Muy a menudo concebimos la relación con Dios como si se tratara de un contrato
de trabajo. Debemos hacer una serie de cosas para que Dios esté contento con
nosotros. Justificamos incluso esta idea con algunas parábolas de Jesús en las
que Dios es presentado como dueño o patrón a cuyo servicio están sus
siervos.
El siervo tiene que tener todo preparado y en orden, a la espera de que
llegue su señor. Y cuando este llega, se pone a servirlo. En la espiritualidad
judía, preocupada por el cumplimiento de la ley, dominaba la mentalidad
legalista de hacer bien las obras que Dios quería. Es obvio que ésta no es una
idea descarriada de la relación con Dios, pero claramente insuficiente.
La gente entendió de inmediato que Jesús pedía que creyeran en él y por
eso le piden argumentos o signos para confiar y adherirse a él. Si un hombre,
por santo que sea, se presenta como el Enviado de Dios que reclama la adhesión
de los hombres, lanza un reto difícilmente asumible por la razón. Era normal que
los contemporáneos de Cristo le exigieran pruebas. Ellos confiaban en Moisés
porque les había liberado de la esclavitud y, en el desierto, les había dado
agua, codornices y el famoso maná, que los judíos llamaban pan del
cielo. Si Jesús se presentaba con mayores pretensiones, tenían derecho a pedirle
signos que las justificaran.
Este diálogo entre Jesús y la gente se desarrolla después de haber realizado
la multiplicación de los panes y los peces. De ahí que Jesús, como signo de
quién es él, se remita a dicho milagro y, desvelando su profundo significado,
afirme: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre y el que cree
en mí no pasará nunca sed». Jesús define al hombre como un ser insaciable por
naturaleza, un deseo infinito de felicidad (eso significa el hambre y la sed),
que no puede colmarse con ninguno de sus trabajos, en los que siempre queda
insatisfecho, sino sólo con la plenitud de Dios.
Decir de sí mismo que es el pan
de la vida, es afirmar con una expresión asequible a todo el mundo que sólo
Cristo sacia nuestro hambre de vivir. Vivir, sí, y vivir plenamente es el fin
del hombre. Y puesto que vivir equivale a ser amado, ya que sin amor no se puede
vivir, Jesús está diciendo que sólo él puede saciar el deseo de ser amado que
bulle en cada corazón de carne. El filósofo francés, Gabriel Marcel, decía:
«Amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás». Esto es lo que el hombre
necesita oír y experimentar. Y bien sabemos que nadie puede decirnos: tú no
morirás jamás. Sólo Dios. Y Dios nos lo ha dicho en Cristo.
Entendemos entonces que no son nuestros trabajos los que conquistan el amor
de Dios, ni los que nos justifican ante él. Hemos de hacerlos, y hacerlos bien.
Pero el trabajo que Dios quiere es la apertura de nuestro ser y la confianza
plena en Cristo, enviado por Dios para ofrecernos la Vida. La fe es un trabajo,
ciertamente, y en ocasiones un trabajo arduo, lacerante, fatigoso, porque al
hombre le cuesta darse sin reservas, confiar en otro, ofrecerle la adhesión del
ser. Por eso, no haremos este trabajo si previamente no hemos acogido a Cristo,
el único que puede saciar el hambre y la sed de vivir, y vivir eternamente.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia
