Dice
cómo la ayudó el Señor para forzarse a sí misma para tomar hábito, y las muchas enfermedades que Su
Majestad la comenzó a dar.
1.
En estos días que andaba con estas determinaciones, había persuadido a un
hermano mío a que se metiese fraile (*,1) diciéndole la vanidad del mundo. Y
concertamos entrambos de irnos un día muy de mañana al monasterio adonde estaba
aquella mi amiga, que era al que yo tenía mucha afición (2), puesto que ya en
esta postrera determinación ya yo estaba de suerte, que a cualquiera que
pensara servir más a Dios o mi padre quisiera, fuera; que más miraba ya el
remedio de mi alma, que del descanso ningún caso hacía de él.
Acuérdaseme,
a todo mi parecer y con verdad, que cuando salí de casa de mi padre no creo
será más el sentimiento cuando me muera (3). Porque me parece cada hueso se me
apartaba por sí, que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre
y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me
ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo
contra mí, de manera que lo puse por obra.
2.
En tomando el hábito (4), luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los
que se hacen fuerza para servirle, la cual nadie no entendía de mí (5), sino
grandísima voluntad. A la hora (6) me dio un tan gran contento de tener aquel
estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy, y mudó Dios la sequedad que tenía
mi alma en grandísima ternura. Dábanme deleite todas las cosas de la religión,
y es verdad que andaba algunas veces barriendo en horas que yo solía ocupar en
mi regalo y gala, y acordándoseme que estaba libre de aquello, me daba un nuevo
gozo, que yo me espantaba y no podía entender por dónde venía.
Cuando
de esto me acuerdo, no hay cosa que delante se me pusiese, por grave que fuese,
que dudase de acometerla. Porque ya tengo experiencia en muchas que, si me
ayudo al principio a determinarme a hacerlo, que, siendo sólo por Dios, hasta
comenzarlo (7) quiere para que más merezcamos que el alma sienta aquel espanto,
y mientras mayor, si sale con ello, mayor premio y más sabroso se hace después.
Aun en esta vida lo paga Su Majestad por unas vías que sólo quien goza de ello
lo entiende. Esto tengo por experiencia, como he dicho (8), en muchas cosas
harto graves. Y así jamás aconsejaría si fuera persona que hubiera de dar
parecer que, cuando una buena inspiración acomete muchas veces, se deje, por
miedo, de poner por obra; que si va desnudamente por solo Dios, no hay que
temer sucederá mal, que poderoso es para todo. Sea bendito por siempre, amén.
3.
Bastara, ¡oh sumo Bien y descanso mío!, las mercedes que me habíais hecho hasta
aquí, de traerme por tantos rodeos vuestra piedad y grandeza a estado tan
seguro y a casa adonde había muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar,
para ir creciendo en su servicio. No sé cómo he de pasar de aquí, cuando me
acuerdo la manera de mi profesión (9) y la gran determinación y contento con
que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto no lo puedo decir sin
lágrimas, y habían de ser de sangre y quebrárseme el corazón, y no era mucho
sentimiento para lo que después os ofendí.
Paréceme
ahora que tenía razón de no querer tan gran dignidad, pues tan mal había de
usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisisteis ser casi veinte años que usé mal
de esta merced ser el agraviado, porque yo fuese mejorada. No parece, Dios mío,
sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces
no era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé qué
intención tenía, para que más se vea quién Vos sois, Esposo mío, y quién soy
yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis
grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras
misericordias (10).
4.
¿En quién, Señor, pueden así resplandecer como en mí, que tanto he oscurecido
con mis malas obras las grandes mercedes que me comenzasteis a hacer? ¡Ay de
mí, Criador mío, que si quiero dar disculpa, ninguna tengo! Ni tiene nadie la
culpa sino yo. Porque si os pagara algo del amor que me comenzasteis a mostrar,
no le pudiera yo emplear en nadie sino en Vos, y con esto se remediaba todo.
Pues no lo merecí ni tuve tanta ventura, válgame ahora, Señor, vuestra
misericordia.
5.
