas (16) que tenemos en nuestro rezado, se me puso
sobre el libro para que no acabase la oración. Yo me santigüé, y fuese.
Tornando a comenzar, tornóse. Creo fueron tres veces las que la comencé y,
hasta que eché agua bendita, no pude acabar. Vi que salieron algunas almas del
purgatorio en el instante, que debía faltarlas poco, y pensé si pretendía
estorbar esto.
Pocas
veces le he visto tomando forma y muchas sin ninguna forma, como la visión que
sin forma se ve claro está allí, como he dicho (17).
11.
Quiero también decir esto, porque me espantó mucho: estando un día de la
Trinidad en cierto monasterio en el coro y en arrobamiento, vi una gran
contienda de demonios contra ángeles. Yo no podía entender qué querría decir aquella
visión. Antes de quince días se entendió bien en cierta contienda que acaeció
entre gente de oración y muchos que no lo eran, y vino harto daño a la casa que
era; fue contienda que duró mucho y de harto desasosiego.
Otras
veces veía mucha multitud de ellos en rededor de mí, y parecíame estar una gran
claridad que me cercaba toda, y ésta no les consentía llegar a mí (18). Entendí
que me guardaba Dios, para que no llegasen a mí de manera que me hiciesen
ofenderle. En lo que he visto en mí algunas veces, entendí que era verdadera
visión.
El
caso es que ya tengo tan entendido su poco poder, si yo no soy contra Dios, que
casi ningún temor los tengo. Porque no son nada sus fuerzas, si no ven almas
rendidas a ellos y cobardes, que aquí muestran ellos su poder (19).
Algunas
veces, en las tentaciones que ya dije (20), me parecía que todas las vanidades
y flaquezas de tiempos pasados tornaban a despertar en mí, que tenía bien que
encomendarme a Dios. Luego era el tormento de parecerme que, pues me venían
aquellos pensamientos, que debía de ser todo demonio, hasta que me sosegaba el
confesor. Porque aun primer movimiento de mal pensamiento me parecía a mí no
había de tener quien tantas mercedes recibía del Señor.
12.
Otras veces me atormentaba mucho y aún ahora me atormenta ver que se hace mucho
caso de mí, en especial personas principales, y de que decían mucho bien. En
esto he pasado y paso mucho. Miro luego a la vida de Cristo y de los santos, y
paréceme que voy al revés, que ellos no iban sino por desprecio e injurias.
Háceme andar temerosa y como que no oso alzar la cabeza ni querría parecer
(21), lo que no hago cuando tengo persecuciones. Anda el ánima tan señora,
aunque el cuerpo lo siente, y por otra parte ando afligida, que yo no sé cómo
esto puede ser; mas pasa así, que entonces parece está el alma en su reino y
que lo trae todo debajo de los pies.
Dábame
algunas veces (22) y duróme hartos días, y parecía era virtud y humildad por
una parte, y ahora veo claro que era tentación. Un fraile dominico, gran letrado,
me lo declaró bien. Cuando pensaba que estas mercedes que el Señor me hace se
habían de venir a saber en público, era tan excesivo el tormento, que me
inquietaba mucho el ánima. Vino a términos que, considerándolo, de mejor gana
me parece me determinaba a que me enterraran viva que por esto. Y así, cuando
me comenzaron estos grandes recogimientos o arrobamientos a no poder
resistirlos aun en público, quedaba yo después tan corrida, que no quisiera
parecer adonde nadie me viera.
13.
Estando una vez muy fatigada de esto, me dijo el Señor, que qué temía; que en
esto no podía, sino haber dos cosas: o que murmurasen de mí, o alabarle a El;
(23) dando a entender que los que lo creían, le alabarían, y los que no, era
condenarme sin culpa, y que entrambas cosas eran ganancia para mí; que no me
fatigase. Mucho me sosegó esto, y me consuela cuando se me acuerda.
Vino
a términos la tentación, que me quería ir de este lugar (24) y dotar en otro
monasterio muy más encerrado que en el que yo al presente estaba, que había
oído decir muchos extremos de él. Era también de mi Orden (25), y muy lejos,
que eso es lo que a mí me consolara, estar adonde no me conocieran; y nunca mi
confesor me dejó.
