Trata cómo fue perdiendo estas virtudes
y lo que importa en la
niñez tratar con personas virtuosas.
1. Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora
diré. Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no procuran que
vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras; porque, con serlo
tanto mi madre como he dicho (1), de lo bueno no tomé tanto en llegando a uso
de razón, ni casi nada, y lo malo me dañó mucho.
Era aficionada a libros de
caballerías (2) y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo le tomé para mí,
porque no perdía su labor, sino desenvolvíamonos (3) para leer en ellos, y por
ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus
hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos. De esto le pesaba tanto a mi
padre, que se había de tener aviso a que no lo viese.
Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento.
Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento.
Tenía primos hermanos algunos (5), que en casa de mi padre
no tenían otros cabida para entrar, que era muy recatado, y pluguiera a Dios
que lo fuera de éstos también. Porque ahora veo el peligro que es tratar en la
edad que se han de comenzar a criar virtudes con personas que no conocen la
vanidad del mundo, sino que antes despiertan para meterse en él. Eran casi de
mi edad, poco mayores que yo. Andábamos siempre juntos. Teníanme gran amor, y
en todas las cosas que les daba contento los sustentaba plática y oía sucesos
de sus aficiones y niñerías nonada buenas; y lo que peor fue, mostrarse el alma
a lo que fue causa de todo su mal.
3. Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en
esta edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos, porque
aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que a lo mejor.
Así me acaeció a mí, que tenía una hermana de mucha más edad
que yo (6), de cuya honestidad y bondad que tenía mucha de ésta no tomaba nada,
y tomé todo el daño de una parienta que trataba mucho en casa. Era de tan
livianos tratos, que mi madre la había mucho procurado desviar que tratase en
casa; parece adivinaba el mal que por ella me había de venir, y era tanta la
ocasión que había para entrar, que no había podido (7). A ésta que digo, me
aficioné a tratar. Con ella era mi conversación y pláticas, porque me ayudaba a
todas las cosas de pasatiempos que yo quería, y aun me ponía en ellas y daba
parte de sus conversaciones y vanidades.
Hasta que traté con ella, que fue de edad de catorce años
(8), y creo que más (para tener amistad conmigo digo y darme parte de sus
cosas), no me parece había dejado a Dios por culpa mortal ni perdido el temor
de Dios, aunque le tenía mayor de la honra (9). Este tuvo fuerza para no la
perder del todo, ni me parece por ninguna cosa del mundo en esto me podía
mudar, ni había amor de persona de él que a esto me hiciese rendir. ¡Así
tuviera fortaleza en no ir contra la honra de Dios, como me la daba mi natural
para no perder en lo que me parecía a mí está la honra del mundo! ¡Y no miraba
que la perdía por otras muchas vías!
4. En querer ésta vanamente tenía extremo. Los medios que
eran menester para guardarla, no ponía ninguno. Sólo para no perderme del todo
tenía gran miramiento.
Mi padre y hermana sentían mucho esta amistad.
Reprendíanmela muchas veces. Como no podían quitar la ocasión de entrar ella en
casa, no les aprovechaban sus diligencias, porque mi sagacidad para cualquier
cosa mala era mucha. Espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía,
y si no hubiera pasado por ello, no lo pudiera creer. En especial en tiempo de
mocedad debe ser mayor el mal que hace. Querría escarmentasen en mí los padres
para mirar mucho en esto. Y es así que de tal manera me mudó esta conversación,
que de natural y alma virtuoso no me dejó casi ninguna (10), y me parece me
imprimía sus condiciones ella y otra que tenía la misma manera de pasatiempos.
5. Por aquí entiendo el gran provecho que hace la buena
compañía, y tengo por cierto que, si tratara en aquella edad con personas
virtuosas, que estuviera entera en la virtud. Porque si en esta edad tuviera
quien me enseñara a temer a Dios, fuera tomando fuerzas el alma para no caer.
Después, quitado este temor del todo, quedóme sólo el de la honra, que en todo
lo que hacía me traía atormentada. Con pensar que no se había de saber, me
atrevía a muchas cosas bien contra ella y contra Dios.
6. Al principio dañáronme las cosas dichas, a lo que me
parece, y no debía ser suya la culpa, sino mía. Porque después mi malicia para
el mal bastaba, junto con tener criadas, que para todo mal hallaba en ellas
buen aparejo; que si alguna fuera en aconsejarme bien, por ventura me
aprovechara; mas el interés las cegaba, como a mí la afición. Y pues nunca era
inclinada a mucho mal porque cosas deshonestas naturalmente las aborrecía, sino
a pasatiempos de buena conversación, mas puesta en la ocasión, estaba en la
mano el peligro, y ponía en él a mi padre y hermanos. De los cuales (11) me
libró Dios de manera que se parece bien procuraba contra mi voluntad que del
todo no me perdiese, aunque no pudo ser tan secreto que no hubiese harta
quiebra de mi honra y sospecha en mi padre.
Porque no me parece había tres meses que andaba en estas
vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en este lugar (12),
adonde se criaban personas semejantes, aunque no tan ruines en costumbres como
yo; y esto con tan gran disimulación, que sola yo y algún deudo lo supo; porque
aguardaron a coyuntura que no pareciese novedad: porque, haberse mi hermana
casado y quedar sola sin madre, no era bien (13).