La mudanza de la vida y de los manjares me hizo daño a la salud, que, aunque el
contento era mucho, no bastó. Comenzáronme a crecer los desmayos y diome un mal
de corazón tan grandísimo, que ponía espanto a quien le veía, y otros muchos
males juntos, y así pasé el primer año con harta mala salud, aunque no me
parece ofendí a Dios en él mucho. Y como era el mal tan grave que casi me
privaba el sentido siempre y algunas veces del todo quedaba sin él, era grande
la diligencia que traía mi padre para buscar remedio; y como no le dieron los
médicos de aquí, procuró llevarme a un lugar adonde había mucha fama de que
sanaban allí otras enfermedades, y así dijeron harían la mía (11). Fue conmigo
esta amiga que he dicho que tenía en casa, que era antigua (12). En la casa que
era monja no se prometía clausura (13).
6.
Estuve casi un año por allá, y los tres meses de él padeciendo tan grandísimo
tormento en las curas que me hicieron tan recias, que yo no sé cómo las pude
sufrir; y en fin, aunque las sufrí, no las pudo sufrir mi sujeto, como diré
(14).
Había
de comenzarse la cura en el principio del verano, y yo fui en el principio del
invierno. Todo este tiempo estuve en casa de la hermana que he dicho (15) que
estaba en la aldea, esperando el mes de abril, porque estaba cerca, y no andar
yendo y viniendo.
7.
Cuando iba, me dio aquel tío mío que tengo dicho que estaba en el camino, un
libro: llámase Tercer Abecedario (16), que trata de enseñar oración de
recogimiento; y puesto que este primer año había leído buenos libros (que no
quise más usar de otros, porque ya entendía el daño que me habían hecho) (17),
no sabía cómo proceder en oración ni cómo recogerme, y así holguéme mucho con
él y determinéme a seguir aquel camino con todas mis fuerzas (18). Y como ya el
Señor me había dado don de lágrimas y gustaba de leer, comencé a tener ratos de
soledad y a confesarme a menudo y comenzar aquel camino, teniendo a aquel libro
por maestro. Porque yo no hallé maestro, digo confesor, que me entendiese,
aunque le busqué, en veinte años después de esto que digo, que me hizo harto
daño para tornar muchas veces atrás y aun para del todo perderme; porque
todavía me ayudara a salir de las ocasiones que tuve para ofender a Dios.
Comenzóme
Su Majestad a hacer tantas mercedes en los principios, que al fin de este
tiempo que estuve aquí (que era casi nueve meses en esta soledad, aunque no tan
libre de ofender a Dios como el libro me decía, mas por esto pasaba yo;
parecíame casi imposible tanta guarda; teníala de no hacer pecado mortal, y
pluguiera a Dios la tuviera siempre; de los veniales hacía poco caso, y esto
fue lo que me destruyó...) (19), comenzó el Señor a regalarme tanto por este
camino, que me hacía merced de darme oración de quietud, y alguna vez llegaba a
unión, aunque yo no entendía qué era lo uno ni lo otro y lo mucho que era de
preciar, que creo me fuera gran bien entenderlo. Verdad es que duraba tan poco
esto de unión, que no sé si era Avemaría; (20) mas quedaba con unos efectos tan
grandes que, con no haber en este tiempo veinte años (21), me parece traía el
mundo debajo de los pies, y así me acuerdo que había lástima a los que le
seguían, aunque fuese en cosas lícitas.
Procuraba
lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí
presente, y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso (22), le
representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que
era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con el entendimiento
ni de aprovecharme con la imaginación, que la tengo tan torpe, que aun para
pensar y representar en mí como lo procuraba traer la Humanidad del Señor,
nunca acababa. Y aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento
llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso.
Porque si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa
presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la
soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos.
8.
A personas que tienen esta disposición les conviene más pureza de conciencia
que a las que con el entendimiento pueden obrar. Porque quien va discurriendo
(23) en lo que es el mundo y en lo que debe a Dios y en lo mucho que sufrió y
lo poco que le sirve y lo que da a quien le ama, saca doctrina para defenderse
de los pensamientos y de las ocasiones y peligros. Pero quien no se puede
aprovechar de esto, tiénele mayor y conviénele ocuparse mucho en lección, pues
de su parte no puede sacar ninguna (24).