14.
Mucho me quitaban la libertad (26) del espíritu estos temores, que después vine
yo a entender no era buena humildad, pues tanto inquietaba, y me enseñó el
Señor esta verdad: que yo tan determinada y cierta estuviera que no era ninguna
cosa buena mía, sino de Dios, que así como no me pesaba de oír loar a otras
personas, antes me holgaba y consolaba mucho de ver que allí se mostraba Dios,
que tampoco me pesaría mostrase en mí sus obras.
15.
También di en otro extremo, que fue suplicar a Dios y hacía oración particular
que cuando a alguna persona le pareciese algo bien en mí, que Su Majestad le
declarase mis pecados, para que viese cuán sin mérito mío me hacía mercedes,
que esto deseo yo siempre mucho. Mi confesor me dijo que no lo hiciese. Mas
hasta ahora poco ha, si veía yo que una persona pensaba de mí bien mucho, por
rodeos o como podía le daba a entender mis pecados, y con esto parece
descansaba. También me han puesto mucho escrúpulo en esto.
16.
Procedía esto no de humildad, a mi parecer, sino de una tentación venían
muchas. Parecíame que a todos los traía engañados y, aunque es verdad que andan
engañados en pensar que hay algún bien en mí, no era mi deseo engañarlos, ni
jamás tal pretendí, sino que el Señor por algún fin lo permite; y así, aun con
los confesores, si no viera era necesario, no tratara ninguna cosa, que se me
hiciera gran escrúpulo.
Todos
estos temorcillos y penas y sombra de humildad entiendo yo ahora era harta imperfección,
y de no estar mortificada; porque un alma dejada en las manos de Dios no se le
da más que digan bien que mal, si ella entiende bien bien entendido como el
Señor quiere hacerle merced que lo entienda que no tiene nada de sí. Fíese de
quien se lo da, que sabrá por qué lo descubre, y aparéjese a la persecución,
que está cierta en los tiempos de ahora, cuando de alguna persona quiere el
Señor se entienda que la hace semejantes mercedes; porque hay mil ojos para un
alma de éstas, adonde para mil almas de otra hechura no hay ninguno (27).
17.
A la verdad, no hay poca razón de temer, y éste debía ser mi temor, y no
humildad, sino pusilanimidad. Porque bien se puede aparejar un alma que así
permite Dios que ande en los ojos del mundo, a ser mártir del mundo, porque si
ella no se quiere morir a él, el mismo mundo los matará (28). No veo, cierto,
otra cosa en él que bien me parezca, sino no consentir faltas en los buenos que
a poder de murmuraciones no las perfeccione. Digo que es menester más ánimo
para, si uno no está perfecto, llevar camino de perfección, que para ser de
presto mártires. Porque la perfección no se alcanza en breve, si no es a quien
el Señor quiere por particular privilegio hacerle esta merced.
El mundo, en
viéndole comenzar, le quiere perfecto y de mil lenguas le entiende una falta
que por ventura en él es virtud, y quien le condena usa de aquello mismo por
vicio y así lo juzga en el otro. No ha de haber comer ni dormir ni, como dicen,
resolgar; y mientras en más le tienen, más deben olvidar que aún se están en el
cuerpo, por perfecta que tengan el alma. Viven aún en la tierra sujetos a sus
miserias, aunque más la tengan debajo de los pies. Y así, como digo, es
menester gran ánimo, porque la pobre alma aún no ha comenzado a andar, y quiérenla
que vuele. Aún no tiene vencidas las pasiones, y quieren que en grandes
ocasiones estén tan enteras (29) como ellos leen estaban los santos después de
confirmados en gracia (30).
Es
para alabar al Señor lo que en esto pasa, y aun para lastimar mucho el corazón;
porque muy muchas almas tornan atrás, que no saben las pobrecitas valerse. Y
así creo hiciera la mía, si el Señor tan misericordiosamente no lo hiciera todo
de su parte; y hasta que por su bondad lo puso todo, ya verá vuestra merced que
no ha habido en mí sino caer y levantar.
18.