7. Era tan demasiado el amor que mi padre me tenía y la
mucha disimulación mía, que no había creer tanto mal de mí, y así no quedó en
desgracia conmigo. Como fue breve el tiempo, aunque se entendiese algo, no
debía ser dicho con certinidad (14). Porque como yo temía tanto la honra, todas
mis diligencias eran en que fuese secreto, y no miraba que no podía serlo a
quien todo lo ve.
¡Oh Dios mío! ¡Qué daño hace en el mundo tener esto en poco
y pensar que ha de haber cosa secreta que sea contra Vos! Tengo por cierto que
se excusarían grandes males si entendiésemos que no está el negocio en
guardarnos de los hombres, sino en no nos guardar de descontentaros a Vos.
8. Los primeros ocho días sentí mucho, y más la sospecha que
tuve se había entendido la vanidad mía, que no de estar allí. Porque ya yo
andaba cansada y no dejaba de tener gran temor de Dios cuando le ofendía, y
procuraba confesarme con brevedad. Traía un desasosiego, que en ocho días y aun
creo menos estaba muy más contenta que en casa de mi padre. Todas lo estaban
conmigo, porque en esto me daba el Señor gracia, en dar contento adondequiera
que estuviese, y así era muy querida (15). Y puesto que yo estaba entonces ya
enemiguísima de ser monja, holgábame de ver tan buenas monjas, que lo eran
mucho las de aquella casa, y de gran honestidad y religión y recatamiento.
Aun con todo esto no me dejaba el demonio de tentar, y
buscar los de fuera cómo me desasosegar con recaudos. Como no había lugar,
presto se acabó, y comenzó mi alma a tornarse a acostumbrar en el bien de mi
primera edad y vi la gran merced que hace Dios a quien pone en compañía de
buenos.
Paréceme andaba Su Majestad mirando y remirando por dónde me
podía tornar a sí. ¡Bendito seáis Vos, Señor, que tanto me habéis sufrido! Amén.
9. Una cosa tenía que parece me podía ser alguna disculpa,
si no tuviera tantas culpas; y es que era el trato con quien por vía de
casamiento me parecía podía acabar en bien; e informada de con quien me
confesaba y de otras personas, en muchas cosas me decían no iba contra Dios.
10. Dormía una monja con las que estábamos seglares, que por
medio suyo parece quiso el Señor comenzar a darme luz, como ahora diré (16).
NOTAS CAPÍTULO 2
1 Lo ha dicho en el c. 1, 2.
2 Libros de caballerías": son las novelas fantásticas de su
tiempo, puestas en ridículo por Cervantes en las primeras páginas del Quijote
(I, c. 6). - Teresa misma llegó a escribir un "libro de caballerías"
(una de esas novelas) en colaboración con su hermano Rodrigo: los atestiguan F.
de Ribera ("Vida de la M. Teresa (, c. 5) y Gracián en nota a ese pasaje
de Ribera: "la misma (Teresa) lo contó a mí". - De este escrito de
Teresa joven, nada ha llegado hasta nosotros.
3 Desenvolviémonos, escribe ella. En el sentido de "desembarazarse
de ocupaciones": nos las arreglábamos para...
4 Curiosa: cuidadosa, arreglada. - En carta del 23.12.1561,
ponderando la belleza de una imagen de la Virgen, enviada desde Quito por su
hermano Lorenzo, escribe: "Si fuera el tiempo que yo traía oro, hubiera
harta envidia de la imagen".
5 Primos hermanos: Alude probablemente a los hijos de Doña Elvira
de Cepeda, viuda de D. Hernando Mejía: Vasco (nacido en 1507), Francisco
(1508), y Diego (1513).
6 Una hermana: "Llamábase Doña María de Cepeda", anota
Gracián en su ejemplar de "Vida". Era la primogénita de Don Alonso,
en su primer matrimonio. Unos nueve años mayor que Teresa.
7 No había podido evitarlo o desviar a la pariente. - Se trataba,
probablemente, de otra hija de Doña Elvira: Inés de Mejía.
8 De catorce años: Teresa se acerca a los 16 cuando su padre la
lleva al internado de Santa María de Gracia, para conjurar esa situación.
9 Temor de la honra: temor de perderla. En realidad, se trata del
"culto de la honra o pundonor", verdadero íncubo psicológico de su
siglo. Teresa "era tan honrosa", escribirá enseguida (c. 3, 7).
10 Casi ninguna virtud.
11 De los cuales peligros y ocasiones.
12 Este lugar es Avila, aludida en anonimato a lo largo de todo el
libro. - El monasterio es "Santa María de Gracia", de agustinas, que
acogían y educaban a las jóvenes "doncellas señoras de piso".
13 Mi hermana: era Doña María de Cepeda, casada en enero de 1531
con Don Martín Guzmán y Barrientos. De ellos hablará en el c, 3, 3; y c. 4, 6.
14 Certinidad: certeza.
15 Muy querida: aspecto muy destacado entre sus recuerdos de
infancia y adolescencia: cf. c. 1, 3.4; 2, 2.7; 3, 3.4.
16 Una monja... como diré: lo dirá en el c. 3, 1. Era Doña María
de Briceño, de Avila, y de unos 33 años, agustina en Santa María de Gracia
desde los 16. Ejercerá influjo decisivo en Teresa.
Fuente: Mercaba
Fuente: Mercaba