Es
tan penosísima esta manera de proceder, que si el maestro que enseña aprieta en
que sin lección (25), que ayuda mucho para recoger (a quien de esta manera
procede le es necesario, aunque sea poco lo que lea, sino en lugar de la oración
mental que no puede tener); digo que si sin esta ayuda le hacen estar mucho
rato en la oración, que será imposible durar mucho en ella y le hará daño a la
salud si porfía, porque es muy penosa cosa (26).
9.
Ahora me parece que proveyó el Señor que yo no hallase quien me enseñase,
porque fuera imposible, me parece, perseverar dieciocho años que pasé este
trabajo, y en éstos (27) grandes sequedades, por no poder, como digo,
discurrir. En todos éstos, si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar
a tener oración sin un libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración,
como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una
compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos
pensamientos, andaba consolada. Porque la sequedad no era lo ordinario, mas era
siempre cuando me faltaba libro, que era luego desbaratada el alma, y los
pensamientos perdidos; con esto los comenzaba a recoger y como por halago
llevaba el alma. Y muchas veces, en abriendo el libro, no era menester más.
Otras leía poco, otras mucho, conforme a la merced que el Señor me hacía.
Parecíame
a mí, en este principio que digo, que teniendo yo libros y cómo tener soledad,
que no habría peligro que me sacase de tanto bien; y creo con el favor de Dios
fuera así, si tuviera maestro o persona que me avisara de huir las ocasiones en
los principios y me hiciera salir de ellas, si entrara, con brevedad. Y si el
demonio me acometiera entonces descubiertamente, parecíame en ninguna manera
tornara gravemente a pecar; mas fue tan sutil y yo tan ruin, que todas mis
determinaciones me aprovecharon poco, aunque muy mucho los días que serví a
Dios, para poder sufrir las terribles enfermedades que tuve, con tan gran
paciencia como Su Majestad me dio.
10.
Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios, y regaládose mi
alma de ver su gran magnificencia y misericordia. Sea bendito por todo, que he
visto claro no dejar sin pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno. Por
ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mejorando y
perfeccionando y dando valor, y los males y pecados luego los escondía. Aun en
los ojos de quien los ha visto, permite Su Majestad se cieguen y los quita de
su memoria. Dora las culpas. Hace que resplandezca una virtud que el mismo
Señor pone en mí casi haciéndome fuerza para que la tenga.
11.
Quiero tornar a lo que me han mandado (28). Digo que, si hubiera de decir por
menudo de la manera que el Señor se había conmigo en estos principios, que
fuera menester otro entendimiento que el mío para saber encarecer lo que en
este caso le debo y mi gran ingratitud y maldad, pues todo esto olvidé. Sea por
siempre bendito, que tanto me ha sufrido. Amén.
NOTAS CAPÍTULO 4
1 Un hermano
mío: probablemente Antonio de Ahumada. Así lo afirma F. de Ribera en su Vida de
la Madre Teresa (Salamanca 1590, p. 59), según el cual Antonio pidió el hábito
de dominico en el monasterio de Santo Tomás: "No le recibieron allí
entonces... Después entró en la orden del bienaventurado san Jerónimo, y siendo
novicio vino a enfermar de manera que no pudo perseverar" (ib. p. 60). -
Antonio pasó a América, donde murió el 20 de enero de 1546, de las heridas
recibidas en la batalla de Iñaquitos (Ecuador).
2 Monasterio de
la Encarnación de Avila, donde era carmelita "aquella su amiga" Juana
Juárez: cf. c. 3, n. 2. - Sigue una frase algo oscura: "ya yo estaba
decidida de suerte, que a cualquier monasterio en que pensara servir más a
Dios...
3 Al margen de
su ejemplar anotó Gracián: "Día de las ánimas". Era el año de 1535, 2
de noviembre.
4 Tomó el hábito
el 2 de noviembre de 1536, tras un año de postulantado, a los 21 de edad.
5 Nadie no
entendía de mí: doble negación, que refuerza la negativa: nadie se imaginaba
que ella tuviese que hacerse fuerza para vivir de monja.
6 A la hora:
inmediatamente, enseguida (cf. 30, 14; 36, 11)).
7 Hasta
comenzarlo, escribe la Santa, como en algún otro pasaje (19, 2). Seguimos la
lectura hecha por fray Luis (p. 45), modernizando "comenzarlo".