Querría saberlo decir, porque creo se engañan aquí muchas almas que quieren
volar antes que Dios les dé alas. Ya creo he dicho otra vez esta comparación
(31), mas viene bien aquí. Trataré esto, porque veo a algunas almas muy
afligidas por esta causa: como comienzan con grandes deseos y hervor y
determinación de ir adelante en la virtud, y algunas cuanto a lo exterior todo
lo dejan por El, como ven en otras personas, que son más crecidas (32), cosas
muy grandes de virtudes que les da el Señor, que no nos la podemos nosotros
tomar, ven en todos los libros que están escritos de oración y contemplación
poner cosas que hemos de hacer para subir a esta dignidad, que ellos no las
pueden luego acabar consigo, desconsuélanse. Como es: un no se nos dar nada que
digan mal de nosotros, antes tener mayor contento que cuando dicen bien; una
poca estima de honra; un desasimiento de sus deudos, que, si no tienen oración,
no los querría tratar, antes le cansan; otras cosas de esta manera muchas, que,
a mi parecer, las ha de dar Dios, porque me parece son ya bienes sobrenaturales
o contra nuestra natural inclinación.
No
se fatiguen; esperen en el Señor, que lo que ahora tienen en deseos Su Majestad
hará que lleguen a tenerlo por obra, con oración y haciendo de su parte lo que
es en sí; porque es muy necesario para este nuestro flaco natural tener gran
confianza y no desmayar, ni pensar que, si nos esforzamos, dejaremos de salir
con victoria (33).
19.
Y porque tengo mucha experiencia de esto, diré algo para aviso de vuestra
merced (34). No piense, aunque le parezca que sí, que está ya ganada la virtud,
si no la experimenta con su contrario (35). Y siempre hemos de estar
sospechosos y no descuidarnos mientras vivimos; porque mucho se nos pega luego,
si como digo no está ya dada del todo la gracia para conocer lo que es todo, y
en esta vida nunca hay todo sin muchos peligros (36).
Parecíame
a mí, pocos años ha, que no sólo no estaba asida a mis deudos, sino que me
cansaban. Y era cierto así, que su conversación no podía llevar. Ofrecióse
cierto negocio de harta importancia, y hube de estar con una hermana mía (37) a
quien yo quería muy mucho antes y, puesto que en la conversación, aunque ella
es mejor que yo, no me hacía con ella (38) (porque como tiene diferente estado,
que es casada, no puede ser la conversación siempre en lo que yo la querría, y
lo más que podía me estaba sola), vi que me daban pena sus penas más harto que
de prójimo, y algún cuidado. En fin, entendí de mí que no estaba tan libre como
yo pensaba, y que aún había menester huir la ocasión, para que esta virtud que
el Señor me había comenzado a dar fuese en crecimiento, y así con su favor lo
he procurado hacer siempre después acá (39).
20.
En mucho se ha de tener una virtud cuando el Señor la comienza a dar, y en
ninguna manera ponernos en peligro de perderla. Así es en cosas de honra y en
otras muchas; que crea vuestra merced que no todos los que pensamos estamos
desasidos del todo, lo están (40), y es menester nunca descuidar en esto; y
cualquiera persona que sienta en sí algún punto de honra, si quiere aprovechar,
créame y dé tras este atamiento, que es una cadena que no hay lima que la
quiebre, si no es Dios con oración y hacer mucho de nuestra parte. Paréceme que
es una ligadura para este camino, que yo me espanto el daño que hace.
Veo
a algunas personas santas en sus obras, que las hacen tan grandes que espantan
las gentes. ¡Válgame Dios! ¿Por qué está aún en la tierra esta alma? ¿Cómo no
está en la cumbre de la perfección? ¿Qué es esto? ¿Quién detiene a quien tanto
hace por Dios? (41) ¡Oh, que tiene un punto de honra...! Y lo peor que tiene es
que no quiere entender que le tiene, y es porque algunas veces le hace entender
el demonio que es obligado a tenerle.
21.
Pues créanme, crean por amor del Señor a esta hormiguilla que el Señor quiere
que hable, que si no quitan esta oruga, que ya que a todo el árbol no dañe
(porque algunas otras virtudes quedarán, mas todas carcomidas), no es árbol
hermoso, sino que él no medra, ni aun deja medrar a los que andan cabe él.
Porque la fruta que da de buen ejemplo no es nada sana; poco durará.
Muchas
veces lo digo: (42) que por poco que sea el punto de honra, es como en el canto
de órgano, que un punto o compás que se yerre, disuena toda la música. Y es
cosa que en todas partes hace harto daño al alma, mas en este camino de oración
es pestilencia (43).
22.
Andas procurando juntarte con Dios por unión, y queremos seguir sus consejos de
Cristo, cargado de injurias y testimonios, ¿y queremos muy entera nuestra honra
y crédito? No es posible llegar allá, que no van por un camino. Llega el Señor
al alma, esforzándonos nosotros y procurando perder de nuestro derecho en
muchas cosas.
Dirán
algunos: "no tengo en qué ni se me ofrece". Yo creo que a quien
tuviere esta determinación, que no querrá el Señor pierda tanto bien. Su
Majestad ordenará tantas cosas en que gane esta virtud que no quiera tantas.
Manos a la obra.
23.
Quiero decir las naderías y poquedades que yo hacía cuando comencé, o alguna de
ellas: las pajitas que tengo dichas (44) pongo en el fuego, que no soy yo para
más. Todo lo recibe el Señor. Sea bendito por siempre.
Entre
mis faltas tenía ésta: que sabía poco del rezado (45) y de lo que había de
hacer en el coro y cómo lo regir, de puro descuidada y metida en otras
vanidades, y veía a otras novicias que me podían enseñar. Acaecíame no les
preguntar, porque no entendiesen yo sabía poco. Luego se pone delante el buen
ejemplo. Esto es muy ordinario. Ya que Dios me abrió un poco los ojos, aun
sabiéndolo, tantito (46) que estaba en duda, lo preguntaba a las niñas (47). Ni
perdí honra ni crédito; antes quiso el Señor, a mi parecer, darme después más
memoria.
Sabía
mal cantar. Sentía tanto si no tenía estudiando lo que me encomendaban (y no
por el hacer falta delante del Señor, que esto fuera virtud, sino por las
muchas que me oían), que de puro honrosa (48) me turbaba tanto, que decía muy
menos de lo que sabía. Tomé después por mí, cuando no lo sabía muy bien, decir
que no lo sabía. Sentía harto a los principios, y después gustaba de ello. Y es
así que como comencé a no se me dar nada de que se entendiese no lo sabía, que
lo decía muy mejor, y que la negra honra (49) me quitaba supiese hacer esto que
yo tenía por honra, que cada uno la pone en lo que quiere.
24.
Con estas naderías, que no son nada y harto nada soy yo, pues esto me daba pena
de poco en poco se van haciendo con actos (50). Y cosas poquitas como éstas,
que en ser hechas por Dios les da Su Majestad tomo (51), ayuda Su Majestad para
cosas mayores. Y así en cosas de humildad me acaecía que, de ver que todas
aprovechaban sino yo (52) porque nunca fui para nada de que se iban del coro,
coger todos los mantos; parecíame servía a aquellos ángeles que allí alababan a
Dios. Hasta que, no sé cómo, vinieron a entenderlo, que no me corrí yo poco;
porque no llegaba mi virtud a querer que entendiesen estas cosas, y no debía
ser por humilde, sino porque no se riesen de mí, como eran tan nonada.
25.
¡Oh Señor mío!, ¡qué vergüenza es ver tantas maldades, y contar unas arenitas,
que aun no las levantaba de la tierra por vuestro servicio, sino que todo iba
envuelto en mil miserias! No manaba aún el agua, debajo de estas arenas, de
vuestra gracia, para que las hiciese levantar (53).
¡Oh
Criador mío, quién tuviera alguna cosa que contar, entre tantos males, que
fuera de tomo, pues cuento las grandes mercedes que he recibido de Vos! Es así,
Señor mío, que no sé cómo puede sufrirlo mi corazón, ni cómo podrá quien esto
leyere dejarme de aborrecer, viendo tan mal servidas tan grandísimas mercedes,
y que no he vergüenza de contar estos servicios, en fin, como míos. Sí tengo
(54), Señor mío; mas el no tener otra cosa que contar de mi parte me hace decir
tan bajos principios, para que tenga esperanza quien los hiciere grandes, que,
pues éstos parece ha tomado el Señor en cuenta, los tomará mejor (55). Plega a
Su Majestad me dé gracia para que no esté siempre en principios. Amén.
