La vocación religiosa exige que el candidato tenga el deseo de trabajar como Jesús por la salvación de las almas, sin pensar en un proyecto para su vida
Jesús llamó a ser apóstoles "a los que quiso" después de pasar
la noche en oración.
La Iglesia vio en ello el llamado al sacerdocio y
también a otras formas de vida religiosa. Jesús es quien llama al joven
a la vida sacerdotal, lo que no es fácil. La vida religiosa exige
muchas renuncias para ser “todo de Dios”, estar al servicio de su Reino para la
edificación de la Iglesia y la salvación de las almas.
Dios pone en el corazón del joven ese deseo de
servirlo radicalmente, sin división, a tiempo completo y de manera
integral.
Para discernir ese llamado divino, el joven necesita, sin
duda, de un buen director espiritual, un padre o un laico experto para ayudarlo.
A continuación algunas señales indicativas de la vocación de un joven al
sarcedocio o a la vida religiosa:
1. Querer entregar la vida
totalmente a Dios sin guardar nada para sí: ser como Jesús, estar totalmente
disponible para el Reino de Dios.
Ser otro Cristo – alter
Christus. Abrazar el celibato con gusto, ofreciendo a Dios la renuncia a
no tener esposa, hijos, nietos, voluntad propia, etc. Es un matrimonio
con Jesús. Él dijo que recibirá el ciento por uno en esta vida
y la vida eterna quien dejara todo por su causa y su Reino.
Jesús dijo
que las aves tienen sus nidos, pero Él no tiene ni siquiera dónde apoyar
la cabeza. Eso es señal de una vida despojada de todo. Nada era para
Él, ni la gruta donde nació, ni el burrito que lo llevó a Jerusalén.
El
barco donde oró y viajó, el manto que los soldados sortearon tampoco eran de
Él. Ni la casa donde vivía en Cafarnaúm pertenecía al Señor.
Todo le fue prestado. Cristo fue despojado de todo; a Él sólo le pertenecía la
cruz.
Don Bosco dijo que no puede haber mayor gracia para una
familia que tener un hijo sacerdote. Es verdad. El padre hace lo que
los ángeles no pueden hacer: perdonar los pecados, realizar el milagro de la
Eucaristía, volver presente el calvario en cada misa para la salvación del
mundo.
2. La
vocación religiosa exige que el candidato tenga el deseo de trabajar como Jesús
por la salvación de las almas, sin pensar en un proyecto para su
vida.
Exige la entrega total en la manos de Dios, deseo de vivir
sumergido en el Señor. Le tiene que gustar rezar, estar con Dios,
meditar su palabra y participar de la liturgia, pues sin eso no se
sustenta una vocación sacerdotal.
El demonio tiene muchas razones para
tentar a un sacerdote o a un religioso, pues este le arrebata las almas. Por lo
tanto, el religioso consagrado tiene que vivir una vida de extrema
vigilancia, mucha oración y mortificación, como dijo
Jesús.
3. Amar a la
Iglesia de todo corazón, tenerla como madre y maestra, ser sumiso a las
enseñanzas de su magisterio. Ser fiel a la Iglesia y a sus pastores,
nunca enseñando algo que no esté de acuerdo con el sagrado magisterio de la
Iglesia. Vivir lo que decían los santos Padres: sentire cum
Ecclesia.
Amar al Papa, a
los obispos, a Nuestra Señora, a los ángeles y santos, los sacramentos, la
liturgia y todo lo que forma parte de nuestra fe católica. Amar la
Biblia y tener gusto en meditarla todos los días.
Desear
estudiar teología, filosofía y todo lo que el magisterio sagrado de la Iglesia
nos recomienda y enseña. Tener gusto en hacer oración, retiros espirituales y
buscar permanentemente la santidad. Aspirar, como dijo san Pablo, a alcanzar la
adultez de Cristo; ser un buen pastor para las ovejas.
4. Desear vivir una vida de
penitencia, en la sencillez, en la pobreza evangélica, en la obediencia
irrestricta a los superiores, abierto a todos a través del diálogo franco.
Ser todo para todos. Estar dispuesto a obedecer siempre a su
obispo o su superior toda la vida, cualquiera que sea la decisión de él
sobre ti.
5. Estar
dispuesto a dar la vida por la Iglesia, por las almas y por
Jesucristo.
Tal vez yo haya sido un poco exigente, pero para aquel
que desea ser un “sacerdote del Dios Altísimo”, creo que no se puede pedir menos
que eso. Quien opta por la vida sacerdotal debe entregarse en cuerpo y
alma a ella; no puede ser más o menos sacerdote o religioso. Sería una
frustración para la persona y para Dios. Es mejor ser un buen laico que
un mal religioso.
Fuente: ReL