8 Lo ha dicho en
el n. precedente.
9 Mi profesión:
fue el 3.11.1532, a sus 22 años.
10 Muchedumbre
de v. misericordias: reminiscencia de los salmos (por ejemplo del 50, 2, según
el texto de la Vulgata usado por la Santa: "según la muchedumbre de tus
misericordias, borra mi iniquidad").
11 Lleváronme a
un lugar: Becedas, a unas 14 leguas de Avila, en la serranía de Béjar. Allí
residía la famosa curandera. La Santa permaneció en Becedas unos tres meses.
12 La amiga que
tenía en casa (en el convento), era Juana Juárez (cf. 3, 2 y 4, 1).
13 No se
prometía clausura en la Encarnación. Lo repetirá más adelante (7, 3; 36, 8-9).
El monasterio de la Encarnación había sido fundado como beaterio, y las
religiosas profesaban los tres votos, pero no la clausura.
14 Reanudará el
relato en el c. 5, n. 7. - No las pudo sufrir mi sujeto: mi naturaleza o mi
cuerpo, por contraposición a "persona" (cf. 7, 17; 20, 12).
15 María de
Cepeda: cf. 3, 3. En Castellanos de la Cañada.
16 Alude a su
tío Pedro S. de Cepeda (cf. c. 3, n. 4). El libro que puso en sus manos era la
famosa obra del franciscano FRANCISCO DE OSUNA, titulada: Tercera parte del
libro llamado Abecedario espiritual. El ejemplar manejado por la Santa se
conserva en San José de Avila, según tradición constante del monasterio. Es,
sin duda, uno de los libros espirituales que más honda huella dejaron en Santa
Teresa.
17 Alude a las
novelas de caballerías, recordadas en el c. 2.
18 Aquel camino:
era el camino de la "oración de recogimiento" enseñado por el libro
de Osuna (cf. el principio de este n.). - Sigue: don de lágrimas: Cf. c. 11, n.
9. - En este mismo número hablará de "oración de quietud" y oración
de "unión": son dos grados superiores de oración, de que hablará en
los cc. 14-15 y 18-22 respectivamente.
19 Este largo
paréntesis incluye una de las típicas digresiones de la autora. La frase queda
incompleta. Tras los suspensivos, reanuda con las mismas palabras que habían
iniciado el párrafo. Eliminado el paréntesis, el período fluye asÍ: comenzóme
S.M. en estos principios... que al fin de este tiempo que estuve aquí me hacía
merced de darme oración de quietud (cf. fray Luis, p. 48).
20 Avemaría: el
tiempo de un avemaría (breve tiempo: cf. 38, 1-10).
21 Contaba en
torno a los 23 años de edad.
22 Algún paso de
la Pasión del Señor.
23 La Santa
escribió: discurriendo, dejando inconclusa la frase. Fray Luis trascribió
discurre (p. 51). Pero probablemente la Autora quiso decir "va"
discurriendo.
24 El sentido
es: "quien no es capaz de hacer oración discursiva, tiene mayor peligro
(de distracciones); le conviene hacer oración leyendo, pues por sí solo es
incapaz de sacar doctrina".
25 Lección:
quivale a "lectura", lo mismo que en la frase anterior.
26 Pasaje
difícil, por el largo paréntesis y la acumulación de elipsis. Para aclararlo,
fray Luis añadió una "y": "ayuda mucho para recoger a quien de
esta manera procede, y le es necesario..." (p. 51). El sentido es:
"es tan penosa la oración de quien no puede discurrir, que si el maestro
espiritual propone que se haga sin lectura, será imposible durar mucho en
ella". A esa posible actitud del maestro espiritual, la Santa contrapone
su tesis sobre la conveniencia de la lectura: "que ayuda mucho a la
oración, y a quien no puede discurrir (o meditar), le es necesaria, aunque sea
poco lo que lea". - En este pasaje "oración mental" equivale a
meditación (cf. 15, 9).
27 Y en estos
años.
28 Tornar a lo
que me han mandado: al relato de su vida. Recuérdese el comienzo del Prólogo,
n. 1.
Fuente Mercaba