NOTAS CAPÍTULO 31
El cuadro de
"tentaciones y trabajos interiores" del capítulo anterior se completa
ahora con dos pinceladas más: "las tentaciones exteriores" de origen
diabólico (un sartal de episodios), y las tentaciones de falsa humildad,
motivadas por la excesiva estima ajena de sus gracias místicas.
1 Son las
referidas en el capítulo anterior: 30, 9 ss.
2 Echélo: el
agua (masculino, como en los nn. 4 y 5: trajéronmelo, echáronmelo).
3 Es decir: la
diferencia que hay entre el agua bendita y la no bendita. - Una de las
compañeras de la Santa, Ana de Jesús, cuenta en el proceso de beatificación:
"Nunca quería que caminásemos sin ella (sin agua bendita). Y por la pena
que le daba si alguna vez se nos olvidaba, llevábamos calabacillas de ella
colgadas a la cinta, y siempre quería la pusiéramos una en la suya,
diciéndonos: 'no saben ellas el refrigerio que se siente teniendo agua bendita;
que es un gran bien gozar tan fácilmente de la sangre de Cristo'. Y cuantas
veces comenzábamos por el camino a rezar el Oficio Divino, nos lo hacía
tomar" (BMC, 18, p. 465).
4 Se fue el
demonio.
5 Se habían ido
los demonios.
6 Quien ahora me
confiesa: probablemente, el P. Domingo Báñez (escribe en 1565).
7 Otra lectura
posible: "se ofendía a Dios". Frecuentemente la Santa elide la doble
"a". Seguimos la lectura de fray Luis (p. 379).
8 Es decir, la
Santa la escribía por medio de un tercero. - A continuación: a la primera carta
se confesó.
r9 Había: en el
autógrafo "vía" (= bía). En el habla popular, aún hoy se usa
"ber" por "haber". Fray Luis trascribió: "avía"
(p. 379).
10 Con que yo no
ofendiese: con tal de que, a condición de... (cf. n. 9).
11 Los dos
episodios referidos en el n. 6.
12 Esta casa:
San José de Avila.
13 Aproveche de
que: para que...
14 Noche de las
ánimas: del 1 al 2 de noviembre.
15 Un nocturno:
una de las partes del oficio de maitines, que solía rezarse de noche.
16 Muy devotas:
un corrector tachó estas dos palabras. La Santa repite, por distracción, toda
la frase. Fray Luis omitió lo tachado (p. 381). - Nuestro rezado: alude al
breviario propio de la Orden del Carmen, por el que ella rezaba el Oficio
Divino.
17 De nuevo
alude a la visión referida en el c. 27, 2.
18 Por
distracción (como en el n. 10 nota 16), la Santa repitió las dos frases que
preceden, con una ligera variante: "parecíame estaba... a mí".
Seguimos la lectura de fray Luis (p. 382).
19 Al margen del
autógrafo escribió el P. Báñez: "San Gregorio en los Morales dice de el
demonio que es hormiga y león: viene a este propósito bien". La afirmación
de San Gregorio se halla en el libro V, c. 20 de los Morales (P.L., 75,
700-701), en el comentario al c. 4, v. 11 del libro de Job: "murió el
tigre por no tener presa", comentado por el Santo Doctor según la versión
de los Setenta, en que se lee: "murió la hormigaleón, por no tener
presa". La hormigaleón es el diablo. - Recuérdese que la Santa había leído
Los Morales en su juventud (cf. c. 5, 8).
20 Lo ha dicho
en los nn. 1 y ss., y en el c. 30, 9 y ss.
21 Parecer:
hacer acto de presencia (como al final de este número).
22 El sujeto de
la frase está implícito en el último miembro: "Dábame algunas veces...
esta tentación: cuando pensaba que...
23 Recordará esa
consigna en Moradas sextas, 4, 16.
24 Avila,
monasterio de la Encarnación.
25 De mi Orden:
de carmelitas. Nótese que sigue manteniendo el anonimato. - El monasterio
aludido por la Santa era probablemente el de la Encarnación de Valencia, que
gozaba fama de "muy encerrado". Había sido fundado en 1502 por el
maestro Mercader.
26 Por descuido
de pluma escribió: quitaba, que falsearía el sentido de la frase. Ya fray Luis
editó en plural (p. 385).
27 Nueva alusión
dolorida al ambiente de sospecha que por aquellas fechas ("los tiempos de
ahora") cundía contra místicos y espirituales.
28 Los matará:
cambio de sujeto, por "las" o "la" (alma/s). Fray Luis:
"las matará" (p. 387).
29 Tan enteras:
las almas.
30 Confirmados
en gracia: expresión teológica, que indica la situación especialísima de
algunos cristianos privilegiados, para preservarlos de ulteriores pecados.
31 Comparación
utilizada argumentalmente en el c. 22, 13; pero muy presente a lo largo del
libro en la imagen de la "avecita que tiene pelo malo" (13, 2; y 20,
22), o en la mariposica de la memoria a la que se le queman las alas (18, 14),
o la "avecita" del alma puesta por el Señor en el nido (18, 9), el
ave fénix (39, 23), o la paloma y el palomar (14, 3; 20, 24; 38, 10.12...).
32 Más crecidas
en perfección.
33 El sentido
es: "y pensar que si nos esforzamos no dejaremos de salir con la
victoria".
34 De nuevo abre
el diálogo con el P. García de Toledo.
35 Si no lo
experimenta con su contrario: no lo pone a prueba en ocasiones contrarias. Es
reminiscencia de la moral escolástica y del viejo axioma "contraria
contrariis curantur".
36 El sentido de
la última frase: "nada" (importante) hay jamás sin muchos peligros".
En ese juego de palabras, "nunca / todo" equivale a "jamás /
nada".
37 Una hermana
mía: era Doña Juana de Ahumada, su hermana menor, casada con Juan de Ovalle.
Los dos hubieron de venir a Avila para ayudar a la Santa en la fundación del
Carmelo de San José (1562): cf. 33, 11; 36, 3.
38 No me hacía
con ella: no congeniaba, no me hallaba con...
39 Siempre
después acá: desde entonces hasta ahora.
40 Lo están: lo
estamos. Cambio brusco de sujeto.
41 ¿Quién
detiene a quien tanto hace por Dios?. - Lo añadió la Santa en el margen
superior del folio. - Lo que ella entiende por "punto de honra" puede
verse en Camino cc. 12 y 36, 3...
42 Muchas veces
lo digo: probable alusión a sus conversaciones con los destinatarios del libro.
43 Es
pestilencia: es un mal mortífero. En sentido figurado. Especie de anatema en la
pluma de la Santa: cf. 25, 21; y Camino 4, 7-8-
44 Usó esa
figura en el c. 30, 20.
45 Sabía poco
del rezado: de las rúbricas y ceremonias del rezo coral del Oficio litúrgico.
46 Tantito:
poco, poquito. El sentido es: "por porquito que estuviese en duda..."
47 Las niñas:
las monjas jóvenes.
48 De puro
honrosa: pundonorosa, víctima del punto de honra. Cf. c. 3, 7.
49 La negra
honra: malhadada o maldita honra. Cf. c. 20, 27.
50 Se van
haciendo con actos: se van habituando a hacer actos de virtudes. Está implícita
la alusión a la teoría escolástica de hábitos y actos. Otros editores
transcriben: "se va haciendo conatos", vocablo éste inusitado en los
escritos de la Santa.
51 Les da S.M.
tomo: les da valor.
52 Todas
aprovechaban sino yo: menos yo. - De que se iban del coro: una vez que se
iban...
53 Hipérbaton
difícil. En orden: "no manaba aún el agua de vuestra gracia debajo de
estas arenas...". La imagen de la fuente y las arenitas ya apareció en el
c. 30, 19.
54 Sí tengo: se
sobreentiende "vergüenza". "Sí me avergüenzo, Señor mío".
55 Es decir:
"pues estos bajos principios ha tomado el Señor en cuenta, mejor (= más en
cuenta) se los tomará a quien los hiciere grandes".
Fuente: Mercaba